Tocando
el arpa durante el incendio de Roma
Por el Siervo de Dios Frank Duff, fundador de la Legión de María
AMÉRICA ha estado poniendo en escena una de sus manifestaciones de renacimiento religioso. Debió tratarse de algo excepcional, ya que el semanario Time le dedicó 12 páginas. Al leer el artículo, el primer pensamiento que viene a la mente es de tristeza y pena de que la Iglesia haya hecho tan poco por atraerse a la gente de América v tomar contacto con ella. Ese renacimiento religioso es prueba del ansia de Dios que hay en el fondo de la naturaleza humana, y que, como el fuego del interior de la tierra, parece aprovechar cualquier salida para manifestarse bajo capa de verdad o en forma de la más profunda superstición. Esta última manifestación se demuestra por lo menos como verdad parcial, pues trata de glorificar el santo nombre de Jesús; se denominan a sí mismos "Jesus People".
El catolicismo no puede consolarse con la idea de que no fue él quien impulsó este movimiento ni quien trató de aprovecharse de él. Aunque se ha hecho algo en el sentido de dirigir estos impulsos hacia el catolicismo, lo más seguro es que este movimiento siga el derrotero de todos los de su estilo en el pasado. En vez de convertirlo en canal por donde fluya la verdad v el orden, todo ese fervor prodigioso será como una riada incontrolable. Se desparramará en su mayor parte y acabará desapareciendo. Lo que quede del movimiento sucumbirá ahogado en su propio desorden, que adoptará la forma del actual extravío e inmoralidad por razón de esos caprichos de la naturaleza humana que nos impelen a oscilar entre los extremos.
Aquí es donde el catolicismo podía haber aprovechado favorablemente la situación. Podía haber atraído hacia sí ese interés efervescente y haberlo regulado. Podía haber encauzado aquel entusiasmo desordenado, transformándolo en fuerza motriz, en vez de dejarlo desvanecer. Temo que ese movimiento de "Jesus People" (Los de Jesús) represente otra gran oportunidad que hemos dejado pasar de largo.
Quizá se alegue como excusa que la Iglesia está actualmente sufriendo una aguda indigestión y que no está para acometer ninguna empresa. Pero me atrevería a recordar que tales momentos de tribulación son igualmente tiempos de gracias especiales, y que crisis parecidas fueron abundantes en santos y ricas en impulsos de progreso y bien. ¿Por qué no ha de valer esto para los tiempos presentes?
El movimiento "Jesus People" no es la única llamarada religiosa que hoy estamos presenciando. ¿Qué pensar del movimiento que está difundiéndose veloz por Estados Unidos y Canadá, cuyos miembros se llaman a sí mismos católicos pentecostales? La elección de esta denominación resulta peculiar, ya que los pentecostales han sido una de las sectas protestantes mejor asentadas y que han manejado mucho dinero. Los pentecostales han desarrollado particularmente sus actividades en Sudamérica y han conseguido muchos adeptos. De ahí que resulte extraño que unos católicos hayan asumido su misma denominación.
A primera vista, uno se inclinaría hacia esta manifestación. Aparece en un tiempo en que la Iglesia está defendiéndose, en que sus doctrinas son atacadas; y en que tienen lugar serias defecciones. Por eso, alguien podría proponer con urgencia la conveniencia de aceptar con los brazos abiertos un movimiento católico que tiene todas las apariencias de estar lleno de entusiasmo y de empuje. Pero conviene ser cautos al respecto. La jerarquía americana lo contempla con perplejidad. Cualquier cosa religiosa fuera del control de la autoridad eclesiástica es de dudosa procedencia; y esto seria particularmente aplicable a un movimiento que de continuo está hablando del Espíritu Santo sin referirse para nada a otras doctrinas católicas. Respecto a esto, permítanme decirles que, siempre que oigo hablar profusamente a alguien sobre el Espíritu Santo, le escucho ansioso por ver si menciona a la santísima Virgen, su inseparable colaboradora. Si ella no aparece, lo más seguro es que Él también esté ausente.
No debemos tratar a la tercera persona de la santísima Trinidad como a una especie de juguete que ha de actuar de acuerdo a nuestros caprichos. El Espíritu Santo tiene sus tiempos y sus normas, que aparecen dentro de la Iglesia Católica y no en cualquier parte. Si los observamos, podemos tener la certeza de estar en grado de tratarlo familiarmente y de esperar su ayuda. De otro modo no estamos seguros. La historia del error en el mundo demuestra la manera en que la falibilidad humana y la intervención diabólica pueden actuar cuando la gente se pone a clamar "Señor, Señor" y cree que el Espíritu Santo desciende, sin más, sobre ellos. Todas las sectas falsas alegan haber sido fundadas por el Espíritu Santo. Se creen inspiradas, y proceden a publicar las revelaciones que reciben. Se entregan a la curación de enfermos, y tienen por lo más notable el hablar diversas lenguas. Todo esto es sólo una parodia de lo que ocurrió en Pentecostés. Pues la diferencia está en que entonces los apóstoles hablaron auténticas lenguas a gentes de otras nacionalidades, mientras que estas parodias no pasan de bisbiseos ininteligibles, como ha podido demostrarse al grabarlas en cintas magnetofónicas. El que se repite es el milagro de Babel, no el de Pentecostés.
Pero alguien objetará: ¿Por qué anticipar tal insensatez acerca de ese movimiento de católicos pentecostales? ¿No los preservará la gracia de tales descarríos? Los que no hacen caso de las normas ordinarias, sean éstas católicas o de seguridad ordinaria, no tienen remedio. Si estuviesen en relación especial con el Espíritu de Dios, se inclinarían a considerar sus ideas como suministradas por el Espíritu Santo; en cambio, las que proponen son sólo suyas, y quizás peor que eso.
La Iglesia es en esto la gran salvaguardia. Ella separa el trigo de la paja, la verdad de lo falso. En una reciente edición del semanario Time se ponía de manifiesto este peligro. El artículo hablaba de muchachas católicas pentecostales que imponían sus manos sobre la gente para conferirles el Espíritu Santo, como el obispo hace en el caso de la confirmación. Ahora bien, si un obispo hace descender el Espíritu Santo mediante la imposición de las manos, lo hace por derecho y ministerio que la Iglesia Católica le concede. Tal privilegio no pertenece a los fieles ordinarios. Ustedes verán que quienes remedan ese privilegio se muestran presuntuosos, y es obvio que acaben extraviándose. Quizás el primer síntoma de ello es el que ya están celebrando reuniones con los pentecostales protestantes - quién sabe en qué condiciones.
Lo dicho hasta ahora ofrece un difícil problema. De una parte, la Iglesia oficial no organiza ni encauza sus esfuerzos en el sentido de una campaña misional de conversión, y, de la otra, los católicos pentecostales avanzan impulsados por el entusiasmo, pero lo hacen por senderos dudosos; lo más seguro es que se vayan agotando poco a poco sin pasar más allá de su primer estadio. ¿No habría manera de dar con el sistema más adecuado de movilizar a la gente hacia un movimiento de conversión bajo la supervisión de la Iglesia?
Me atrevería a decir que en la Legión yace el potencial capaz de realizar el esfuerzo de exponer la doctrina de la Iglesia católica a cada individuo de Norteamérica lo mismo que a cualquier individuo de cualquier otra parte. Pero, más que para la conversión, la Legión ha sido empleada para otros muchos fines. Algunos de esos fines tienen tan poca relación con la vida real de la Iglesia, que podrían realizarse sin ella. ¿No es una pena que un principio tan vital de la Iglesia como es el de la conversión haya sido subordinado a lo que podrían llamarse menesteres de cocina?
Esta consideración me trae a la memoria la visita que hace unos años nos hizo el entonces Superior General de la Sociedad de las Misiones Africanas, Rvdo. P. Simón Harrington. En un sentido, fue una visita de cumplido y cortesía. Supuso un gran elogio para la Legión. Manifestó el P. Harrington que la Legión era para el misionero como un regalo del cielo, que le permitía llegar a quienes había sido enviado. Abandonado a sus propios recursos, sería incapaz de atender a todos en el campo de misión encomendado. La Legión ofrecía al misionero esa posibilidad.
Pero se lamentaba de que la Legión fuese excesivamente empleada para fines domésticos y muy poco para la conversión. Manifestó que tenía un propuesta y deseaba que se tomase en serio. Proponía que se dejasen de lado todos esos fines domésticos y que se dedicasen todas las fuerzas de la Legión a la labor de la conversión. Hacía ver con razones que incluso la recuperación de los caídos había de ser supeditada y sacrificada a ese objetivo principal; que los católicos ya han tenido y probablemente seguirán teniendo su oportunidad, y que a aquellos que no la han tenido debería proporcionárseles.
Confieso que su propuesta es seductora. Pero el argumento que le opusimos fue que nos sería imposible inducir a las autoridades católicas a suscribir un reordenamiento tan drástico de las cosas. Sin embargo, él seguía insistiendo que nuestro programa debería proponerse ese ideal, y que no debería fundarse ningún praesidium, a no ser con la condición de que hiciese trabajos de conversión. Y en esa línea permaneció.
Ustedes comprenderán que eso transformaría y daría una vuelta completa a la Legión. ¿Nos dejaría en pie?
Y, sin embargo, ¿no tenía, en principio, razón el P. Harrington? Si tuviésemos realmente que comenzar ahora el camino y nos viésemos ante la elección de esos quehaceres domésticos y la búsqueda de las conversiones, ¿no estaríamos obligados a elegir esto último? La Iglesia, desde luego, no fue fundada para ser una simple capellanía particular.
Naturalmente la respuesta será siempre la del compromiso que nosotros mismos dimos al P. Harrington: que hay que hacer lo uno sin omitir lo otro. ¿Pero es ésta la verdadera respuesta al problema? Presumiblemente, no. Existe el peligro de que afrontemos sólo superficialmente el problema de la conversión y de que sigamos prácticamente concentrando nuestro interés en "necesidades caseras" o en tareas insignificantes que ni siquiera lleguen a ser verdaderas necesidades.
Solía advertirse que los legionarios precisan un tipo de preparación espiritual antes de hallarse capacitados para acercarse en plan apostólico a los de fuera de la Iglesia. Hoy día los trabajos realizados por la Peregrinatio pro Christo han privado de fuerza a este argumento. Legionarios corrientes, sin preparación alguna, han sido enviados a todo tipo de gentes, y el resultado ha sido siempre satisfactorio.
Se han mostrado lo suficientemente equipados y pertrechados para la tarea. Son bien recibidos por doquier. Encuentran muchísima buena voluntad y una ignorancia enorme en materia religiosa. Los únicos a quienes ellos han encontrado con fe positiva en sus propias religiones son los miembros más excéntricos o visionarios.
Los legionarios están en grado de comunicar el mensaje católico, de despertar el interés de la gente, de descubrir promesas, y, en fin, de conseguir conversiones. Ciertamente, como dice el Evangelio, los campos del mundo están maduros para la cosecha.
Pensad en vuestra eminente aventura descrita en una edición de MARIA LEGIONIS bajo el título de "Irrupción en las Almas". Se trataba de una región en que no había católicos y donde parecía debía esperarse la existencia de fanatismo. Sin embargo, vean el éxito tan extraordinario del proyecto de Peregrinatio pro Christo y cómo surgió luego la necesidad del mismo por todos los sitios.
¿Sería posible iniciar una reorganización radical de la Legión de María por todo América -y por otras partes- con el pretexto de dejar de momento el trabajo de capellanía, los trabajos caseros, para dedicarse a los de fuera de la Iglesia? Una maniobra tal no se mostraría tan dramática como a primera vista parece, por las siguientes razones: En primer lugar una parte de los católicos que apostatan o son negligentes, lo hacen porque no ven en la Iglesia algo que de verdad valga la pena. Una campaña radiante de fe y entusiasmo encendería seguramente sus ánimos de manera provechosa. En segundo lugar, esa misma campaña estimularía a la acción a los católicos ordinarios que son buenos, que practican, pero que no hacen nada más. Depondrían su inercia y se pondrían a colaborar.
En otras palabras, una campaña así seria psicológicamente ardua al par que de todo punto necesaria. Supondría que habríamos prestado oídos al mandato final de nuestro Señor: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará." Esta orden perentoria la vemos facilitada al comprobar que María es la madre de todas las almas, según proclama el concilio. El mismo nombre "Legión de María" sería irreal si los legionarios no se empeñasen en introducir a María en sus hijos.
Pregunto, por tanto, de nuevo: si esa idea de dedicarnos intensivamente a la conversión, al menos durante un período, se tuviese que llevar a cabo, ¿cómo sería recibida por la Legión en el mundo entero?
Yo creo que una buena parte de los legionarios o estarían deseosos de hacerlo o podrían ser impulsados a ello por los que los dirigen. Pero temo que sería más difícil convencer a los sacerdotes. Opino que muchos de ellos responderían con la antigua y respetable fórmula ya citada: Haz lo uno sin olvidarte de lo otro. Y yo he argumentado antes que, en la práctica, esto significa que se seguirá haciendo el trabajo más fácil y se continuará desatendiendo o arrinconando la importantísima tarea de la conversión.
Todos advertirán, sin duda, que yo sólo estoy haciendo especulaciones. No estoy invitando a modificar la situación existente en que la Legión está bajo estricta dependencia de la autoridad eclesiástica. Pienso que debe mantenerla y que, en cuanto tal, forma parte de su peculiar carácter. Lo único que pretende es tratar de analizar la situación vital. Y ahora voy a seguir dándole a esta situación una finalidad más amplia que la de "dedicarse o no dedicarse a la conversión". Quiero relacionarla con la misma existencia de la Legión.
La Legión ha estado siempre insistiendo en ser dirigida por el sacerdote en su apostolado. Uno de nuestros lemas ha sido el de que el sacerdote debe tener colaboradores asociados que le presten obediencia y deferencia. Otra de las máximas que tenemos muy en alto es la de que el Cuerpo Místico debe trabajar como un todo unitario; que en él ha de haber siempre la debida subordinación y respeto mutuo. Estos son los principios en los que está fundada la Legión, y la cosecha promete ser grande si los llevamos a la práctica. Hay ejemplos que justifican este aserto.
Quizá pueda decirse que los legionarios están generalmente dispuestos a cumplir con su parte de colaboración. Pues la Legión se les presenta desde el principio como una organización de ese tipo, es decir, Colaboradora. Al entrar a formar parte de ella como miembros, ellos se acomodan a sus principios y los ponen en práctica con mucha regularidad; cualidad admirable, si se piensa que la naturaleza humana es indócil y está dando muestras alarmantes de insubordinación religiosa.
Una autoridad muy respetable ha advertido que en la devoción legionaria a María se halla la explicación de esa obediencia fácil de los miembros de la Legión. María, correspondiendo a su piedad, les imparte ese elemento esencial de la auténtica obediencia religiosa. Ciertamente la Legión no está fallando en este aspecto.
Pero, a veces, se encuentran ciertas deficiencias en la idea que tienen de la Legión algunos de los que están por encima de ella. La oferta legionaria no se ve correspondida. Se olvidan de aquella recomendación bíblica según la cual la cabeza no ha de decir a los miembros: "¡No os necesito para nada!" (1 Cor. 12, 21). Un obispo no quiere aceptar la Legión aunque se la recomiende el Papa. Párrocos hay que la rechazan a pesar de que sus obispos la desean. Y hay coadjutores que, en este sentido, no hacen caso de sus párrocos.
De ese modo se ridiculizan las solemnes instrucciones de las secciones 21 y 22 del Decreto sobre el apostolado seglar, y la Legión es excluida de grandes áreas de la viña del Señor, con la consiguiente pérdida para las almas de lo que la Legión automáticamente les da. Además significa que en esos lugares, al ser excluida la fuerza opositora legionaria, tendrán más campo abierto el comunismo, el ateísmo y todos los demás "ismos" mortíferos. Lo cual ocasiona una situación odiosa, y, consecuentemente, implica un apoyo real y efectivo a las organizaciones del mal.
Este sería un caso malo. Ordinariamente las cosas serán mejor que eso. Se admite a la Legión y luego se le da un trato inconsiderado que la estropea. Esto sucede a gran escala. Y es tan manifiestamente contrario al deseo expreso de la Iglesia, tal como fue manifestado por el concilio Vaticano II, que a uno le maravilla hasta qué punto esos que no lo cumplen se consideran a sí mismos unidos a la autoridad católica.
¿Es posible que fuese esta actitud, renuente por parte de un sector de las autoridades católicas la que motivó el que el concilio diese mayor libertad a las asociaciones laicas? El párrafo 20 del Decreto sobre el apostolado seglar parece hacer depender ese apostolado directamente de la jerarquía, y emplea una frase peculiar y que se presta a tergiversación. Dice que el laicado ha de cooperar con la jerarquía de acuerdo a su propia condición. Debo decir que esto me parece bastante misterioso, pues el apostolado de los fieles ha de estar totalmente bajo el control de los obispos.
Este aspecto, sin embargo, es académico en cuanto a la Legión de María se refiere, ya que ésta no busca de librarse de la supervisión episcopal ni sacerdotal. La Legión está satisfecha con la posición que le asignan sus propias normas. En este sentido, la Legión tiene en mente dos cosas que en la práctica quizá se superpongan: En primer lugar, conservarse unida al cuerpo de la Iglesia y a los canales ordinarios de la autoridad de ese cuerpo. En segundo lugar, el principio legionario según el cual el sacerdote es el "Cristo local", el "vicario de Cristo", el representante inmediato de la cabeza del Cuerpo Místico. Al definir sus perspectivas, la Legión ha puesto gran énfasis en este principio que ella considera íntimamente ligado a su misma esencia.
Pero con relación a esto se presenta un problema delicado. Es el caso del sacerdote que se opone a la Legión o que no le puede ayudar. Esto puede significar, en circunstancias ordinarias, que a la Legión no se le permite existir y que no será sustituida adecuadamente por otro sistema de apostolado. Efectivamente, algunas de las organizaciones que podrían venir a ocupar el lugar de la Legión tendrían en si muy poca espiritualidad y se ocuparían únicamente de asuntos materiales. Ese lugar se ve privado de lo que el trabajo legionario podría hacer por él.
Estoy seguro que muchísimos se sorprenderán al enterarse de que tal es la situación respecto a un 50% de las parroquias de Irlanda. Le cierran las puertas a la Legión, alegando que no la necesitan.
¿Hasta qué punto es esta proporción irlandesa típica para toda la Iglesia? He de decir que en el continente europeo la situación todavía es mucho peor. Resulta difícil encontrar un sacerdote que quiera interesarse en la Legión. ¿Mejorarán las cosas, a este respecto, en el futuro? No es fácil decirlo. Lo siguiente les dará una indicación de lo contrario.
Douglas Hyde me dijo en cierta ocasión que el había dado una serie de conferencias a 140 seminaristas en Londres. Todos se oponían a la Legión. Como razón alegaban que ya no es cosa de nuestros tiempos. Pero esa idea de falta de modernidad es ingenua si se aplica a una de las organizaciones más activas de la Iglesia, que sirvió de modelo a la hora de hacer decretos en el concilio Vaticano II; que actualmente esta establecida ya en 1,832 diócesis o jurisdicciones eclesiásticas similares y en la que más que en ninguna otra organización reparó el párrafo 21 del Decreto sobre el apostolado seglar.
Estos ejemplos de la aversión que tantos sacerdotes sienten a alinearse en las filas de la Legión no son por cierto, alentadores, si se piensa en el futuro. Señalan más hacia una noche oscura que hacia una aurora.
Puede incluso haber casos peores que los arriba mencionados, cuando, por ejemplo, un sacerdote nuevo no quiere trabajar con secciones de la Legión en buen funcionamiento. Presentemos uno de los peores casos. Un sacerdote trabajador que ha hecho todos los posibles por promocionar y promocionarse. El creía con todo su corazón en la Legión y por todos los sitios iba fundando praesidia que realizaban la doble tarea de despertar espíritu en sus miembros y de proporcionar importantes resultados apostólicos. Si tan sólo unos pocos sacerdotes imitasen y siguiesen este proceso de desarrollo, en poco tiempo se transformaría una diócesis entera. Pero, en realidad, lo que ha ocurrido es que los sucesores de este diligente sacerdote, ya desde su llegada, no quisieron continuar el trabajo iniciado en las diversas secciones de la Legión. Naturalmente la Legión no tiene leyes para obligar a nadie.
La consideración de estos casos nos ha llevado a pensar que, cuando no se puede tener a mano un sacerdote como director espiritual, el obispo debería asumir personalmente esta función. Es evidente que un obispo no podrá estar presente en todas las reuniones, pero podrá hacerlo ocasionalmente. En casos así, será deber del praesidium mantener contacto con él, ponerle al corriente de sus trabajos y pedir su consejo.
Prácticamente ya ocurre algo de esto en tierra de misión y en lugares donde escasean los sacerdotes y los territorios a atender son excesivamente extensos. Hay muchísimos casos en que un sacerdote tiene gran numero de praesidia: sesenta, ochenta o cien. El los va recorriendo uno a uno, y el sistema resulta admirablemente. Esto manifiesta hasta dónde alcanzan o pueden alcanzar los legionarios en su trabajo, y da una idea del número de posibles conversiones.
Recientemente se nos refería un caso de un catequista (en Kapanga, en el Congo) que fue enviado hace unos años a un territorio aún no evangelizado. Como era un legionario experimentado, en seguida reunió grupos en clases y los preparó en las doctrinas de la Iglesia. Les habló del apostolado de tal forma que casi automáticamente, a la vez que cristianos, se hicieron también legionarios. A través de ellos, dio tanto impulso al proceso de conversiones, que pronto pudo establecerse un misionero. Actualmente hay en esa área 100 praesidia que trabajan en la conversión de toda la región.
En Canadá un obispo, en una región afectada por el problema sacerdotal, se ha manifestado partidario de la idea de hacer depender todos los praesidia directamente de él mismo, permitiéndoles existir independientemente de la entrada o abandono de los sacerdotes y de la actitud de éstos respecto a la Legión. Lo cual, naturalmente, puede ser halagüeño para la Legión y la puede capacitar en la continuación de su trabajo. Esta medida tomada por el obispo no suplanta la norma habitual referente al director espiritual. Si se puede tener un sacerdote como director espiritual, en ese caso, lo hará como asistente del obispo.
¿No podría aplicarse esta idea a todos los casos en que resulte difícil asignar un sacerdote como director espiritual a un praesidium, o cuando no haya a disposición una hermana o un hermano religioso?
Con demasiada frecuencia se supone que los laicos no llevarán adelante el trabajo apostólico si no tienen al lado un sacerdote que los estimule. A veces esto se toma sin más como verdad, e impide el realizar esfuerzos en orden a crear un praesidium. Lo cual implica, claro está, una postura equivocada y defectuosa; según eso, el pueblo no se responsabilizaría de las necesidades que le rodean, con el consiguiente efecto desastroso, ya que no hay -ni habrá nunca- sacerdotes suficientes para cubrir las necesidades de la Iglesia Católica. Se adelantará bien poco si los avances están condicionados por el número de sacerdotes. En la actualidad, la proporción de los católicos con la población mundial está decreciendo constantemente. Y como católico significa universal, resulta poco consolador considerar que cada vez nos estamos haciendo menos universales. Por eso hay que encontrar un remedio: movilizar al laicado. El quedarse tranquilamente observando el desarrollo negativo de la crisis equivaldría a adoptar una postura parecida a la del emperador Nerón, que, mientras se quemaba Roma, se puso a cantar al son de la lira y a contemplar el incendio desde una alta torre.
Evidentemente que, si se solucionase esta escasez de sacerdotes, la Legión se duplicaría en el mundo. Sería algo realmente sorprendente lo que esto supondría para el aumento de espiritualidad entre los católicos y el número de conversiones que se conseguiría. Sin embargo, si los sacerdotes no aumentan en número, sino todo lo contrario, ¿no podría aplicarse, donde convenga, la fórmula propuesta?
Esta fórmula, como ya queda dicho, consiste en que, cuando no pueda conseguirse un sacerdote como director espiritual, entonces revista ese cargo el obispo.
Esto no supondría violación del principio legionario, No se prescinde de ningún eslabón de la cadena, en lo que respecta a la autoridad. Al hablar así, pienso que por ningún caso debe faltar el lazo de unión con la jerarquía de la Iglesia. Únicamente trato de sugerir que lo conveniente es unir los extremos rotos (por falta de sacerdotes), para que el conjunto del mecanismo de la Legión pueda continuar impulsando espiritualmente aquellos sectores privados de las debidas conexiones.
En tales casos, la Legión encontraría en el obispo su inmediata incorporación al Cuerpo Místico y quedaría sometida y asociada a Cristo, la Cabeza.
Lo que con esto quiero decir es que de lo que aquí se trata es de hacer llegar a cumplimiento lo que el concilio Vaticano II propone. Y no me refiero sólo, repito, al Decreto sobre el apostolado seglar, sino a todos los decretos del concilio. Pues todo lo que allí se establece es, a fin de cuentas, para el Pueblo de Dios, y va dirigido no sólo para el bien y mejoramiento de ese número decreciente de católicos, sino para la conversión de todos los hombres.