Sonríe con Edel
Libro escrito por Doreen
Cummins, una legionaria de María, que narra la fascinante historia de
unas de las personas que, con su vida, obró grandesas en favor de la
salvación de las almas en la Legión de María.
En torno a la figura de Edel Quinn hay
una especie de transparencia; la belleza del Evangelio brilla en ella.
Quienes la conocieron repiten constantemente las palabras alegría
y resplandor para expresar la impresión que les causó. Siempre
recordaba a la gente la existencia de Nuestra Señora, lo cual no es de
sorprender, ya que ésta, según Frank Duff, representa la propia
escencia de la Legión de María.
En este libro de Doreen Cummins se refleja vivamente el carácter
radiante de Edel, similar al de María, a la vez que se relata con gran
emoción la historia de su apostolado. Es de esperar que tenga muchos
lectores, especialmente jóvenes. No dejará de inspirar a muchos de
ellos, en el momento en que más los necesiten, una visión que los
lleve a "sonreír con Edel". El título del libro es oportuno,
y al mismo tiempo un gran desafío.
Anselmo Moynihan O.P.
Vice-Postulador
"Edel estaba siempre borboteando con buen humor, llena de vida y
alegría dispuesta a todo tipo de bromas", escribió uno de sus
profesores. "Era el centro de todos los grupos donde la broma y la
travesura tuvieran cabida".
Su nombre no es común, es la forma abreviada de Edelweiss, pequeña
flor en las cumbres de las montañas suizas que trata de esconderse bajo
las azules gencianas y las cárdenas rosas alpinas, pero que sus
hermosos pétalos blancos algodonosos lucen como estrellas. Edel se
refugió bajo el manto azul de María, la rosa mística; su vida es una
estrella para todo joven.
Nació en Irlanda, cerca de Kanturk, en el condado de Cork, el 14 de
setiembre de 1907. Desde el día de su primera comunión, ocho años más
tarde, la eucaristía fue el amor de su vida. Eligió Eucaria y José
como nombres de confirmación que, completo, pasó a ser Edel Mary
Eucaria Josephine Quinn.
De niña tenía el pelo largo y unos vivos ojos azules donde siempre se
escondía una sonrisa. Generosa, cálida, simpática, nunca pensaba en sí
misma y, como mucha gente joven, a veces era tímida. Sin embargo, a los
10 años tenía la suficiente confianza como para pronunciar, con aplomo
y dignidad, un discurso de bienvenida a un obispo. Era la misma niña
que subía las escaleras de dos en dos y las bajaba deslizándose por la
barandilla..., la niña que en bicicleta corría más que el viento.
Amaba mucho a su familia y le gustaba ayudar a su madre con sus hermanos
pequeños; Leslie, Mona, Dorothea y Raphael. Ellos la admiraban y la
consideraban su guía. Pero al crecer, fue mostrando cierta seriedad de
carácter. Su padre le puso el apodo de "abuelita" porque
siempre estaba dispuesta a dar consejos que no eran propios de su edad.
Había, también, en ella cierta reserva; los lugares secretos de su
corazón pertenecían a Dios.
El señor Quinn trabajaba en un banco y era frecuentemente trasladado a
diferentes sucursales del país; donde quiera que se encontrara la
familia, en todas partes Edel se ganaba amigos gracias a su atractiva
sonrisa.
En 1921 la familia se trasladó a Tralee, y Edel fue enviada a un
internado religioso a Inglaterra. Fue esta la primera de sus cruces: tenía
que dejar a su familia, su casa y su patria. Era un momento de angustia
que se ocultaba detrás de su sonrisa, como señaló un amigo: "Sus
problemas personales los sufría en silencio y con tal dulzura que
muchos pensaban que a Edel no le preocupaba nada de este mundo".
Se sentó y trabajó mucho. Cuando tenía que aprender un poema o
escribir una redacción, lo realizaba perfectamente. Sólo lo mejor le
satisfacía. También le iban bien los deportes. Le gustaba jugar tenis,
y era capitana del equipo de cricket. El deporte formaba parte de la
vida de la familia; su hermana Leslie tercera en el campeonato de natación
de Irlanda, y Dorothea participó en el equipo de hockey de Leinster.
Quizá las niñas heredaran de su madre esta habilidad. Todos los días,
sin que importara el tiempo atmosférico, iba a nadar antes de asistir a
la primera Misa. En su tiempo libre a Edel le gustaba tocar el piano y
bailar.
Durante estos años aumentaba el amor de Edel por Nuestra Señora. Tal
vez la separación de su madre terrenal le llevara más a depender de la
Madre de Dios. Se unió a la Hermandad de Nuestra Señora, y su devoción
impresionó tanto a otras chicas que hizo que se volvieran más
fervientes. Todos los días recibía a su Señor en la Sagrada Eucaristía
y deseaba entregarse a Él por completo. Vivía esperando el momento en
que pudiera ser monja. La vida como clarisa no iba a ser fácil. Para
irse preparando, comenzó a hacer pequeños sacrificios: «siempre
trataba de callarme cuando lo exigían las normas», dijo.
Pero Dios le pediría un sacrificio mayor a esta niña nacida el día de
la Exaltación de al cruz. Su padre tomó el retiro, quedándoles poco
dinero. Sus hermanos tenían que recibir una educación, y Edel se vió
precisada a dejar el colegio para ponerse a trabajar. Con una sonrisa
aceptó la noticia como voluntad de Dios. En el primer barco partió
para casa.
La familia vivía entonces en Dublín, donde Edel realizó un cursillo
de secretariado. A los diecinueve años consiguió su primer empleo como
mecanógrafa de una compañía francesa. Dada su eficacia, realizaba
tanto trabajo que Pierre, su jefe, sugirió que necesitaba una ayudante.
Ella le envió una nota: «No piense que hago algo especialmente
fatigoso. Nunca hay demasiado trabajo para hacer». Esta era su típica
actitud en la vida. Nada era demasiado problema y nada de lo que hacía
lo orientaba a una beneficio personal. Cuando recibió su primer aumento
escribió: «Personalmente no encontraría agrado en un aumento si
significara sólo un incremento en mi dinero personal, pero, en mi caso,
es diferente por mi familia, y, en verdad, agredezco profundamente la
mejora».
Su jornada laboral era larga; 7,30 tomaba el tren de regreso a su casa
en Monkstown, sita en las afueras de la ciudad. Solía estudiar francés
durante el trayecto para que le resultara más fácil la correspondencia
con las firmas francesas. Pronto llegó a dominar la lengua que le sería
útil en su labor posterior.
Algunas veces bailaba en casa de amigos a las que también Pierre solía
ser invitado. Años más tarde escribió éste: «La recuerdo vivamente
como una acompañante increíblemente ligera. Para llegar a bailar como
lo hacía -era tan ligera y ágil como una sílfide-, debió apacionarle
el baile». El golf era otro de sus placeres, pero tuvo que dejarlo para
ayudar en casa. Le gustaba el tenis, y formó parte de un club social
para chicas pobres. No tenía ningún interés por actuar, pero a menudo
ayudaba a escribir pequeñas obras para que otros las interpretaran.
Siempre vestía con mucho gusto y no necesitaba ayudas artificiales como
lápiz de labios o polvos. Su belleza natural quedaba realzada por su
bondad y simpatía y coronada por su sonrisa, que era como un rayo de
luz. Toda su fuerza estaba en esa sonrisa que brotaba de la fe y
confianza puestas en Dios y en su Madre. Nunca supo que era el miedo.
Una noche, un ruido del sótano despertó a toda la familia. La primera
que saltó de la cama fue Edel. Asiendo un atizador, bajó al sótano y
encontró ¡un gato!
Como san Francisco, quería sobremanera a los animales. Se alegró mucho
de haber encontrado un gato extraviado que había entrado en su oficina.
Estaba muy sucio, pero decidió quedarse con él. Desafortunadamente tenía
una reunión después del trabajo y debió dejar el gato en la oficina.
No se olvidó de él. Cuando terminó la reunión volvió sola a la
oficina por las oscuras calles que bordeaban el río. Encontró al
animalito y lo llevó a su casa, donde se convirtió en el favorito.
Su vida rebosaba felicidad, pero rogaba que le llegara el instante en
que pudiera entrar al convento. Todos los días rezaba el Rosario
completo de quince decenas y el pequeño oficio de la virgen. La Misa
era su gran alegría. Envió a una amiga el cuadro en el que se muestra
a Nuestro Señor en la cruz, en una nube sobre la sagrada forma. «Este
es mi cuadro de Misa favorito», escribió. «Asistiría a Misa todo el
día». Cada día se metía una manzana en el bolsillo e iba a Misa. Los
domingos pasaba la mañana entera en la iglesia oyendo 5 o 6 Misas,
seguidas de dos bendiciones por la tarde. Su alma pura podía atravesar
las barreras del espacio y tiempo que rodeaban la Misa. Con gran fe
miraba el pan y el vino y veía a Cristo en el calvario. Quería
permanecer para siempre con María y Juan.
Un día tuvo gran sorpresa; Pierre la pidió en matrimonio. Había
dejado la compañía y, viajando por Kerry antes de volver a Francia, se
dio cuenta repentinamente de que se había enamorado de Edel. Esperó
unas semanas y le hizo la proposición. Ella quedó asombrada y
sorprendida. Le dijo que estaba comprometida con Dios y que en el
momento en que su familia no la necesitara se uniría a las clarisas de
Belfast.
Pierre estaba descorazonado, pero las frecuentes cartas que Edel le envió
le fueron mitigando. Le animaba a ser una persona mejor y le decía que
le había encomendado a Nuestra Señora, que siempre le cuidaría. Se
hizo un buen católico, se casó, y llamó «Edel» a una de sus hijas.
Sirviendo con una sonrisa
En 1921
Frank Duff
fundó la Legión de María
en Dublín. Los miembros, enviados de dos en dos, después de las
reuniones extendían la Buena Nueva de nuestra salvación. A la vez que
invitaban a participar de María intentaban ver y servir a Cristo en las
personas que visitaban. Su misión principal es la de extender la fe y
también la de restaurarla en los casos en que se ha perdido. Sus
visitas a los enfermos y ancianos pueden incluir pequeñas obras de
servicios. Siempre tratan de acercar a la gente a Dios y a su Madre.
Cada unidad de organización se llama «praesidium», término utilizado
por los romanos para designar a una guarnición de hombres elegidos para
desempeñar unos deberes especiales en el ejército. Una noche, Edel
conoció a una amiga, llamada Mona, que le invitó a visitar su
praesidium. Esta pensó que a Edel no le gustaría mucho la reunión,
pues era una joven muy alegre. Sin embargo, se equivocó ya que a Edel
le impresionó todo lo que vio. Solicitó pertenecer a la Legión de María
y se hizo miembro del praesidium "Nuestras Señora de las
Victorias". A parte de asistir a la reunión semanal, tenía que
emplear dos horas trabajando para la Legión; a menudo hacía más
voluntariamente, y pronto comenzó a pasar todas las noches visitando a
la gente más avatida y desgraciada. Veía a Cristo en cada persona y
por Él trabajaba con María, su Madre.
Edel comulgaba con el espíritu interno de la Legión de María, el espíritu
de san Luis María de Montfort, que enseñaba que el camino más rápido
para llegar a Dios es a través de María. Él eligió en Belén venir a
nosotros por medio de Ella, y nosotros podemos elegir llegar a Él a
través de Ella. Desde este momento Edel comenzó a hacer todo por medio
de María y con Ella, en Ella y para Ella. «Debemos depender de María
en todo momento», escribió, «y no alejarnos mucho de nuestra Madre».
Después de dos años Edel fue enviada como presidente al praesidium
"Nuestra Señora, Refugio de Pecadores", que estaba llevando a
cabo una labor muy dificil entre chicas de la calle. Los miembros se
indignaron pensando que era demasiado joven para dirigirles. Al final,
pidieron a su director espiritual que protestara ante el cuartel general
de la Legión por haber elegido a una persona tan joven para presidente.
Volvió diciendo que no los había convencido. Con la ayuda de su
sonrisa, Edel supo tratar a los miembros y a las chicas con talento y
tacto.
Una noche, dos miembros informaron, con pesar, que no pudieron
encontrarse y por eso no realizaron su labor. Habían esperado en dos
esquinas diferntes. Edel no les respondió, pero de regreso a casa les
habló dulcemente sobre las almas que podrían haberse salvado en la
pensión que habían dejado de visitar.
Trabajando mucho y agotándose con las actividades de la Legión, se
daba a todos con una sonrisa de alegría. Su felicidad brotaba de su
alma, donde sabía que Jesús y María estaban viviendo con ella y amándola.
Hiciera lo que hiciera era por Ellos. Una vez llegó a una reunión de
la Legión llevando un vestido de baile bajo el abrigo. Era el 21
cumpleaños de su hermano, e iva a ir a su casa para la fiesta. También
esto sería ofrecido por medio de María para gloria de Dios.
Como ya habían crecido los niños, Edel quedaba libre para hacerse
monja. Se alegró mucho al conseguir el permiso de la clarisas de
Belfast para entrar en la orden en abril de 1932. Comenzaron los
preparativos, pero, repentinamente, cambió su vida. Enfermó gravemente
de tuberculosis y en febrero fue internada en un sanatorio.
Algunos de sus amigos no se sorprendieron. Dijeron que no solía
alimentarse suficientemente. No tomaba leche ni azúcar con el té ni
mantequilla con el pan, y a menudo dejaba de comer por ir a realizar un
acto de caridad. En el hospital continuaba practicando estos pequeños
sacrificios. No tomaba leche a media mañana ni postre después de las
comidas, ni cena... Hacía mucho frío en el hospital porque todas las
ventanas tenían que estar abiertas, y Edel no aceptaba una manta extra
ni una botella de agua caliente. Tampoco permanecía mucho tiempo en la
cama porque le gustaba visitar a otros pacientes. Hablaba con ellos
sobre la Legión de María y reclutaba muchos miembros
auxiliares.
Estos eran legionarios que no podían asistir a las reuniones semanales
pero rezaban el Rosario y
las oraciones de la
Legión todos los días. Su intercesión por medio de la oración
ayudaba a que los miembros activos obtuvieran la gracia que necesitaban
en su trabajo.
La enfermera jefe, que no era católica, dijo que Edel era «la persona
más encantadora que ha estado internada aquí». Era animada, estaba
siempre riendo y bromeando y le encantaba ayudar. Una joven enfermera se
alarmó un día cuando un paciente murió por la noche. Corrió en busca
de ayuda, no de otra enfermera sino de Edel, que se encontraba
profundamente dormida. Inmediatamente se levantó para ayudar. Aunque su
enfermedad era grave nunca estaba deprimida. Era la voluntad de Dios, y
por lo tanto la aceptaba y la amaba. Después de 18 meses se dio cuenta
de que nunca iba a mejorar. No tenía objeto perder el tiempo allí, y
se fue a casa. Con valiente sonrisa emprendió de nuevo su vida.
Su salud no mejoró a pesar de mantener reposo durante algunos meses, y
dejó de pensar en su enfermedad. Encontró otro trabajo como
secretaria. Tenía que trabajar en una habitación mal ventilada,
situada sobre un garage, y con luz artificial todo el día. El olor a
celulosa le angustiaba, pero nunca se quejó. «Todo», decía, «está
bien».
Pronto volvió a la Legión de María. Se unió al praesidium
"Nuestra Señora del Cenáculo". Los oficiales intentaban
darle trabajos que no la agotaran, si bien ella suplicaba por obtener
trabajos más duros. Al final, la hicieron vicepresidente de un nuevo
praesidium en el que la mayoría de los miembros eran enfermeras en prácticas.
El aspecto de Edel mejoró un poco y, a veces, se sentía lo
suficientemente fuerte para pasar un fin de semana en el campo. La Legión
se extendía rápidamente en 1934, y a menudo un equipo de legionarios
visitaba una parroquia distante para explicar el mensaje de la Legión y
establecer un nuevo praesidium. Edel disfrutaba en estos viajes.
Por esta época la Legión organizó la primera peregrinación a
Lourdes, en la que Edel participó como inválida. Al asistir a muchas
Misas y observar las procesiones del Santo Sacramento pudo vivir junto a
Él y amarlo con todo su corazón. Al rezar muchos rosarios cada día, más
se unía a María, su Madre, y ansiaba trabajar más fervientemente por
Ella. No rezaba en la gruta para curarse, sino para tener la gracia de
cumplir siempre la voluntad de Dios.
Poco después de regresar hubo una llamada desde Inglaterra. Se
necesitaban personas para extender allí la Legión. Edel respondió
inmediatamente: «Puedo ir en mis vacaciones», dijo. Pensaron que era
una de sus bromas. «¿Cómo puedes tú, inválida, pasar dos semanas
yendo de parroquia en parroquia dando charlas todo el día?» Edel
insistió, y, como Frank Duff dijo más de una vez: «La joven se salió
con la suya».
Fue enviada con una amiga al norte de Gales, donde había muy pocos católicos.
Su labor despertó mucho interés. Se hicieron promesas de unirse a la
Legión y se establecieron uno o dos praesidia. Hasta la misma Edel quedó
impresionada por el efecto del contacto personal con las almas. De nuevo
insistió ante las autoridades de la Legión: «Quiero volver a
Inglaterra y vivir en Chester, para poder extender la Legión por todas
partes». Chester es un importante nudo ferroviario y desde allí podría
ir a Gales, al interior y al norte.
Los oficiales del Concilium, el consejo superior de la Legión de María,
sabían que no iba en broma. Pidieron tiempo para pensarlo. La Legión
de Sudáfrica necesitaba con urgencia un asistente porque tenían que
establecerse nuevos praesidia en un vasto territorio. ¿Podrían pedir a
Edel Quinn que fuera a África en vez de ir a Inglaterra? ¿Tendría
salud suficiente para este viaje? Se lo propusieron: «Edel», dijeron,
«has pedido Chester. ¿Qué dirías si en vez de Chester te pidiéramos
que fueras a Sudáfrica?» «De todo corazón» dijo, y se irradió de
semblante. Renunció a su empleo y comenzó a hacer los preparativos
para el viaje. Ahora pedían asistentes a Dublín para ir a África
Central, donde no había ningún praesidium. Los oficiales del Concilium
se lo volvieron a plantear. ¿Podrían pedir a Edel que fuera a África
Central, en vez de ir al sur? ¿El clima no sería excesivo para ella?
Se lo propusieron: «¿Te irías sola a África Central en vez de ir al
sur?», preguntaron. «Inmediatamente», contestó. «Este es el día más
feliz de mi vida».
Pero no se había tomado aún la decisión. Tenía que proponerse al
cuerpo general del Concilium. La discusión se abrió con cierta
desaprobación. Un sacerdote con mucha experiencia intervino: «¿Cómo
puede enviarse al centro de África a una joven que viaja sola? Ya sólo
el calor la mataría y ella no podría soportar esos largos viajes».
Edel se levantó inmediatamente y dijo: «Voy con los ojos abiertos, y
no de excursión». Se sentó, y con ella todo el mundo sonrió. Nadie más
habló en contra de su nombramiento. En la votación se aprovó por
unanimidad.
Edel sabía que los médicos no le daban más de una año de vida en el
severo clima irlandés. Sentía que María mostraba su amor maternal al
enviarle a una tierra más cálida donde podría trabajar más por su
Hijo. Para demostrar su gratitud se unió a la segunda peregrinación de
la Legión a Lourdes, pero no como una inválida. Fue a cuidar a los demás.
Pasó una noche de oración en la gruta y, como sabemos, a la mañana
siguiente no presentaba signos de fatiga. Estaba más alegre que unas
castañuelas.
Una sonrisa ardiente en África
Finalmente, a los veintinueve años Edel Quinn, enviada de la Legión de
María a África Central, dejó Irlanda el 24 de octubre de 1936. Pocos
días más tarde salió de Tilbury, Inglaterra, en el Llangibby
Castle. Frank Duff dijo que llevaba un vestido de seda azul y que
estaba muy hermosa. Cuando el barco se alejaba, a los amigos de Edel se
le saltaron las lágrimas; ella sonreía.
Viajó con un grupo de monjas y sacerdotes misioneros. A todos les habló
de la Legión de María, y muchos se hicieron miembros auxiliares. El
barco llegó a Mombasa el 24 de noviembre, y ella prosiguió en tren el
viaje a Nairobi, capital de Kenia, en compañía de algunas monjas.
Realmente comenzaba ahora su gran aventura. Había problemas de todo
tipo: calor, lluvias, junglas, pantanos y animales salvajes. Todo esto
no era nada comparado con la gente. Había tantas razas y credos, tantas
tribus y lenguas, que parecía imposible unificarlas bajo la bandera de
Nuestra Señora. La sonrisa de Edel, sin embargo, era tan brillante como
el sol, y los africanos, al verla, la amaban y ella les correspondía.
En tres semanas había establecido tres praesidia en Nairobi. Dos tenían
miembros blancos, principalmente europeos. Como trabajo legionario
visitaban un hospital y enseñaban catesismo los domingos. Mantenían
limpia la iglesia y distribuían periódicos católicos a la vez que
realizaban un censo parroquial. Seguidamente se formó un praesidium de
negros, compuesto por trece hombres y tres mujeres africanas. Visitaban
a la gente en sus casas. Durante los meses siguientes Edel realizó
muchos viajes. Los misioneros la llevaban de una estación a otra y
traducían sus palabras. Dijo a los africanos que Nuestra Señora era la
Madre de Dios y que quería ofrecer su Hijo al mundo. Ellos podrían
acercarlo a la gente si se unían a la Legión. En Kiambu estableció un
praesidium de siete hombres y tres mujeres, cuya misión especial era la
de enseñar el catesismo a los escolares. Después formó un praesidium
juvenil para chicas que asistían a la escuela normal de Limuru. Poco más
tarde, en Magu, se formaron un grupo de adultos y otro juvenil. Su misión
era la instruir a los convertidos que vivían lejos de la misión.
Como resultado de todo esto se estableció en abril de 1937 la primera
curia de Nairobi. Este consejo supervisa la labor de los praesidia del
área, y los oficiales de éstos asistían a las reuniones mensuales.
Esto significa que los oficiales negros de Kiambu, Limuru y Mangu se
sentaban a la misma mesa que los oficiales blancos de Nairobi. Este era
un gran paso. El mismo día se celebró el primer Acies. Se trata de una
función en la que se reúnen todos los miembros de la curia, «como un
ejército en orden de batalla» para renovar el voto de lealtad a María:
«Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía», dicen, «y cuanto tengo tuyo
es».
Muchísimos misioneros aguardaban ansiosamente que Edel los visitara.
Como sabía que su tiempo en este mundo no iba a ser largo, actuaba lo más
deprisa posible. Estaba en Mombasa cuando se enteró de que el arzobispo
Riveri, delegado apostólico, había enviado una carta a 33 obispos
recomendándoles la Legión de María. Añadía que Edel estaba
dispuesta a organizarla en donde fuera necesario. Edel rebosaba de
satisfacción. Sin pensar en sí misma, realizó largos viajes en los años
siguientes. Viajó por los vastos territorios de Kenia, Uganda, Malawi y
Tanganica. Su método era el de establecer unos pocos praesidias y
formar a los miembros. Después, los dejaba al cuidado de los misioneros
y se trasladaba a otra área. Algo más tarde volvía y establecía una
curia. De esta manera fundó cientos de praesidia.
La valentía y fuerza de voluntad de Edel, que brotaba de su fe en María,
le hizo correr muchos peligros. Un día, al despertarse en una misión,
encontró que la carretera había desaparecido bajo una capa de barro.
Era un problema, ya que había prometido asistir a la reunión del
praesidium, distante de allí unas millas. Suplicó que fuera un
misionero a buscar un camión. Encontró uno guiado por un conductor hábil
que junto a Edel emprendió el viaje. A pesar de llevar cadenas, el camión
sólo podía avanzar palmo a palmo durante un trecho. En las dos últimas
millas los pasajeros tuvieron que salir y deslizarse por el barro.
Llegaron cubiertos de lodo, pero a tiempo, y los asistentes a la reunión
quedaron impresionados.
En otra ocasión, un misionero llevaba a Edel por una carretera
peligrosa cuando llegaron a un estrecho puente. El río tenía un caudal
que sobresalía por encima del puente. Era imposible cruzarlo. De nuevo
Edel suplicó con todo su corazón que se realizara un intento,
diciendo: «Debo ir a esa reunión y estoy segura de que Nuestra Señora
nos protegerá». El agua cubrió el motor al pasar por el río, pero lo
cruzaron a salvo, y de nuevo Edel llegó a tiempo con una animada
sonrisa de agradecimiento al conductor.
Su forma normal de viajar era la de ir en camiones llenos de hombres que
reían y cantaban. La respetaban y nunca la molestaban. Una noche, dos
amigos salieron de Nairobi con su coche para encontrarse con el camión,
a fin de que Edel pudiera concluir su viaje más cómodamente. La
recogieron y fueron sobre el barro que se había amontonado tras la última
tormenta. Pronto quedaron atascados en el lodo, y tuvieron que
permanecer allí toda la noche y parte de la mañana, hasta que fueron
rescatados. A pesar de la fatiga y carencia de alimentos, Edel sólo
estaba preocupada por sus amigos y el coche.
Había mucho que hacer, y su tiempo se agotaba. No podía desperdiciar
ni un minuto. «Si uno ha dado todo a Jesús y a María», escribió, «no
tiene derecho a perder el tiempo». Aprendió algunas lenguas africanas
que le ayudaban a supervisar las diferentes traducciones de las
oraciones
de la Legión.
Tenía una máquina de escribir portátil, y cuando
disponía de tiempo, normalmente en sus viajes, se sentaba a redactar
largas cartas a los oficiales del
Concilium
describiendo su progreso. Su correspondencia era muy abundante. Escribía
cartas a su familia y a sus amigos asegurándoles que se encontraba muy
bien y que estaba muy contenta; cartas a obispos, sacerdotes y monjas
que le ayudaban en los nuevos praesidia; cartas de agradecimiento a
quienes le facilitaban transporte y hospitalidad. También se preocupaba
de mantener al día los archivos de los nuevos praesidia y escribir
informes de todas las visitas que hacía.
Toda su vida estaba llena de pensamientos hacia los demás, y así,
cuando un día su madre superiora le pidió que llevara una vaca a otra
misión, sonrió y dijo: «¡Por supuesto!». Afortunadamente el coche
que había pedido resultó ser un camión. Con una soga atada al cuello
empujaron a la vaca, pero ésta demostró su disconformidad alejándose
y pisando las flores del jardín del convento. La tuvieron que agarrar
entre 5 hombres. Le ataron las patas, la pusieron sobre una tabla y la
subieron al camión. Cuando la soltaron, se pasó todo el viaje
pataleando. Sin embargo, tanto Edel como la vaca llegaron sanas y
salvas.
El obispo Heffernan, que había tomado parte en los preparativos para su
viaje a África, invitó a Edel a visitar el área de Zanzíbar. A Edel
le pareció esta zona muy diferente a la de otros lugares que conocía.
Todo era plantaciones de calvo que daban un acre olor a toda la isla, y
los cocoteros asomaban por encima de los tejados de las casas árabes.
Esta tierra estaba gobernada por un sultán, y un día el coche de Edel
tuvo que retroceder en una calle estrecha para dejar paso a su berlina.
La multitud observó interesada como Edel le sonreía y se disculpaba.
Pemaneció allí sólo una semana, pero en este tiempo estableció
algunos praesidia.
Al volver al continente, viajó por muchas regiones satisfecha de
esparcir la semilla de la Legión y confiando que cayera sobre un buen
terreno.
Los problemas de transporte hacían que, a veces, llegara tarde al
convento en el que residía. En vez de tocar el timbre y despertar a las
monjas, permanecía en la terraza. Procedente de las montañas el aire
llegaba helador y, arropada por un fino abrigo, no podía dormir. Un día,
cuando las monjas la encontraron a las 5 de la mañana, estaba tiritando
de la cabeza a los pies y tenía un color azulado por el frío. La
metieron en la cama y le dieron café caliente, lo cual en aquella época
quería decir que no podía recibir la comunión. Sin embargo, aún se
vistió a tiempo para oír la primera Misa.
Por fin Edel pidió permiso al Concilium para comprar un coche.
Aceptaron a condición de que encontrara un conductor. Escogió a un
mahometano llamado Alí, que pronto fue conocido por todos los
sacerdotes como «Alí Babá». El coche era un viejo Ford de dos
asientos que se oía mucho antes de que llegara, pero el ruido era de
bienvenida porque las visitas de Edel siempre llevaban felicidad. Ahora
podía viajar más. Y sus aventuras aumentaron. Una vez, uno indios le
engañaron con la gasolina, y el coche se quedó inmovilizado en la
jungla. Alí dijo que tendrían que retroceder para conseguir gasolina.
A Edel le pareció esto una pérdida de tiempo y le mandó ir a él
mientras ella se quedó en coche escribiendo cartas. En ningún momento
pensó que podía haberle aparecido un león.
Tristemente, Alí Babá se aficionó demasiado al tembo, la cerveza
nativa, y tuvo que ser sustituido por Anselmo, que escribía su nombre
en su camisa con pluma para que no se le borrara.
Edel recorrió toda Uganda que, como se encuentra en el Ecuador, es
extremadamente cálida. Era un país muy silencioso, y allí ni siquiera
los pájaros cantaban. Todo lo que se oía eran los extraños gritos de
los hechiceros y los murmullos ocacionales de los nativos sentados en
sus chozas. Edel deseaba trocar esos murmullos en oración. Los
misioneros llevaban años convirtiendo paganos, pero necesitaban ayuda.
Recibieron con agrado a la Legión de María. Un sacerdote escribió que
en seis meses su praesidium había recuperado 112 católicos negligentes
y, además, que habían sido bautizados 12 niños, 18 matrimonios legítimos
y había comenzado la instrucción de 23 paganos.
Edel nunca desaprovechó la oportunidad de visitar leprosos. En cada uno
veía a Cristo doliente. Un día asistió a un partido de fútbol cuyos
jugadores eran leprosos. No obstante tener los brazos y las piernas
vendados se lo pasaron muy bien. Más tarde formó un praesidium mixto
con tres leprosos y cinco trabajadores de Buluba, un área desolada
donde, aparte las monjas y leprosos, las únicas criaturas vivas eran
los búfalos, hipopótamos y elefantes.
Un fuerte ataque de malaria le impidió a Edel ir a la isla de Mauricio,
a finales de 1938, cuando la invitó el arzobispo Leen. No embarcó
hasta enero de 1940, y para entonces había comenzado la Segunda Guerra
Mundial. Uno de cada dos barcos que cruzaba el océano Índico era
hundido por los submarinos; de la mano de María, Edel sonreía y no
mostraba temor. A su llegada había treinta y cuatro parroquias, y
cuando se fue de allí, nueve meses más tarde, había 34 praesidia.
Una de las primeras cosas que hizo fue preparar una edición especial
del periódico católico local. Contenía interesantes artículos de la
Legión, de los cuales ella misma había escrito la mayoría, incluyendo
la siguiente carta dirigida a los niños:
«Queridos niños:
Habréis oído hablar de la Legión de María a vuestros padres o en la
escuela. Quizás hayáis pensado que solamente es para adultos. No,
queridos niños, la Legión de María también es para vosotros, y estoy
segura de que os encantará que os la explique. Podemos describir a la
Legión de María como un ejército de católicos enrolados bajo la
bandera de la Santísima Virgen para luchar contra Satanás y sus
seguidores.
Todos tenemos que luchar contra Satanás, vosotros y yo. En el día de
nuestro bautismo nos convertimos en hijos de Dios; en el día de nuestra
confirmación nos hicimos soldados de Cristo, y sabéis que el soldado
tiene el deber de luchar contra los enemigos de su país. Esta lucha nos
exige ciertos deberes».
(En este punto explica normas y da ejemplos de labores que pueden
realizarse).
«No sé si alguno de vosotros es scout. Un scout promete realizar
una buena acción todos los días. ¿Por qué no intentáis vosotros,
que sois católicos, hacer todos los días 5 o 10 minutos de acción católica?
No esperéis a mayores para ser píos o para compartir la labor apostólica.
Comenzad inmediatamente. Formaos el hábito de trabajar para Jesús y su
Santa Madre. Ellos os bendecirán y estaréis orgullosos. Pensad en
esto, queridos niños. No digáis "no" enseguida. Jesús os
ama. María os ama. Demostrad que vosotros también los amáis. Trabajad
por ellos.»
Vuestra amiga,
E. Quinn
A Edel le gustaba la isla Mauricio donde tuvo muchos amigos. Uno de
ellos la describió así: «siempre de buen humor, borboteando con alegría,
a pesar de estar constantemente cansada y delicada». La curia se
estableció en abril con diecinueve praesidia, y en mayo se celebró el
primer acies en la catedral de Port Louis. En el sermón, el arzobispo
señaló a los trescientos legionarios que si realizaban su labor con el
espíritu de fe y en unión a María era seguro que tendrían éxito.
Edel volvía frecuentemente a los nuevos praesidia para asegurarse de
que entendían y obedecían las nuevas reglas. A veces, en una noche,
asistía a dos o tres reuniones, viajando sola en taxi. Además, escribía
muchas cartas y trataba de mantener contacto con los consejos de África.
No nos debe sorprender que su alma pidiera un poco de paz y descanso en
el Señor. Fue a un retiro de 3 días y, según sus notas, decidió
asistir a todas las Misas que pudiera y evitar dejarlas a la mitad.
La Legión estaba firmemente establecida en Mauricio, y a Edel le
hubiera gustado visitar las islas vecinas de Reunión y Madagascar. La
guerra lo hacía imposible, y le pareció prudente volver enseguida a África.
El último día que estuvo en St. Louis se hallaba triste, y dijo: «En
cuanto hago buenos amigos debo irme y enfrentarme de nuevo a lo
desconocido». Después de la Misa de despedida y de la recepción
organizada por los legionarios, Edel les dió las gracias en inglés y
francés, y el arzobispo Leen le comunicó que toda la diócesis estaba
muy complacida por el favor que habían recibido con su trabajo. Cuando
se iba, se le oyó decir a alguien: «Nuestra Señora hizo que sintiéramos
su presencia entre nosotros».
Edel tenía que enfrentarse de nuevo a los peligros del mar. En vez de
ir directamente a África Oriental, el barco se desvió, por una ruta más
larga, a Burban, y Edel sufrió varios mareos. Al llegar a Sudáfrica se
sintió mejor. Allí la Legión estaba firmemente establecida, y todo el
mundo la quería conocer.
Unas semanas más tarde estaba de regreso en Malawi, trabajando tanto
como siempre. Desde comienzos de 1941 dividía su tiempo en tres
misiones, cuidando sus nuevos praesidia. Una de las misiones se hallaba
en las colinas, a bastante altura, y las otras estaban tres mil pies más
abajo. Era muy difícil desplazarse de un lugar a otro; al principio
intentó ir en bicicleta, pero a causa del calor resultaba fatigoso
subir las cuestas. Después utilizó una gheretta, un tipo de rikisha
(cochecito chino) empujada por 4 hombres, siendo peligroso ir cuesta
abajo. Agotándose día a día, siguió trabajando hasta que se desplomó.
Tenía disentería, malaria y pleuresía, y pesaba 32 kilogramos. Mucha
gente pensó que se moría. El obispo se apresuró a agradecerle todo lo
que había hecho y prometió hacerle un "gran funeral". Edel
se rió abiertamente.
Ruby Roberts, enviada de la Legión a África, la visitó y quedó
aturdida por su condición. Volaron juntas al hospital de Johannesburg,
donde los médicos dieron a Edel un mes de vida. Tras una ligera mejoría
fue trasladada a un sanatorio. Al no tratarse de una institución católica,
no podía oír Misa, y solamente recibía la comunión una vez a la
semana. Edel a menudo ayunaba durante 17 horas o más para no perder la
visita de su Señor. El apartársele ahora de la Eucaristía era más de
lo que podía soportar. Debe ser, pensaba, algo parecido a un tormento
del infierno.
Después de 6 meses de reposo absoluto fue trasladada al hospital de un
convento de Umlamni, en la provincia del Cabo. Estaba bajo el cuidado de
las monjas dominicas y de nuevo podía disfrutar de la comunión diaria.
Se hallaba demasiado débil para ir caminando a la capilla a oír Misa,
pero era feliz al poder vivir bajo el mismo techo que Nuestro Señor.
Las monjas se mostraban muy amables con ella. «Es justo lo que se podría
esperar», escribió, «Cuando uno trabaja para la Santísima Virgen no
necesita preocuparse por nada». Estaba encantada con los libros y periódicos
que algunos juveniles le guardaban, y aún más con la carta que
semanalmente le enviaba uno de ellos.
Como de costumbre, no queriendo perder el tiempo, Edel continuó
trabajando por correspondencia. Estaba asombrada del trabajo de los
enviados de la Legión a Estados Unidos. Los nuevos praesidia que Fr.
Aedan McGarth había establecido en China le dieron una nueva idea;
comenzó a soñar en ofrecerse como enviada al Oriente cuando se
recuperara. De momento, sin embargo, tenía que permanecer en cama.
Gradualmente recobró fuerzas, y su peso subió a treinta y ocho
kilogramos.
En marzo de 1942 el Concilium organizó, a través de su periódico
Maria Legionis, una novena a nivel mundial por su recuperación.
Dirigida a uno de los grandes patronos de Legión, el santo Grignion de
Montfort, que iba a ser patrono cononizado, la intención era "que
se le de a Edel suficiente fuerza para que continúe su misión".
Esta misión comenzada en Nairobi 6 años antes, había concienciado a
los africanos de que su objeto era convertir a sus hermanos. Ahora había
1000 catecúmenos al año, y se estableció una segunda curia. Sería
ideal que Edel pudiera volver a Nairobi.
El santo Grignion debió captar la sonrisa de Edel; ciertamente envió
una rápida respuesta. Edel escribió a Dublín en setiembre diciendo
que el doctor pensaba que el clima de Nairobi resultaría mejor para
ella. Evidentemente no debía realizar grandes esfuerzos. Se fue de
Umlamli a Durban de inmediato, pero el barco que la llevaría fue
desviado de su ruta y aún transcurrirían unas semanas hasta que
llegara otro. Pasó estas semanas en hospital del convento benedictino
de Zululand. Estaba totalmente exhausta y permaneció en cama durante
dos semanas. Más tarde se le permitió levantarse durante una hora al día,
y así disponía de tiempo para la comunión, Misa y rosario. También
iba diariamente a visitar a un paciente francés que no había recibido
los sacramentos hacía años. Ella, hablando en francés, le animaba.
Dos meses más tarde continuó su viaje. Fue en tren con Ruby Roberts a
Johannesburg y de allí voló sola a Nairobi, donde llegó a primeros de
enero de 1943.
Aunque más muerta que viva, reemprendió su labor de visitas,
agradeciendo el coche que le ahorraba energías. Se le había permitido
comprar otro al volver de Mauricio, y aunque estaba casi tan desmoronado
como el primero, lo llamaba su "Rolls-Royce". Se sentía
completamente feliz de volver a trabajar, y su sonrisa recibía
respuestas en todas partes. Encantada por la multiplicación de los
praesidia que había establecido, aún se sentía más halagada al
constatar que los africanos evangelizaban a los paganos. Tuvo la inmensa
alegría de ver en noviembre que la primera curia que ella había
fundado en Nairobi, en 1937, pasaba a ser comitium. Este consejo asumiría
la responsabilidad de extensión y visitas de la Legión en una amplia
área.
A pesar de todo, Edel no descansaba. Estableció nuevos praesidia entre
las tropas británicas asentadas en Nairobi. No le dió miedo hablar
sobre la Legión de María con el jefe de la base de Royal Air Force. La
escuchó con respeto y admiración. Para poner su fuerza en viajes más
largos, fue primero a la curia de Nyeri, distante 80 millas, y visitó
15 praesidia. Después hizo un viaje de 16 horas en tren al Kilimanjaro
para establecer tres nuevas curias. No se quejaba de cansancio; era la
misma chica que años antes había escrito que no se dejaría vencer por
la fatiga. En diciembre hizo un viaje de 6 semanas por Tanganica; al
final se resfrió. Perdió peso y apenas podía andar. Descansó unos días
en un convento de monjas irlandesas, mas no pudo recuperar fuerzas. El
primero de enero de 1944 realizó un retiro en un convento carmelita de
Nairobi. Lo ofreció como preparción para su muerte. Le dijo a una
amiga que era como estar en el cielo. Una monja manifestaba que tenía
Edel tal atmósfera de luz y de gracia que no podía ser descripta.
Llevó a cabo su último viaje en marzo. Utilizó toda su energía para
soportar un recorrido de 18 horas en tren a Kisumu. Sufrió un ataque al
corazón en el camino y pensó que se moría. Se recuperó, y el obispo
la recibió con gran alegría. En su visita anterior le había pedido
que volviera, y ella había cumplido su palabra. Extremadamente débil
asistió a las ceremonias de Semana Santa, que eran mucho más largas
que las actuales. El clima resultaba pesado y había mucha niebla. Edel
no podía luchar más. Volvió en tren a Nairobi, y después de 18 horas
en el fatigoso tren la llevaron a la cama, en el convento alemán de
Precious Blood.
Al mes siguiente tuvo varios ataques de corazón, pero se negó a que la
visitara el médico. Sabía que no tenía remedio y no quería molestar.
Entre ataque y ataque todavía sonreía y hablaba de su trabajo. El 12
de mayo de 1944 se sintió mejor e hizo planes para ir al día siguiente
a un convento irlandés para descansar durante unas semanas. Por la
tarde se sentó en una hamaca en la glorieta del jardín. La madre
superiora le llevó un vestido nuevo que se provó con agrado. Llegó un
sacerdote para charlar con ella; un muchacho le trajo refrescos. Edel le
agradeció y le dijo que eran deliciosos.
A las seis y cuarto llegó la presidente de la curia. Había ido a verla
todos los días y echó de menos el saludo habitual de Edel. La encontró
en un estado de colapso. Llamaron a la superiora, y Edel abrió los ojos
lentamente. «Madre, madre», dijo, «¿que me está ocurriendo? Estoy
muy enferma. ¿Está llegando Jesús?» Se le administró la extremaunción
y fue conducida a su habitación, donde tuvo otro ataque. El sacerdote
colocó junto a ella una imagen de Nuestra Señora y le ofreció el
crucifijo. Lo besó y apretó la mano de la hermana, «Jesús», dijo,
«Jesús», y murió.
Las monjas la vistieron con el hábito blanco de su orden para que Edel,
que había deseado ser monja en su vida, tuviera el hábito en su
muerte. Pusieron flores rosas y blancas sobre su cabaza. Su cuerpo
permaneció durante dos días ante la Eucaristía, y el domingo 14 de
mayo fue enterrada en el cementerio de los misioneros. Todos los años
el día aniversario de su muerte se reúnen ante su tumba miles de
legionarios africanos. Cumplen las palabras que un sacerdote de Nairobi
dijo a otro misionero:
«Después de que todos hayamos desaparecido, el nombre de Edel Quinn
perdurará con veneración para el alma africana».
También es cierto que su sonrisa siempre iluminará el mundo, así como
los corazones de sus compañeros legionarios, ya que nos ofrecen a todos
la palabra de vida.