YO CONOCÍ A EDEL QUINN
Por una cartuja irlandesa
Nihil obstat: Cornelius Sayers, C.C. Censor Theol. Deput.
Imprimi potest: + Ioannes Carolus, Archiep. Dublinen Hiberniae Primas
Dublin, dies 3º Junii anno. 1969.
(Una publicación de la Catholic Truth Society of Ireland)
(Traducción al castellano por Greti Sorkau, 24/04/91)
PRESENTACIÓN
A LA EDICIÓN ESPAÑOLA
Sobre
Edel Quinn se ha escrito mucho, y se ha de escribir mucho más. Su vida
prodigiosa de "heroína del apostolado", sembrando
incansablemente la semilla del mensaje evangélico durante ocho años en
inmensas regiones de África, con su cuerpo condenado a muerte y agotado
por la enfermedad, y sin
embargo alegre y animosa... Esta joven irlandesa de nuestro siglo, ya en
firme paso hacia los altares, ha de ser fuente inagotable de
inspiración.
Pero
unas páginas como las de este folleto no se van a volver a escribir jamás.
He aquí a esta "santa" descrita con los pinceles humanos del
conocimiento directo, amigo, intimo. He aquí a la Edel juvenil, la de
antes de la increíble hazaña africana. He aquí a una Edel imitable
para todos, encantadoramente imitable. Su amor radical y tierno a sus
padres, a sus hermanos. Su eficacia corno secretaria en la oficina de
una empresa. Su fidelidad expansiva en la amistad. Detalles preciosos de
su temperamento, de sus modos de pensar y de obrar, de su vida
ordinaria: su gusto por vestir bien, a la moda: su afición al baile, a
la música, al deporte; la que se entretenía jugando con un gato...
Sobre todo, la siempre alegre, la juvenilmente alegre, la afectuosa e irónicamente
alegre...
Y
todo ese atractivo, al servicio de una profunda vida interior y de una
generosa entrega apostólica en la Legión de María.
Sí,
he aquí a esta joven Edel imitable para todos: imitable porque, con su
simpatía, arrastra a ser como ella; imitable, porque es una joven
normal que puede ser "copiada" por cualquiera; imitable,
porque debe ser imitada por todo aquel que quiera darle de verdad alegría
y sentido a su vida.
Nos
la presenta así, como era, una que la trató aquellos años como amiga,
y que ya no ha podido olvidarla jamás. Es lo que deseo a cuantos la
conozcan en estas sugestivas, vitales, impulsadoras páginas.
La
versión castellana, hecha por un nombre y apellido tan poco españoles
como Greti Sorkau, está excepcionalmente bien hecha.
Daniel Elcid, ofm.
¿QUIEN
FUE EDEL QUINN?
Aquí vemos a Edel Quinn a través de los ojos de una amiga, una monja contemplativa, quien la conoció siendo compañera suya en la Legión de María.
Edel
nació en Kanturk, Condado de Cork, el 14 de Septiembre de 1907. Una
grave enfermedad le impidió el ingreso en un Convento de
contemplativas; pero a los 20 años había entrado en la Legión de
María, en Dublín y se entregó completamente apostolado legionario. En
1932, gravemente enferma, pasó una larga temporada en el hospital, pero
decidió volver a emprender el trabajo legionario.
En
1936, file nombrada Enviada de la Legión de Maria para establecer la organización
en África Central y Oriental. Trabajando sola, luchando contra
grandes obstáculos, y con su mala salud, que la dejaba exhausta,
estableció la Legión sobre una base duradera, incluso hasta un lugar
tan lejano como la Isla de San Mauricio, en el Océano Indico. Movilizó
a millares de africanos en el servicio de la Iglesia, y estableció
firmemente centenares de ramas legionarias y múltiples Consejos.
"¡Qué
confianza ilimitada deberíamos tener en el amor de Dios!",
anotó ella. "Nunca podremos amar demasiado; entreguémonos al máximo
y no calculemos el coste".
Después
de ocho años de heroico trabajo, Edel falleció en Nairobi el 12 de
Mayo de 1944.
El Proceso Diocesano, primer paso hacia su beatificación fue iniciado por el Arzobispo de Nairobi.
Yo
fui una de las que tuvieron el privilegio de contar con la amistad de
Edel Quinn. No afirmo haber sido su amiga más íntima; pero, para mí
ella fue mi amiga más íntima, y considero esto una de las mayores
gracias de mi vida.
Es
a la Legión de María a la que debo la dicha de haber conocido a Edel.
Nos encontramos en el praesidium de Nuestra Señora de las Victorias, al
que fui presentada por Mona Tierney, la misma amiga que había traído a
Edel a la Legión.
Aproximadamente
en el año 1930-31 entré en la Legión. Yo estaba sentada al lado de
Edel en las reuniones de praesidium, pero nunca nos asignaron como compañeras
de trabajo. Desde el primer momento estuve convencida de que había
entrado en contacto con un alma escogida.
Lo
primero que me llamó la atención fue el brillo nada común de sus ojos
y el encanto maravilloso de sus sonrisa. Ella iba siempre bien vestida,
con exquisito gusto y de acuerdo con la moda. Podía contarse entre las
modernas de su tiempo, pero no era ultra-moderna; evitaba por ejemplo, el
uso de pintalabios. Sus vestidos estaban de acuerdo con las normas de
modestia, pero sin ñoñería.
Edel
tenía una personalidad muy atractiva. Su actitud y manera general te
daba la impresión de una gran cordialidad. Su saludo, en ocasión de un
encuentro casual, siempre era desbordante de afecto. Un apretón de
manos dado de todo corazón y un saludo cordialidad: ¿Cómo estás?, o
"¡Qué agradable sorpresa!"
Uno sentía a su lado una conciencia de estar viviendo en la Divina presencia. Ella no hablaba de ello; sin embargo, su personalidad irradiaba una atmósfera de recogimiento. Edel era una personificación de la alegría, del buen humor. Era éste uno de los aspectos más extraordinarios de toda su conducta: con total naturalidad, y aparentemente con perfecta facilidad, Edel combinaba una profunda vida interior con todos los factores del éxito social: juventud, encanto, elegancia, gran sentido del humor, inteligencia brillante, talento para la música y habilidad para los deportes, tales como tenis, baile y golf; todo lo cual a ella le gustaba, pero lo dejó para entregarse mas de lleno al apostolado de la Legión.
Un
domingo por la mañana, en enero de 1932, nos encontramos Edel y yo en
el parque Stephen's Green, de Dublín. Ella se dirigía hacia
"Santa María", el Hostal de la Legión para las chicas de la
calle.
En
respuesta a su jovial saludo, le reproché no haberme comunicado la
noticia, que acababa de oír por otro lado, de que iba a entrar en un
convento. Se disculpó, diciéndome que quería estar segura de su
entrada antes de dejar que circulara la noticia. Me comunicó entonces
que iba a entrar en las Pobres Clarisas de la Observancia Coletina, en
Belfast, y que su entrada había quedado fijada para el mes de abril.
¡Que
sorpresa, pues, cuando oí un par de semanas más tarde que Edel se había
puesto enferma y había ingresado en un sanatorio!
Hasta
entonces mis relaciones con ella eran simplemente amistosas, de un forma
ordinaria, general. Fue durante su estancia en el sanatorio cuando
llegamos a ser íntimas amigas. Inmediatamente después de que ella
fuera allí, oí muchos comentarios que despertaron en mí un interés más
profundo. Aquellas amigas que la conocían mejor que yo, hablaban de una
manera que me sorprendió: "No es de extrañar que se enfermara con
la vida que llevaba, ayunando a menudo, saltándose
las comidas, absteniéndose de leche, mantequilla y carne... "
Esas
observaciones me decidieron a intentar penetrar más profundamente en el
comportamiento de Edel. Estaba convencida de su superioridad espiritual,
aunque era un año más joven que yo. (Cuando nos conocimos teníamos
aproximadamente 23 y 24 años respectivamente). Por aquel entonces yo
estaba pensando hacerme monja, aunque diversos obstáculos me lo impidieron
entonces. Le escribí a Edel diciéndoselo y pidiéndole me ayudara en
mi vida espiritual, dándome consejos sobre cómo adelantar.
Edel
rehusó actuar en esa calidad; simplemente me sugirió algunos libros
que debería leer. La visité en el sanatorio, primero con Mona Tierney;
pero luego le escribí pidiéndole que fijara un día en el cual pudiera
verla sin otros visitantes. Así lo hizo, y aquella visita fue el inicio
de nuestra verdadera amistad.
Haciendo
bromas sobre su enfermedad
Descubrimos
que teníamos el mismo confesor, pero ni a ella ni a mí nos iba bien.
Era un sacerdote muy celoso, pero recargado de trabajo, y no podíamos
recibir de él la dirección espiritual que necesitábamos. Estoy segura
de que el fallo estaba de nuestra parte. Ambas éramos más bien tímidas,
y no lográbamos darle a conocer nuestras necesidades y dificultades.
Sea como sea, empezamos a rezar por un nuevo director, y no pasó mucho
tiempo sin que lo encontráramos.
Fui
varias veces a ver a Edel en el sanatorio. Su conversación revelaba un
profundo espíritu sobrenatural. Ella vivía evidentemente en un estado
de constante abandono a la voluntad divina, haciendo de su
cumplimiento sus delicias. Ella hacía bromas sobre su enfermedad,
aunque significaba la "desintegración" de su vida y de todos
sus planes para el futuro.
En
el sanatorio todas las ventanas y puertas permanecían abiertas, aun
cuando soplaba un viento helado. La cara y las manos de Edel estaban
azules de frío, pero se mostraba siempre radiante y llena de alegría,
como si estuviera pasando unas encantadoras vacaciones. En la medida de
lo posible evitaba cualquier alusión al estado de su salud, y nunca se
quejó de su salud, ni de nadie, ni de nada.
De
hecho no recuerdo haberla oído nunca, durante todo el tiempo que la
conocí, emplear una expresión tal como: "sufro" o "he
estado enferma". Me dijo una vez que ella había nacido el día de
la Exaltación de la Santa Cruz, y añadió, riendo: "Es el día de
mi fiesta". Comprobé claramente que la Cruz era su
"lote" en esta vida, de muchas maneras. La llevaba con valentía,
aunque estaba muy lejos de ser insensible. Pude ver que muchas cosas le
hacían sufrir, aunque no lo nombrara. A veces algo profundo en sus ojos
delataba un dolor oculto, a pesar de su brillo.
Cada vez que fui a ver a Edel en el sanatorio, la encontré con los mismo ánimos, rebosando buen humor e irradiando alegría a su alrededor. Normalmente era el centro de un grupo de pacientes, y tocaba a veces el piano para entretenerles.
Edel
tuvo cuidado en mantener las normas de la institución mientras estuvo
allí. Recuerdo que, cuando salía conmigo a dar un paseo por los
jardines, tenía mucho cuidado en no permanecer fuera más del tiempo
que le habían concedido para el paseo. Pero cuando vió que no servía
de nada permanecer en el sanatorio, ya que su salud no mejoraba, pidió
a una amiga que la llevara a casa. No veía qué sentido tenía pedir a
su familia, que no estaba en muy buena situación económica, que
continuara pagando por ella en tales circunstancias.
Durante
algún tiempo, después de su regreso a casa, Edel continuó llevando
una vida de enferma, pero no por mucho tiempo. Viendo cuán inútiles
resultaban todos los tratamientos, y convencida de que no iban a
curarle, se decidió a abandonarlos y dedicar lo que le quedaba de
vida en la tierra a alguna actividad provechosa. Muy pronto encontró
un empleo de secretaria en las oficinas de Ingeniería de Callow, y
volvió a ser miembro activo en un praesidium de la Legión de María.
Su
familia y amigo\ intentaron frenar su celo; pero Edel rechazaba con una
sonrisa todos los consejos de prudencia. Tenía la virtud de vencer, con
una lógica sencilla y fuerte, que desarmaba todas las interferencias
bien intencionadas. Cuando yo le reproché que llevara una vida normal
en sus condiciones físicas, diciéndole que me parecía realmente mal,
me contestó que ella había razonado consigo misma. Después de haber
dado a los doctores una buena oportunidad para que intentaran curarla, y
viendo que ellos no podían hacer nada para mejorar su situación, había
llegado a la conclusión de que era libre de abandonarles y organizar su
vida como ella creía era mejor. Es posible que las necesidades de su
familia pesaran también en su decisión.
Me
dijo que se tomaba un día de descanso cuando tenía una hemorragia de
los pulmones; pero, fuera de esto, no hacía nada especial por su salud.
Su vida durante ese período fue mas bien austera para una enferma. No
permitía que la enfermedad fuera un obstáculo en la busca de una más
íntima unión con Dios. Aprovechaba la relativa libertad del control
paterno que le aseguraba su trabajo, para practicar cualquier
mortificación que le permitían las circunstancias.
Cuando
compartía la comida familiar, comía lo que le ponían delante, aunque
resultaba un poco difícil hacerle comer carne. Nunca la pedía en un
restaurante u hotel, cuando comía fuera de casa. Me dijo que encontraba
la carne realmente repugnante. Cuando le dije, antes de mi entrada en el
Convento, que nuestra regla prohibía absolutamente la carne, exclamó:
"¡Qué suerte!"
El
director espiritual de Edel intervino para moderar su austeridad. Ella
entonces comía carne, porque él le dijo que lo hiciera. Era muy frugal
en todo. Muchas veces tomamos
Una
vez, el Sábado Santo, ella estaba pasando la tarde en mi casa, y le
ofrecí unos dulces. Tomó algunos, pero me preguntó por qué se los
ofrecía. (Comer dulces en Cuaresma era considerado permitirse un
exceso..). Yo le respondí que, puesto que la Cuaresma terminaba a
medianoche el Sábado Santo, yo creía que, conforme al espíritu de la
Iglesia, debíamos cesar al mismo tiempo las privaciones de la Cuaresma.
Edel se rió de mi salida, pero parece que no encontró válido mi
razonamiento.
Desde
el principio de mi amistad con Edel, yo tenía la costumbre de abrirle
mi alma y discutir con ella todos los pequeños problemas de mi vida
interior. Yo lo hacía porque encontraba su conversación muy provechosa
en estos asuntos. Era
En
estas conversaciones, ella expresaba libremente sus opiniones, y me daba
a conocer sus preferencias en el tema doctrinal; pero nunca me dijo nada
sobre su propia vida espiritual. Hice algún esfuerzo ocasional para
conocer algo de vida de oración y de unión con Dios, pero sólo me
dio una respuesta vaga, como diciendo que no había nada que decir.
Desde luego se refería a que no había nada que ella quisiera decir.
Se
encontraba claramente tan "en casa" discutiendo los profundos
misterios de la Fe, que yo tenía la seguridad de que ella tenía algún
conocimiento experimental de ellos. Así, aunque no puedo recordar sus
palabras exactas en aquellas discusiones, sí que recuerdo sus temas
principales.
Ella
hablaba con mucha frecuencia sobre la inhabitación de la Santísima Trinidad en el
alma quizás habiendo sido conducida a ella por
las enseñanzas y predicación del carmelita que había sido antes su
confesor. El nos había encomendado algún librito que ambas leíamos y
volvíamos a leer con gran provecho: "Uno con Jesús", de De
Jaegher, y "De la Sgda. Comunión a la Stma. Trinidad", de
Bernadot; pero también las obras del P. Plus: "Dios dentro de
nosotros, en Cristo Jesús", y "Cristo en Sus Hermanos".
Luego
encontramos otros libros de igual interés: las obras de Don Marmión y
de San Juan de la Cruz, y "La Verdadera Devoción" y "El
Secreto de María", de S. Lis María Grignón de Montfort.
Estos, desde luego, eran el "pan nuestro de cada día" de los
legionarios. La Vida y otros escritos de Sta. Teresita eran también
nuestros favoritos. De hecho, el libro titulado "El espíritu de
Sta. Teresa" llegó a ser una de las obras más queridas de Edel.
Lo tenía en francés y evidentemente se aplicó a vivir constantemente
de acuerdo con sus enseñanzas.
Otros
de sus autores favoritos fueron Juliana de Norwich, Elisabeth Leseur,
Sor Elizabeth de la Trinidad y Consummata. ElIa leía también obras de
Vonier y un "Tratado de Vida Espiritual", de Tanquerey, y
otros muchos, de los que no puedo dar una lista completa; y, desde
luego, el Nuevo Testamento y la imitación de Cristo, que eran los más
leídos. Intenté hacerle leer "El Castillo Interior" de Sta.
Teresa, pero rehusó ir más allá de los primeros cuatro capítulos,
diciendo que consideraba una pérdida de tiempo leer sobre gracias
extraordinarias, de las que ella no tenía experiencia personal.
Edel
estaba profundamente interesada en la forma de concebir la Divina
Presencia. Ella se daba cuenta de cuán lejos de la realidad estaban
todas las imágenes y términos figurativos para expresar analogías
entre Dios y las criaturas; por ejemplo, el ofrecer un triángulo como símbolo
de la Stma. Trinidad. En forma similar, todas las figuras utilizadas con
ilustraciones de las realidades puramente espirituales parecían
distraerla más que ayudarla.
Las
dos citas del Nuevo Testamento que acudían a nuestras mentes eran las
siguientes: "Dios es Amor" (1 Jn. 4,16) y "En El
vivimos, nos movemos y existimos" (Hch. 17,28) Cuando encontrábamos
algún escrito u oíamos algún sermón que nos servían para hacernos más
comprensibles las verdades sobre Dios, o que expresaban aquellas
verdades en términos que correspondían a nuestra propias ideas sobre
temas espirituales, estábamos encantadas; y si sólo una de nosotras
hacía el descubrimiento, lo compartía rápidamente con la otra.
Recuerdo cómo se iluminaba el rostro de Edel, y su exclamación de
placer, cuando yo le hacía cualquier comunicación de este tipo.
Esta
idea del Padre como Dios conociéndose a sí mismo, del Hijo como Dios
conocido por El, y del Espíritu Santo como el Amor Infinito que es
Dios, en el que el Padre y el Hijo son Uno en maravillosa unidad, era
una fuente de constante alegría. Hay un refrán que dice: "todo el
mundo ama al que ama". ¿Qué hombre en los tiempos modernos ha
sido más amado que el Papa Juan? El se conquistó todo el mundo,
simplemente por el poder de su amor. ¿Por qué entonces la gente no ama
a Dios? Simplemente porque no se dan cuenta de que Dios es Amor Si la
gente solamente conociera mejor lo que Dios es y lo que no es, no podrían
dejar de amarle.
Edel
y yo acostumbrábamos a hablar mucho sobre esto. Ella veía bien claro
que todo el amor que hay en el mundo, toda la bondad y amabilidad de la
gente, los sentimientos más nobles del corazón humano, desde la
entrega total sublime y heroica de las madres que se olvidan de sí
mismas, a la igualmente entrega heroica y sacrificada de los misioneros,
en una palabra, todo lo que puede conocerse en el mundo de amor
generoso, existe meramente porque Dios lo ha puesto allí. Lo ha puesto
allí como una débil parpadeante llama que refleja el fuego insondable
del amor que El mismo es. En su infinito abismo de Amor, nosotros y
todas las criaturas vivimos, nos movemos y tenemos nuestra existencia.
Esta era la fuente de la inagotable alegría de Edel.
Para
Edel todo el mundo parecía estar vibrando con la presencia de Dios. ¡Cuán
ciertas son esas palabras dichas cada día en la Misa: "El Cielo y
la Tierra están llenos de Tu gloria"!. El comprobar esta
maravillosa realidad daba a Edel la fortaleza casi sobrehumana de alma
que todos admiraron en ella, la sonrisa radiante que iluminaba su
rostro, y el calor de amor que ella volcaba en cada una de las personas
a quienes conocía. La semilla de la Palabra que la alimentaba había caído
en buena tierra, y por eso producía el ciento por uno, del que habla la
parábola evangélica. Dios era su amigo más íntimo la Vida de su
alma, la Alegría de su corazón, la Luz de su mente.
Como
un ejemplo de la materia de nuestras conversaciones, doy aquí dos citas
que a ella le gustaban mucho, porque expresan algo de lo que ella sentía
que era verdad sobre la unión con Dios, en un lenguaje despojado de metáforas.
La primera es de 5. Gregorio. No puedo decir nada más sobre ello. Lo
copié en una libreta en aquel entonces; posiblemente la habría
S.
Gregorio dice: "La mente debe liberarse de todas las percepciones
del sentido y de todas las imágenes de cosas corporales y espirituales,
de forma que pueda hallar y considerar-se a sí misma como es en sí
misma -es decir, en esencia-, y luego, por medio de la comprobación de
sí mismo, así vaciada de todo, se eleva a la contemplación de
Dios".
Este
acto nos parecía el primer paso hacia una percepción de la divina
presencia, y una comprensión de seres puramente espirituales, y de su
forma de estar presente. El alma humana es realmente la mejor
"imagen" de Dios que existe en la tierra, y, por la percepción
de su propia naturaleza espiritual, puede elevarse a la contemplación
de la divina Esencia, comprendiendo desde luego que hay una distancia
infinita entre ambas.
La
segunda cita es de la obra de Blosius titulada "Instrucciones
Espirituales". Fue asimismo copiada de un artículo en una revista,
y constituyó tema de conversación entre nosotras.
Blosius
escribe: "Pocos conocen la suprema inclinación, el ápice del espíritu
y la oculta profundidad del alma. En verdad, no puedes persuadir a la
mayoría de la gente de que esta profundidad existe en nosotros. Porque
es más íntimo y más elevado que las tres potencias del alma, pues es
la fuente de estas potencias. Es completamente simple, esencial y
uniforme. Pues en ella no hay multiplicidad sino unidad, y esas tres
potencias son una. Aquí está el más elevado reposo, el más elevado
silencio, ya que ninguna imagen puede llegar aquí".
"Por
esta profundidad (en la que está oculta la divina Imagen) somos
semejantes a Dios. La misma profundidad... es llamada el cielo del espíritu,
pues en ella está el Reino de Dios... Pero el Reino de Dios es Dios
mismo con todas sus riquezas. Por eso esta profundidad desnuda y sin
imagen... trasciende lugar y tiempo, permaneciendo en una perpetua
adhesión a Dios como su Inicio... Es la sima del alma y su esencia más
íntima. Esta profundidad, que la Luz increada ilumina continuamente,
cuando está abierta al hombre y empieza a lucir para él, le afecta y
atrae maravillosamente".
Edel
comprendía también de una forma muy espiritual el misterio de la Sta.
Eucaristía y del Sacrificio de la Misa. Nuestro Señor como la Palabra
encarnada, era para ella el centro de toda realidad en la tierra. Ella
entendía que en la Sagrada Humanidad, Dios se estaba manifestando de
una forma visible, tangible para nosotros; pobres criaturas. Como
dijo Jesús: "Quien me ve a mí, ve al Padre": En su Sagrada
Humanidad, el Hijo enseñó en un lenguaje humano todas las verdades
necesarias, y nos mostró, por medio de su ejemplo, cómo ser perfectos
como nuestro Padre Celestial es perfecto.
Entonces,
por medio de su supremo sacrificio en la Cruz, ganó para nosotros el
derecho a llegar a ser partícipes de su propia condición de Hijo. Los
hechos históricos de Su vida pertenecieron hasta cierto punto al tiempo
en que ocurrieron, pero los actos realizados por Jesús pertenecían a
la segunda Divina Persona y, como tales, estaban fuera del tiempo. Jesús,
al instituir la Sagrada Eucaristía, hizo de esta verdad una realidad
vital para nosotros. Por medio del Sacrificio sacramental de la Misa, el
espacio y cl tiempo ya no son obstáculos.
La
gran y tremenda realidad de la Muerte en la Cruz del Hijo de Dios se
hace presente hasta el fin de los tiempos. Cuando asistimos a Misa, la
Sustancia espiritual íntima del Único gran sacrificio de la Nueva Ley
está entonces presente a nuestra disposición, para ser ofrecida por
nosotros en nuestro propio nombre y en el de toda la Iglesia.
"Cuantas veces comáis
de este Pan y bebáis de este Cáliz, anunciaréis la muerte del Señor". (1 Cor
11, 26). Edel tenía viva y profunda conciencia de esta
verdad. Una vez me envió una estampita en la que Nuestro Señor, en la
Cruz, es presentado en una nube por encima de la Sagrada Hostia
mantenida en alto durante
la Elevación de la Misa; y escribió: "Esta es mi imagen favorita
de la Misa. Podría asistir todo el día a Misa" De hecho
ella se esforzaba en asistir a cuantas Misas podía.
A
Edel le gustaba mucho el libro de Dom Vonier "Una llave a la
Doctrina de la Eucaristía", porque explica admirablemente la relación
entre el sacramento y los acontecimiento, de la vida de Nuestro Señor,
cuyas gracias especiales son aplicadas a nuestras almas. El ideal de S.
Pablo: Vivo yo, mas
Su
parte en el programa consistía principalmente en el "no yo".
Intentaba morir a sí misma, para dejar que fuera Crispo quien viviera
en ella tanto como El quisiera hacerlo. Por lo que yo pude ver, ella
cumplió bien su parte. Parecía realmente muerta a sí misma, se
olvidaba totalmente de sí misma y de sus propios intereses por los de
los demás.
Una
necesaria consecuencia de esta forma de espiritualidad fue una tierna
devoción filial a la Madre de Cristo. María fue verdaderamente su Madre, a la que se volvía en cualquier dificultad, a la que se
consagraba como una esclava de amor de acuerdo con la enseñanza de S.
Luis María Grignón de Montfort. Era una de esas almas que pueden ser
descritas como marianas. La influencia de María en su alma se
manifestaba mediante un exquisito encanto y dulzura, que sólo poseen
las almas marianas. Le gustaba mucho la poesía de Sta. Teresita:
Edel
entró en la Legión de María para servir mejor a María, y por ella llevar las
almas a Cristo. Ella creyó firmemente en la poderosísima
intercesión de María -el poder invencible de una Madre
que es amada como tal con el amor infinito del mismo Hijo
de Dios. María era su modelo, cuyas virtudes y rasgos de
carácter procuraba reproducir al máximo en su vida.
Ella
creía totalmente que, como dice S. Luis María, no podemos elegir un
camino mejor para ir a Dios que el camino que El, escogió para venir a
nosotros: a través de María. Desde luego, esto no significa que no se
acercara a Dios directamente en la oración. En los pasajes precedentes
he intentado demostrar esto claramente. Ella vivía en la presencia de
Dios, y se comunicaba directamente con Jesús y con la Santísima
Trinidad; pero siempre era consciente de estar bajo el patronazgo de
Nuestra Señora. Se presentaba a sí misma como una hija de María en la
unión más íntima con Jesús, el Hijo de Maria por excelencia.
Los
medios elegidos por Edel para ayudarle a alcanzar los objetivos que
ella misma se había fijado eran los comunes a todos los católicos
fervientes: la Misa y Comunión diarias, Confesión muy frecuente,
meditación diaria, lectura
Ella
estaba todavía en el sanatorio cuando conocí al sacerdote que iba a
ser su y mi director espiritual; y fue ella quien, sin saberlo, provocó
mi encuentro con él, que eventualmente me conduciría a entrar en la
Orden religiosa a la que tengo la dicha de pertenecer. Ocurrió que otra
paciente en el sanatorio llamó la atención de Edel sobre la afirmación
en un periódico de que el Papa, entonces Pío XI, había suprimido dos
conventos de contemplativas cerca de Roma, y tenía la intención de
dirigir las actividades religiosas de las mujeres a canales más útiles
para la humanidad.
Edel
recortó este anuncio y me lo envió, y me pidió que intentara aclarar
con un sacerdote si eso correspondía a la verdad. La primera
oportunidad se me presentó muy pronto. Fui invitada como visitante a la
reunión de un praesidium que tenía como director espiritual a un
sacerdote, tres miembros de cuya familia estaban en órdenes
contemplativas: el P. Esteban Boylan. El mismo había estado en Roma
hacía poco, de forma que yo suponía que debía conocer el
pensamiento del Papi sobre las Ordenes contemplativas.
Después
de la reunión, le entregué el recorte del periódico,
Siguió
una conversación muy entusiasta, y, al final de la misma, el director
espiritual me tomó aparte, y me preguntó por qué estaba yo tan
interesada en los contemplativos. Le dije que yo tenía intención de
entrar en una orden contemplativa. Esto nos llevó a una discusión
sobre diversas órdenes contemplativas, y la consecuencia fue que yo
decidí, aunque no inmediatamente, entrar en una orden que era todavía
más exclusivamente contemplativa que la que yo había estado
considerando. ¡No creo que ésto fuera demasiado malo, como reacción a
aquella propaganda, anti-contemplativa!
Cuando,
más adelante, Edel y yo nos pusimos bajo la dirección espiritual de
este sacerdote, acostumbrábamos ir a confesarnos con él los sábados
por la tarde. Luego, con mucha frecuencia, pasábamos la tarde juntas,
en casa de Edel o en la mía, u, ocasionalmente, en algún lugar
tranquilo en los alrededores de Dublín, cerca del mar.
Ocurría
con frecuencia que, mientras íbamos paseando juntas después de la
confesión, nuestro confesor pasaba cerca nuestro con su bicicleta,
saludándonos al pasar. Un día, al pasar él, le dije a Edel: "Me
pregunto: ¿qué pensará él de que estemos tan a menudo juntas?"
Edel contestó: "No hay problema. El aprueba nuestra amistad. Se lo
he preguntado". Esto me tranquilizó, pero también me sorprendió,
pues nunca se me había ocurrido pedirle su aprobación. Me hizo
vislumbrar la delicadeza de conciencia de Edel.
En
otras ocasiones, pude ver cómo ella actuaba de acuerdo con las normas
de la perfecta prudencia y circunspección. Aunque siempre derrochaba
un buen humor lleno de simpáticas ocurrencias, y dispuesta a reir de
corazón a la más mínima provocación, era realmente seria en las
profundidades de su alma. Era profundamente consciente de la seriedad de
la vida. Esto se manifestaba en el deber, cumplido con toda
responsabilidad y a conciencia.
Dos
expresiones de las Sagradas Escrituras parecen ser aplicables a Edel: !Oh
mujer, grande es tu fe! (Mt 15,28), dicho por el Señor a la Cananea, y
aquellas palabras de S. Pablo: El
No
creo que nunca sufriera de tentaciones contra la Fe. Un día le mencioné
que una vez había tenido tentaciones de este tipo, añadiendo que
parecía un toque del Purgatorio. Edel contestó que pensaba que debería
ser como un toque de Infierno, y habló en términos tales, que yo saqué
la conclusión de que probablemente ella no tenía experiencia personal
de tales pruebas, pero su sólo pensamiento la horrorizaba.
Su
Esperanza era tan fuerte como su Fe. Se había convertido en ella en un amoroso estado de abandono en la
Voluntad y en el cuidado de nuestro
Padre Celestial. Por lo que uno podía juzgar de sus palabras y acciones,
ella vivía con Dios como un niño en la casa de su Padre.
No
puedo recordar nada concreto que ella dijera sobre el tema, excepto unas
pocas observaciones respecto a la virtud cristiana ordinaria de la
Esperanza. Ocurrió que el padre de una familia que ambas conocíamos
murió prematuramente, dejando a su esposa y familia en gran desolación.
Una de las hijas, especialmente, estaba hundida. Los parientes próximos
estaban muy preocupados por ella, y Edel me habló sobre ello en términos
de desaprobación. En tales casos -le parecía a ella- deberíamos
encontrar fuerza en la virtud de la Esperanza, para superar nuestros
sentimientos demasiado natura les; y exagerar nuestro dolor por nuestros
familiares difuntos era contrario a esta virtud.
Aunque
la vida espiritual de Edel, como la de todos los verdaderos cristianos,
estaba basada en las tres virtudes teologales, era la virtud de la
Caridad la que brillaba con mayor fulgor en todo lo que hacía y decía.
El Amor a Dios y a sus prójimos la llenaban de forma desbordante. Ella
vivía entera-mente para Dios, buscando sólo glorificarle y demostrarle
su amor por todos los medios a su alcance.
Dios
era para ella la Realidad que más le cautivaba. Acostumbraba a hablar
en términos que no dejaban lugar a dudas sobre
su amor a El, que lo abarcaba todo. Ella le veía siendo tan realmente
el Amor mismo, tan infinitamente bueno, hermoso y verdadero, tan
extremamente digno de todo amor, que sencillamente no podía dejar de
amarle con todas las fibras de su ser.
Me
resultaba claro que el don de la Sabiduría ella lo poseía en gran
abundancia, aquel don que permite a las almas "gustar y ver cuán bueno
es el Señor." Un amor tan ardiente por Dios no podía permanecer
completamente escondido, aunque Edel, por motivos de humildad, evitaba
hablar a la gente en general en cualquier forma que pudiera revelar la
llama interior.
Ella
no hablaba sobre Dios a la gente; ella les daba a Dios Su caridad
fraternal no conocía límites. En simplemente la sobreabundancia del
amor divino que llenaba su corazón y su alma. Se entregó sin reserva a
todos. Aunque naturalmente tímida, era el centro de atracción en
cualquier círculo donde llegaba a estar presente. Cada uno sentía el
irresistible encanto de su personalidad. Era la más popular de las
amistades, simplemente porque eran manifiestas su indefectible
cordialidad y simpatía. Estaba siempre a punto para ayudar a otros por
cualquier medio que estuviera en su poder. Parecía que nunca pensaba en
sí misma.
La
débil salud de Edel nunca fue un pretexto para rehusar un servicio. Al
contrario, insistía en ayudar aún cuando otros no querían que ella lo
hiciera, por temor a cansaría demasiado. Con una sonrisa encantadora y
un poder irresistible de persuasión vencía todas las resistencias bien
intencionadas. Recuerdo uno de estos ejemplos, cuando se encontró
conmigo un día yendo a una reunión de la Legión, llevando yo un
cargamento más bien pesado de manuales. A pesar mío dejé que aliviara
ella mi carga.
Buscó
siempre adaptarse a los gustos e incluso a las debilidades de los demás,
haciéndose a sí misma "toda de todos".
Cuando
se encontraba con conocidos casuales, hablaba cualquier tema que sabía
era de interés para la otra persona.
A
veces sería la última novedad en películas, o noticias deportivas, o
vestidos. Prestaba igual atención y simpatía a todas las clases y
tipos, no importándole lo pesada o aburrida qué fuera la conversación
de esta persona; parecía que para ella era muy interesante. Quizás sería
más verdad afirmar que ella la hacía interesante gracias a su
contribución personal. A ella no le importaba nada, excepto la
oportunidad de hacer el bien, dar gusto a otros y gloria a Dios. Una
conversación que le brindara tal oportunidad le resultaba interesante
por ese mismo motivo.
En
diversas ocasiones pude observar cómo ella daba lo mejor de sí misma a
toda persona con quien se encontrara. Parecía no ser consciente de
diferencias exteriores en la gente; tanto si eran ricos o pobres,
inteligentes o torpes, aburridos o encantadores, todo era lo mismo para
ella. Les saludaba y conversaba con ellos con la misma cordialidad. A
veces ocurría que el entregar ella de todo corazón su tiempo a otros,
puso a prueba mi paciencia. Por ejemplo, si nos encontrábamos con
alguien que tenía ganas de detenerse y conversar, aunque parecía no
haber nada de importancia para decir, Edel se paraba y entraba en
conversación como si no tuviera nada más que hacer, aunque quizás íbamos
contra reloj.
Una
vez me pidió que esperara un momento mientras ella visitaba a una
familia pobre. Esperé pacientemente durante los primeros diez o quince
minutos, pero, después de esto, cada momento me parecía una eternidad.
Finalmente se abrió la puerta, oí las risas y voces de la familia y de
Edel, mientras ella se despedía con tal cordialidad, que uno hubiera
creído que esa gente eran sus más íntimos familiares.
Siempre
hablaba con amabilidad de la gente en su ausencia, aunque era capaz de
hacer alguna alusión jocosa sobre alguna peculiaridad de alguien. Las
dos conocíamos a un sacerdote hacia quien sentíamos gran reverenda,
pero que tenía una costumbre que no nos gustaba mucho -por lo menos a mí
no me gustaba, y Edel lo sabía-. Acostumbraba a dirigirse a las chicas
con las que hablaba como "queridita". Sabíamos, desde luego,
que había contraído esta costumbre en el campo
Edel
tenía un profundo respeto por los sacerdotes, y no puedo recordar ninguna palabra de crítica dicha por ella
respecto
a ninguno de ellos. Su reacción espontánea procedía de un profundo
sentimiento de comprensión. Una vez, las dos estábamos hablando con un
joven sacerdote, quien nos contaba cómo le habían suspendido en un
examen. Había participado
con otros graduados universitarios en un examen que comen primer lugar;
había también otros dos buenos premios.
Este
sacerdote había dicho que estaba seguro de llevarse el primer premio,
porque conocía a los otros dos hombres que se presentaban, y sabía que
él estaba mejor preparado que ellos. También se presentaba una chica
al examen, pero ésta no le preocupaba: "¡sólo es una
chica!"... Luego, tuvo la gran desilusión y sorpresa, pues fue la
chica quien quedó en primer lugar y obtuvo el primer premio. En ese
momento, simultáneamente, Edel y yo expresamos nuestros sentimientos,
¡tan diferentes! Con una risa triunfante dije yo: "¡Le ha estado
bien empleado!"; pero Edel, con más comprensión, dijo sólo
"¡Mala suerte!".
Su
cualidad más extraordinaria era quizás su aparentemente ilimitada
energía, pletórica de ilusión y alegría. Cuando llegaba la
oportunidad, ella desplegaba una energía y una viveza desbordante en su
entrega de sí misma. Durante todo el tiempo que la conocí, nunca vi
que se mostrara cansada o moviéndose con lentitud. Al contrario,
siempre estaba ansiosa de acudir presurosa en ayuda de la gente.
Recuerdo
haber estado con ella en tina fiestecita que había organizado para
chicas jóvenes, de unos 15 años, que estaban haciendo un cursillo de
formación como niñeras en un hogar de niños. Después del té hubo
juegos, en los que ella tomó parte muy activa, corriendo, saltando o
sentándose en el suelo como si tuviera la misma edad que las chicas.
Sin embargo, por
aquel tiempo ella estaba bastante enferma; fue al poco tiempo de su
regreso del sanatorio.
En
varias ocasiones observé esta aparentemente sobreabundante energía. Un
observador casual habría pensado que se trataba de una jovencita que
gozaba de la mejor salud. Yo la admiraba, pero me sentía incapaz de
imitarla, a pesar de que yo gozaba de salud normal. Yo estaba
convencida, incluso ya entonces, de que debía estar recibiendo ayuda
extraordinaria de Dios.
He
oído que se le ha acusado posteriormente de faltar a la caridad hacia
los demás paseándose por el mundo teniendo tuberculosis, con el
peligro de contagiar a otros. Debe entenderse que en Irlanda, en aquel
entonces, por lo menos en nuestro círculo, no había gran temor al
contagio de T.B. La opinión general era que no había peligro para
quienes dormían en la misma habitación con pacientes de T.B., y que el
grave peligro de contagio existía sólo durante aproximadamente los últimos
seis meses antes de la muerte. Estoy segura de que Edel no pensaba que
hubiera el más mínimo peligro para los demás por estar simplemente en
su compañía, igual que nosotros no teníamos ningún temor a contagio
estando con ella.