YO CONOCÍ A EDEL QUINN - 2º parte

Preocupación por sus hermanas; Celo apostólico; Sus cartas; "Muy cerca de Dios"; Ejemplo de prudencia; La mujer valiente; Nubes y sol; Edel en casa; Irradiando alegría; ¡Ella reía tanto!; Unión de voluntades; La joya escondida; Revelaba muy poco; Clara como el cristal; Una amiga ideal; Un descubrimiento revelador; Impresiones perdurables; y Oración por la Causa de Canonización. Volver a la 1º parte

 

Preocupación por sus hermanas

Al principio, después de volver del sanatorio, ella compartía la habitación con sus hermanas menores, pero insistió a su familia a que cambiaran de residencia para que ella pudiera tener una habitación para ella sola. No era asunto fácil, porque su padre era muy aficionado al mar, y el piso que por aquel entonces ocupaba la familia tenía una hermosa vista sobre el mar. Mr. Quinn, lógicamente, no quería cambiarse. Sin embargo, Edel insistió con fuerza, y dijo a sus padres que, si no se trasladaban a una residencia más espaciosa, ella tendría que buscar alojamiento en otro lugar, porque, en conciencia, ella no podía seguir compartiendo la habitación con sus hermanas, haciéndoles correr el riesgo de un contagio. Esto fue suficiente: la familia se trasladó a la casa en Monkstown Road, conocida ahora como su casa.

Ciertamente, si Edel hubiera pensado que sólo el vivir en compañía de sus hermanas era un riesgo para ellas, se hubiera negado a vivir en la misma casa, al igual que se negó a compartir su habitación. Sin embargo, los hechos parecen estar a su favor, pues nadie, que yo sepa, ya sea entre los amigos o parientes de Edel, contrajo la tuberculosis como resultado de haber estado en contacto con ella.

Edel no tomó muy en serio los juicios médicos con respecto a ella, porque tenía experiencia de cuán inseguros eran. Un doctor la declaró libre de T.B.; pero, un par de semanas más tarde, su madre, que dudaba, la llevó a otro médico, quien dijo que tenía los dos pulmones afectados, uno de ellos gravemente.

Edel se reía de ello, como si fuera un chiste muy divertido, lo mismo que lo hacía cuando la gente le decía que sólo le quedaba un año de vida. No se preocupaba por su futuro, y sencillamente abandonaba todo lo que la afectaba en manos de Dios. Su único deseo era sacar el máximo provecho del tiempo que le pudiera quedar para la gloria de Dios y el bien de las almas.

Volver al inicio 

   

Celo apostólico

Puesto que su mala salud le había cerrado las puertas a una comunidad religiosa, Edel decidió dedicarse al apostolado de la Legión de María. A partir de entonces esto se convirtió en el trabajo de su vida. Aunque ya no se le asignaba la tarea de trabajar por las chicas de la calle visitaba con frecuencia el hostal Santa María, para entretener a las residentes y para ayudarles a perseverar en las buenas resoluciones que las habían llevado allí. A veces pasaba fines de semana en ese hostal, para permitir que las legionarias responsables del mismo, que residían allí, pudieran disfrutar de un poco de respiro.

Ocurrió que en una de estas ocasiones hubo una escena entre las residentes, una escena más desagradable de lo normal, que le hizo a Edel derramar lágrimas. Una de las legionarias que estaba presente entonces, me habló después sobre ello y me dijo: "¿Puedes imaginarte lo que fue ver llorar a Edel? Fue la única vez en mi vida que la vi llorar".

Más tarde hablé con Edel sobre lo que ocurrió, pero ella contestó muy vagamente, deseando obviamente evitar un tema desagradable. He olvidado sus palabras textuales, pero me dejaron la impresión de que lo que la afectó tan gravemente fue la vista de la degradación moral de ciertas almas.

Ella estaba siempre llena de entusiasmo cuando hablaba de la Legión de Mafia y de su trabajo en favor de las almas. Seguía la extensión de la Legión con el más profundo interés, y entregaba su tiempo y sus fuerzas, con absoluta generosidad, a cualquier trabajo legionario que ella pudiera hacer. Emprendió con gran interés viajes de extensión de la Legión en su tiempo libre, y siempre se podía contar con ella para que ayudara en cualquier asunto extra que se presentara.

La recuerdo acudiendo a ayudar a la puesta en marcha de un nuevo praesidium en la escuela de jóvenes pensionistas de las Dominicas en Sion Hill, aunque no tenía ocasión de hacerlo. Nunca se preguntaba a sí misma si estaba obligada a hacer una buena obra. ¡Le encantaba tanto descubrir la oportunidad de hacerla!

Ella me escribió después de su breve experiencia de trabajo de extensión en Gales en 1936, y me decía que se podría prestar gran ayuda a un sacerdote si hubiera un legionario que se ofreciera para ir a vivir allí y tomar parte en el trabajo apostólico. Añadió que ella misma se estaba planteando el hacerlo. Ahora, desde luego, todo el mundo sabe que se modificó su destino y fue enviada a África.

Volver al inicio 

   

Sus cartas

  Al poco tiempo de llegar a Africa, me escribió contándome su primer éxito en la fundación de praesidia y pidiendo oraciones por el trabajo allí. Decía que los sacerdotes en Africa eran maravillosos. Ella estaba siempre viajando, y raras veces pasaba más de dos noches consecutivas en el mismo lugar. Me contaba cuán feliz era cuando podía pasar una noche en un convento, y me decía cuán amables eran las monjas. Añadía que incluso le lavaban su ropa: "No lo cuentes en la recreación -comentaba bromeando- y a veces incluso me hacen algún remiendo".

No tardaron en irse espaciando sus cartas. Evidentemente estaba muy absorbida por su trabajo en favor de la Legión en Africa. Con todo, no tardó en estallar la Segunda Guerra Mundial, que puso tan fin forzoso a toda nuestra correspondencia. Fue también responsable esta Guerra de la destrucción, por obediencia, de las cartas que yo había recibido de ella desde que entré en el convento en Italia. El peligro de una posible indiscreción en las cartas, en caso de revisión por parte de las autoridades del ejército ocupante, trajo la orden de quemar toda la correspondencia; así las cartas de Edel tuvieron que ser quemadas con las demás.

La destrucción de las cartas, mucho más numerosas y más interesantes que Edel me había escrito mientras yo estaba en casa, la había considerado, antes de entrar en el convento, un paso necesario hacia el cumplimiento de mí vocación. Esto puede parecer ahora una pena. Durante la ausencia de cada una de nosotras fuera de Dublín intercambiábamos largas cartas -unas dos o tres a la semana- en las que discutíamos las ideas que nos habían impresionado en los libros que leíamos o en los sermones que escuchábamos.

Volver al inicio

     

"Muy cerca de Dios"

Era extraordinario con qué facilidad y certeza Edel decidía prontamente en todas las ocasiones qué acciones debía emprender. Tenía una capacidad poco común de tratar con los demás y evitar indiscreciones. Su sabiduría y excepcional capacidad en este terreno habían causado honda impresión en su propia familia, de tal manera que incluso sus padres acudían a ella pidiendo su consejo en problemas difíciles y delicados. Su padre solía llamarla por eso: "abuelita". Cuando su hermano o hermanas eran enviados a una nueva escuela, era Edel quien quedaba encargada de efectuar las gestiones.

Recuerdo que su forma de actuar con esa seguridad tan pronta en todas las ocasiones, despertó en mí algún recelo, planteándome si esto estaba en armonía con la humildad que en todas las ocasiones irradiaba Edel.

Fue la Reverenda Madre Mary Martín, fundadora y actual Madre General de las Misioneras Médicas de María, quien me ofreció la clave del misterio. Después de la marcha de nuestro Director Espiritual para entrar en la vida religiosa, la Madre Mary (en aquel entonces Srta. Martín) me ayudó a encontrar tin nuevo director. Me puso en contacto con un sacerdote muy renombrado, un experto que me fue muy bien, pero cuya dirección Edel no podía decidírse a seguir. No se encontraba a gusto con él, ya que ella tenía que tratar con él en relación con los estudios de su hermano en el Instituto en el que este sacerdote estaba de Profesor. Con todo, Edel tuvo cierta dificultad en encontrar un director, y durante un tiempo no tuvo ninguno. Hablé a la Srta. Martín sobre la dificultad de Edel. No era amiga íntima de Edel, se conocían sólo de forma casual, pero ella dijo en esa ocasión que creía que Miss Quinn era una de esas raras almas que no necesitan un director porque están bajo la guía del Espíritu Santo. Entonces añadió: "He observado a Miss Quinn: ella está muy cerca de Dios". Estas palabras, viniendo de una persona como la Srta. Martín, me impresionaron profundamente.

Volver al inicio   

   

Ejemplo de prudencia

Un día Edel y yo fuimos a tomar té en un hotelito particular, donde acudían normalmente personas de más edad. Queríamos que no nos molestaran mientras hablábamos de nuestros proyectos. Creo que fue poco antes de que yo entrara en el convento. Para nuestra sorpresa, un clérigo no católico, que había terminado su comida, se acercó a nosotras al salir y empezó a conversar. Evidentemente él se equivocó, tomándonos también por no católicas.

Nos preguntó si éramos miembros de su congregación, y nos dijo el nombre de su iglesia. Le respondimos que no; entonces él empezó a exhortarnos a que acudiéramos allí, diciéndonos que dos mujeres jóvenes podían hacer un gran bien y atraer a otras con su ejemplo.

Edel siguió mirándole con una expresión más bien divertida. Yo abrí la boca para decirle que éramos católicas, pero Edel me dió rápidamente un pisotón por debajo de la mesa para hacerme callar. El clérigo siguió adelante, diciendo que nos buscaria en su iglesia el próximo domingo.

Luego le pregunté a Edel por qué no me dejó decirle que éramos católicas. No recuerdo la contestación exacta pero vino a decirme que no quería meterse en una discusión con él. Esto fue probablemente más prudente que lo hubiera sido mi fallida intervención.

La única esfera en la que la prudencia de Edel parecía más bien dudosa era en cl tema de su propia salud. Puede ser que ella estuviera actuando bajo la inspiración del Espírtiu Santo, y estaba por eso por encima de la ley general de la prudencia. Lis vidas de los santos nos ofrecen muchos ejemplos de una conducta semejante, entre los más recientes está el ejemplo de I~t que Edel tenía por modelo: Sta. Teresita. De todos modos, parecería que Dios aprobaba su actuación, pues vivió mucho más tiempo de lo que se esperaba.

Volver al inicio 

   

La mujer valiente

En cuanto al cuidado de su salud, ella probablemente pertenecía a la categoría descrita como "más para ser admirada que para ser imitada". Su prudencia era probablemente del tipo que se inspira en las palabras de Cristo, en las que El nos dice que, si el grano de trigo muere, da mucho fruto (Cfr In. 12,24). Con todo, ella no desatendía totalmente su salud. Recuerdo una noche en que teníamos que ir a las Dominicas de Tallagh y no teníamos tiempo de cenar; Edel se compró dos tabletas grandes de chocolate, que comió mientras tamos hacia allí. También se apoyaba en el respaldo de su silla al sentarse, porque sus pulmones necesitaban esa posición.

En Edel, la justicia y el amor se armonizaban. Nunca la vi faltar a la virtud de la justicia. No sólo se esforzaba en dar a Dios y al prójimo todo lo que le era debido, sino que iba mucho más allá. Era plenamente consciente en el cumplimiento de los deberes de su estado de vida. Recuerdo haber tenido que esperar en el garaje en Callow mientras ella terminaba la correspondencia de la empresa, aunque ya había pasado la hora de salida.

Pienso en Edel como en la "mujer valiente" de las Escrituras. Parece imposible explicarse tal energía y alegría del alma en una persona tan minada por una enfermedad tan temida, si no es por el don sobrenatural de la fortaleza. Era realmente impresionante ver con qué energía se comportaba en todas las ocasiones, no sólo de vez en cuando, sino siempre.

No llamaba menos la atención su alegría y serenidad en circunstancias difíciles. Su buen humor era inagotable. En su vida no tenía cabida el mal humor. Durante el tiempo en que la conocí, sólo la vi un poco abatida en dos ocasiones, y esto me llamó la atención como algo completamente extraño y sorprendente.

Volver al inicio 

   

Nubes y sol

La primera ocasión fue la tarde de la fiesta de despedida ofrecida por la Legión en Regina Coeli al Padre Boylan antes de que se marchara a la Cartuja. Los legionarios servían el té, utilizando grandes teteras. Aunque Edel era una de las del comité organizador, se pensó que era mejor no permitir que ella sirviera, porque las teteras eran demasiado pesadas para ella.

Antes de que empezara la fiesta, algunas de nosotras nos pusimos de acuerdo para apoderarnos rápidamente de las teteras, en cuanto estuvieran llenas, para que ella no pudiera tener acceso a ninguna. La "conspiración" nos salió bien, y Edel tuvo que conformarse con estar sentada junto a una de las mesas y dejarse servir como si fuera uno de los invitados. Estábamos todas contentas con nuestro éxito hasta el final de la fiesta, cuando ya estábamos poniéndonos los abrigos para marchar. Entonces una de las que formaban parte del "complot" se acercó a mí y me dijo: "Edel está muy enfadada con nosotras por no permitirle ayudar con una de las teteras; no nos dirige ni siquiera la palabra. Ven y mira si puedes hacer algo".

Fui y hablé a Edel, pero ella no me contestó. Entonces le dije: "¡Edel, me dejas sorprendida!"; y realmente lo estaba, pues nunca había visto a Edel enfadada de ese modo... Ella me contestó en un tono algo enérgico: "Puedes estarlo".

Fue todo lo que dijo. Evidentemente, en esa ocasión estaba dolida. Le habíamos impedido dar la última prueba de gratitud a un sacerdote que la había ayudado mucho, y al que ella se sentía muy agradecida. De todos modos, nos acompañó de vuelta hacia casa, y su pequeña ráfaga de enfado había desaparecido. Probablemente su emoción había sido demasiado fuerte para permitirle participar en la conversación.

La otra ocasión, de tipo más ligero, fue cuando fui a visitarle una tarde en su propia casa. No tenía su habitual sonrisa radiante, y su expresión general revelaba que se sentía molesta por algo. Le pregunté qué le ocurría, y me dijo que se le había llamado severaménte la atención sin que por su parte hubiera una verdadera falta. Lo consideraba injusto y estaba dolida. Le di la razón, y le dije unas palabritas de consuelo. Al cabo de pocos minutos su sonrisa y su encantadora expresión volvieron a su rostro.

Con mucha frecuencia, Edel tenía ataques de tos mientras hablaba. Sí otros planteaban la cuestión o le preguntaban cómo estaba, acostumbraba contestar: "Magnífico, gracias", y cambiaba de tema, a veces preguntando por la salud de su interlocutor.

Cuando la visité en el hospital, un par de días después, de que hubiera sido ella operada de apendicitis, estaba sentada en la cama, sonriendo. Le pregunté cómo se encontraba y me dijo que se encontraba como de costumbre. Entonces observó que yo estaba resfriada, y me dijo, riendo, que la enferma era yo, no ella, ¡y me dió unos consejos sobre cómo curarme el resfriado!

Volver al inicio   

 

Edel en casa

A veces me pedía que pasara la tarde con ella en su casa, cuando sabía que una determinada amiga de su madre iba a estar allí. Quería mi presencia para actuar de freno ante las efusiones bien intencionadas de esa buena señora, que tenía la costumbre de lamentarse de la poca salud de Edel y decirle a la Sra. Quinn todo lo que debería hacer para cuidar a su hija. Edel lo encontraba de muy poco gusto, ya que hacía mil aspavientos respecto a ella.

Comía muy poco, y se abstenía de cosas normalmente necesarias para un enfermo. No le proecupaba en absoluto saltarse una comida; esto ocurría sobre todo en la primera fase de su enfermedad. Más adelante su director espiritual le dijo que comiera carne, y que por la mañana se levantara un poco más tarde, y así lo hizo.

Se retiraba tarde a la noche, y se acostaba sobre una cama dura. Descubrí este hecho incidentalmente un día, en su habitación; estaba yo sentada en un extremo de su cama, y me incliné tocando con la mano hacia el centro. La noté tan dura que exclamé: "¿Cómo puedes dormir sobre una cama así? ¡Es dura como una tabla!"

Edel, que estaba de pie frente a mí, se sintió un poco turbada ante mi descubrimiento, y, tomándome del brazo, me llevó al otro extremo de la habitación.

Es muy posible que tuviera una tabla en su cama, porque algún tiempo después de este incidente me contó cómo su hermano la había llenado de confusión. Fue en tiempos del Congreso Eucarístico, cuando la gran afluencia de visitantes había ocasionado un llamamiento a todos los ciudadanos a ofrecer alojamiento en la medida de lo posible. Edel había propuesto a su hermano que él durmiera en su habitación mientras ella dormiría en cualquier parte, de forma que la habitación de su hermano, que era mejor que la suya, pudiera ser ofrecida para algún visitante. Su hermano se negó, afirmando: "¡No, gracias! ¡Tu cama probablemente es un tablón !" Hasta ese momento Edel creía que su hermano no sabia nada de sus aspiraciones espirituales o de su forma de vida.

Cuando ella y yo compartíamos habitación en unos Ejercicios en Baldoyle en invierno, las monjas pusieron cada noche unas botellas de agua caliente en nuestras camas. Lo primero que hizo Edel al entrar en la habitación fue sacar su botella y ponerla en el suelo, donde se quedó hasta la mañana siguiente. Durante los Ejercicios ella mantuvo perfectamente el silencio, a pesar de que sólo éramos dos en la habitación. Fui yo quien elegí compartir la habitación con Edel en esa ocasión; ella no tuvo ocasión de elegir. Yo había organizado los Ejercicios, y había tantos solicitantes, que las monjas pusieron a nuestra disposición una habitación con dos camas, que no se ocupaba normalmente durante los Ejercicios.

Volver al inicio

 

 

Irradiando alegría.

Cristo dijo a sus Apóstoles un día que no le verían más y que su alegría sería plena. Añadió: Y nadie podrá quitaros vuestra alegría (Jn. 16, 22). La alegría así prometida, evidentemente era el comienzo de la "alegría del Señor", en la que los "siervos buenos y fieles" serian invitados a entrar (Cfr Mat. 25, 23). Me parece que Edel poseía en gran medida esa alegría. Nada era capaz de arrebatársela, incluso si, en raras ocasiones, durante breves momentos, una ligera nube pasaba por el sol radiante de su cielo interior.

Puedo verdaderamente afirmar que nunca conocí a nadie tan radiante en su expresión, tan llena de alegría y tan dulce y juguetona en su manera de ser.

Un día, cuando fui a visitarla cuando la familia Quinn todavía vivía en su piso junto al mar, tuve que esperar en el rellano, junto a la sala de estar, hasta que el ruido que los niños estaban haciendo dentro se calmó un poco. Siguieron llegando hasta mí las carcajadas y pequeños gritos de regocijo. Evidentemente tenía lugar un juego ruidoso. Luego, cuando una pequeña tregua me permitió hacer oir mi presencia, se abrió la puerta y salió Edel para hacerme entrar en el salón; su cara, cabello y expresión general manifestaban que había estado tomando parte activísima en la dIversión. Esto era típico de ella; era como un rayo de sol irradiando luz y alegría dondequiera que estuviera.

Se reía de todo corazón ante un chiste, o ante cualquier pequeño incidente que tuviera una parte divertida. Ciertamente, a veces me hacía el efecto de que ella reía un poco demasiado ante incidentes insignificantes. Una vez le pregunté si ella era así por naturaleza, o si cultivaba esa alegría como virtud. Me respondió que "tres cuartas partes" era por naturaleza.

Me di cuenta de que su gran alegría no se debía meramente a una disposición naturalmente jovial, sino que probablemente bastante más de la "cuarta parte" procedía del Padre de la Alegría, que comunigaba Su propia alegría al alma de Edel. Evidentemente ella cultivaba la alegría como virtud, probablemente queriendo parecerse en esto a su modelo celestial:

Sta. Teresita. Quizás ella se reía más en mi compañía, para curarme de ser demasiado seria.

Volver al inicio 

   

¡Ella reía tanto!

Antes de que yo entrara en el convento, estábamos leyendo juntas un folleto, y en él la alegría se mencionaba como una de las cualidades necesarias para las postulantes. Dije a Edel: "Me pregunto si me encontrarán suficientemente alegre". Ella me contestó: "¡Oh' sí! Creo que lo lograrás"; y con un guiño, añadió: "¡Has mejorado bastante al respecto desde que soy tu amiga!". Se rió entonces de corazón.

Otro día estábamos en la sala de espera de un médico. Teníamos la salá para nosotras solas, hasta que un gato se decidió a entrar por una ventana. Edel inmediatamente pegó un salto y empezó a jugar con el gato por toda la sala, ante mi fastidio, pues yo quería continuar nuestra conversación. Después de unos breves momentos, se lo eché en cara, pero no se paró en seguida. Entonces le dije: "¡Creo que esto es ridículo!". Edel dejó entonces de jugar, pero dijo en un tono ligeramente ofendido: "Creo que eres algo brusca".

Después de su operación, me escribió diciéndome que el cirujano le había dicho bromeando que, ahora que le habían sacado el apéndice, pesaba menos de un lado que de otro. Añadió ella entonces divertida: "siempre habías pensado que yo era un poco desequilibrada, y ahora es un hecho". Desde luego yo nunca había pensado que ella fuera desequilibrada. Mi sentido del humor estaba lejos de ser tan fino como el suyo, por eso no siempre podía yo ver por qué ella tenía que reirse tanto. Quizás, a veces, ella reía simplemente por pura "plenitud de alegría". Probablemente ella se parecía a aquel anciano monje irlandés que estaba siempre desbordante de alegría, y quien al ser preguntado por la razón de su gran felicidad, respondió que era porque poseía a Dios y nadie podía apartarle de El. Edel hubiera podido dar la misma contestación a esa pregunta, si alguien se la hubiera llegado a plantear.

Tuve la oportunidad de comprobar que la radiante serenidad que se reflejaba en su rostro no era meramente el efecto de un deseo de ser una compañia agradable. Un día, yendo yo hacia Dun Laoughaire, en la parte superior de un tranvía de dos pisos que pasaba delante de la casa de Edel, la vi sentada en su habitación muy cerca de la ventana, ligeramente inclinada sobre una mesa en la que estaba haciendo algo, probablemente escribiendo o leyendo. Ella no me vió, pero yo la vi claramente y me impresionó su expresión radiante.

En aquella ocasión, como en realidad habitualmente, me pareció como si estuviera revestida de la divina presencia. Esto era lo admirable en Edel: a pesar de su buen humor, llena de viveza y ganas de jugar, nunca parecía disipada. Uno sentía siempre que ella realmente estaba viviendo en la presencia de Dios. Uno parecía "sentirle" a El -si se me permite esta expresion-.

Volver al inicio

 

 

Unión de voluntades

Edel tenía una especial estima de la obediencj~. PNfl elír, la ot>e'~&'én cta no era una sumisión servil, sino simplem ente U aMor en accióA, pires 'nos asegura hacer siempre lo que sefl inós agnidahie a Dios Lo que Edel buscaba en la obediencia era simplemente el cumplimiento más perfecto posible de la voluntad de Dios. Así la obediencia y su amor a Dios eran una única y misma cosa.

Cuando tenía un director espiritual, le obedecía en todo to que era necesario para su dirección espiritual. Su director condujo a sus penitentes a la práctica de las v;rtudes de la vida religiosa, en cuanto esto era compatible con los deberes de sus respectivos estados de vida, aunque no les permitió hacer el voto de obediencia a él. El insistía especialmente en la práctica de la pobreza.

Creo que Edel había hecho un voto de pobreza, por el que se obligaba a someter, para su aprobación, todos los gastos que quería hacer para sus propias necesidades, excepto en el caso de cosas pequeñas, tales como medias. Era más bien la suma a gastar lo que se fijaba. Por su sentido de la obediencia en este punto, ella adquirió una vez un equipo de invierno tan poco atractivo e inadecuado para ella, que la familia manifestó su desacuerdo. Ella siguió vistiéndose así durante todo el invierno; pero, para Pascua, se presentó radiante, con un conjunto muy a la moda y que le quedaba muy bien. Cuando me la encontré vestida así, manifesté mi sorpresa. Edel se rió y me d4o que se había rendido ante las protestas de su familia. No creía que debía continuar ocasionándoles el disgusto que les había causado con su ropa de invierno. Probablemente había llegado a un acuerdo sobre este punto con su director.

Antes de que yo entrara en el convento, estuvimos discutiendo una noche la Regla bajo la que yo iba a vivir. Cuando yo le inidiqué cómo toda la vida de los religiosos de nuestra Orden estaba regulada por la obediencia, frecuentemente incluso en los detalles más pequeños, ella expresó su viva satisfacción, porque creía que, en una vida así, uno podría estar casi seguro de hacer constantemente lo que es más agradable a Dios.

Volver al inicio 

   

La joya escondida  

Otro distintitvo admirable del carácter de Edel era su profunda humildad. En ella tomó la forma de saber desaparecer, procurando pasar desapercibida. Hacia todos los que se encontraban casualmente con ella, y que tenían solamente un contacto superficial con ella, se mostraba como una joven moderna, alegre, siempre riendo y haciendo bromas, tomando un gran interés en cualquier asunto que pudiera interesarles a ellos, ya sea noticias, o diversiones, o cualquier otra cosa. Ella procuraba practicar así el consejo de Nuestro Señor: "Cuando ayunéis..., apareced ante los hombres como si no ayunarais" (Cfr Mt. 6, 16-17).

Le honorizaba ser objeto de especial estima. Dándose cuenta de que algunas personas le manifestarían su admiración si conocieran su forma de vida, hacía todo lo que estaba a su alcance para que no se trasluciéra lo más mínimo cualquier práctica que sobrepasara los deberes ordinarios de todos los católicos.

Incluso sus amigos más íntimos desconocían en gran parte su vida interior. Nunca nos hablaba sobre ésta directamente, sólo a algunos reveló indirectamente las riquezas de su alma. Unicamente conozco una persona a quien habló así íntimamente en mi presencia, una monja que había sido profesora suya en la escuela. Me llevó un día con ella a visitarla. Después de presentarme, dijo a la monja: "Es una de las nuestras; podemos hablar"; y conversamos íntimamente sobre Dios y la vida espiritual, exactamente igual como lo hubiéramos hecho si hubiéramos estado solas.

Edel me pidió que le repitiera a la monja un sermón que había oído sobre la Pasión, que antes le había repetido a ella. El predicador, un Carmelita Descalzo, había explicado la naturaleza siempre actual de la substancia interior de la Pasión. El había señalado que, en lo que respecta a Dios, los actos de la Pasión, están eternamente presentes. El tiempo no cuenta. Podemos estar presentes en espíritu en el Calvario cada vez que nos elevamos por encima de lo accidental y nos unimos a Nuestro Señor, el Verbo hecho carne, cuando la Sagrada Humanidad sufre y muere por nosotros. Esta homilía le gustó muchísimo a Edel. No puedo recordar ahora todo el contenido, pero estaba en línea con nuestros temas favoritos, ya mencionados.

Volver al inicio

 

 

Revelaba muy poco

Generalmente ella se esforzaba en ocultar las secretas aspiraciones de su alma, incluso ante sacerdotes y monjas; quizás todavía más ante ellos, porque, en su caso, el riesgo de atraer su aprecio hubiera sido mayor.

Observé que, después de entrar yo en el convento, las cartas que me escribía eran más corrientes que las que me escribía mientras yo estaba en casa. Me di cuenta de que escribía así para evitar revelar algo de los secretos de su alma a aquellos que sabía leerían la carta antes de entregármela. Desde luego, como ya he dicho, incluso a mí me había revelado muy poco, y ese poco sólo indirectamente. Ella creía que debía guardar el "secreto del Rey"

Yo siempre estuve convencida, a juzgar por su conversación y su vida, que ella recibía gracias especiales en la opíción, gracias de luz y contemplaciónl, que le permitan tener una comprensión más profunda que la ordinaria sobre los grandes Misterios de la fe. Era extremamente reservadti al respecto. Uno sentía que ella, probablemente, tenía un secreto que esconder. Como la Virgen, ella guardaba todas las gracias interiores que recibía, "ponderándolas en su corazón" (Lc. 2, 51).

Se dice que María, la más humilde de las criaturas, proclamó en el Magnificat que Dios había hecho grandes cosas en ella, de lo que parece deducirse que no es necesariamente una falta de humildad dar a conocer las gracias de Dios en nuestra alma. Con todo, ¿no es acaso conveniente observar que María habló así a su prima Isabel sólo después de que Dios mismo le hubiera revelado a Isabel la gran gracia concedida a Maria? Anteriormente, con San José, María había guardado su secreto, ¡y a qué coste!

El Magnificat fue más bien una explicación de ese favor, demostrando que le hábía sido concedido sólo por el poder de Dios, que se había dignado contemplar su pequeñez. ¿No fue acaso la intención de María alejar de ella el honor que Isabel tributaba al verla? Sea como sea, Edel se sintió más atraída de imitar el silencio de María con San José, más que en su cántico con Sta. Isabel, aunque recitaba cada día el Magnificat en nombre de María.

Volver al inicio

 

 

Clara como el cristal

Toda la vida y personalidad de Edel daban una impresión de transparencia; algo en ella me hacía pensar en un diamante. Todas sus palabras, actos y forma de actuar estaban marcadas por una pureza transparente.

Nunca, ni por un instante, durante todo el tiempo que la conocí, llegué a ver en ella algo que pudiera ofender en el más ligero grado la pureza angélica, ni siquiera un chiste.

Una vez me dijo que le gustaban los bailes. Manifestó su disgusto cuando un joven sacerdote, amigo nuestro, expreso una condena general a los bailes. Ella me comentó entonces que nunca había encontrado en los bailes ocasión alguna de pecado para ella, ni riesgo de tentación. Más tarde, ese mismo sacerdote modificó sus ideas, y dijo que, a la luz de su reciente experiencia -probablemente como confesor-, estaba dispuesto a admitir que el bailar no era necesariamente pecaminoso. Personalmente no puedo dar ninguna opinión sobre el tema, ya que jamás en mi vida fui a un baile.

Aunque Edel era la persona más cordial que uno podría encontrar, y la más afectuosa en su saludo, no demostró ninguna señal de sentimentalismo blandengue. Su fuerte y puro 'imor se manifestaba de un modo que excluía cualquier asomo de debilidad. Por ejemplo, ella no usaba expresiones de ternura, ni abrazaba a sus amigas, excepto en ocasiones formales, cuando, al encontrarse, un beso era el saludo convencional, como suele suceder a veces entre mujeres.

Nos unía a nosotras dos una amistad muy fuerte, pero nunca, excepto en el tipo de ocasiones formales que acabo de mencionar, nos besábamos o acariciábamos mutuamente, ni jamás nos pasó ni siquiera por la mente la idea de hacerlo. Tampoco había un intercambio de palabras de ternura. Nuestra amistad era simplemente la mutua comunicación de nuestros pensamientos íntimos nuestros intereses comunes y nuestros deseos espirituales1 y la alegría que experimentábamos en tal intercambio.

Volver al inicio

 

 

Una amiga ideal

Antes de encontrar a Edel, muchas veces había ansiado tener una amiga ideal con quien pudiera compartir mis más secretas aspiraciones. Me fue concedido lo que anhelaba al encontrarle a ella; sin embargo, ella tuvo buen cuidado de evitar que nuestra amistad fuera ocasión de herir los sentimientos de sus otras amigas. Cuando alguna de ellas ocasionalmente se unía a nosotras, inmediatamente, con gran cordialidad, ella hacía sitio entre nosotras dos para la recién llegada. Esto, incluso me daba la impresión de que yo ocupaba sólo un lugar secundario en sus afectos.

Fue sólo la víspera de mi partida hacia el convento cuando un comentario hecho por la madre de Edel, durante una ausencia momentánea de Edel mientras yo estaba en su casa, me aseguró de lo contrario. Comprendí entonces que en las ocasiones antes mencionadas Edel había actuado por virtud, no por naturaleza.

Como ya he dicho, Edel había solicitado y obtenido la aprobación de su director espiritual para nuestra amistad. Estoy segura de que, si ésta no le hubiera sido concedida, la había roto.

Vino a verme a Dun Laoghaire cuando me marché al convento, junto con mi familia y otras amigas. No hizo ninguna demostración de pena; pero, algunos días antes, me había obsequiado con una edición grande de la autobiografía y de los escritos de Sta. Teresita, donde incluyó una foto en cuyo dorso escribió la fecha fijada para mi partida y las palabras: ¡Fiat voluntas tua! (Lc. 22,42).

Volver al inicio

 

 

Un descubrimiento revelador

De camino hacia el convento pasé una noche en una casa religiosa. Sabiendo que me detendría allí, Edel me mandó una postal cómica, que yo recibí mientras estaba allí. Casi chocó a la buena religiosa que me la entregó. Mostraba un hombre a la puerta de su casa hablando con un trapero, que le preguntaba: "¿Tiene Vd. algo viejo de lo que quiera deshacerse?" El hombre contestaba: "No, hoy no; mi esposa no está en casa". El mensaje de Edel escrito al dorso de la tarjeta era simplemente dándome buenas noticias de casa. Desde luego, su intención era animarme, sabiendo que probablemente ese día mis sentimientos estarían más cerca de las lágrimas que de la risa.

Fue sólo años más tarde, al leer la Vida de Edel escrita por el Cardenal Suenens, que me enteré de la historia de sus relaciones con Pierre, su pretendiente rechazado. Nunca me había hecho ni la más ligera alusión al hecho de haber tenido alguna vez un asunto de ese tipo: Realmente me hizo gracia cuando lo leí, y comprendí, mejor que nunca lo hice mientras estaba con ella, la profundidad de su virtud. Es muy poco corriente para una joven no hablar a sus amigas íntimas de alguna oferta de matrimonio que reciba: es tan agradable para nuestro amor propio, aunque uno no tenga intención de aceptarla.  

También me quedé más bien sorprendida de leer que Edel hablaba mucho sobre su familia con algunas personas. Conmigo hablaba poco de ellos, pero pudiera ser que esto fuera porque yo los conocía personalmente. Me inclino a pensar que con algunos ella hablaba de ellos para dar gusto a su oyente. Siempre procuraba hablar de aquello que sabía resultaría interesante para el otro.

Ella amaba muchísimo a su familia, y tenía la costumbre de pedir oraciones para cualquiera de sus miembros que estuviera enfermo o pasara alguna necesidad especial. Me había comentado la añoranza que sentía del hogar, y cómo lloraba cuandó tenía que dejarlos para volver a la escuela. También, por ejemplo, me comentaba cualquier suceso extraordinario de la vida familiar, como, por ejemplo, cuando sus hermanas iniciaban un nuevo trabajo. Pero no era su costumbre sacar a relucir su familia como tema de conversación.

Volver al inicio

 

Impresiones perdurables

Mirando hacia atrás, puedo afirmar sinceramente que Edel Quinn dejó una marca indeleble en mi vida. Era como una luz brillante que iluminaba a cuantos se acercaban a ella, pero más especialmente a sus amigos. Esa luz no daba sólo claridad, sino calor, el calor del amor. Puedo todavía sentir sus efectos. Su amistad fue una fuente de constante alegría y felicidad. Uno no podía dejar de ser mejor por haberla conocido, por lo menos así me parece a mi.

Conociendo a Edel, llegué a un más profundo conocimiento del indecible encanto y atractivo de Nuestra Señora. Un día tuve una intuición sobre la belleza y encanto de María, como una ampliación del encanto y del amor que irradiaba Edel. En ese momento la Virgen me pareció más maravillosamente hermosa y atractiva de lo que me había parecido anteriormente.

Mi primera reacción fue la de rechazar esa intuición, como si fuera "demasiado buena para ser verdad". Pero luego pensé: "¿Por qué ha de ser demasiado hermosa para ser verdad? Si ella, una jovencita normal, era tan deliciosamente dulce y encantadora debido a su intensa unión con Jesús, ciertamente la Santísima Virgen, Madre de Jesús, debe serlo incomparablemente más. "Así, Edel fue para mí una ocasión indirecta e inconsciente para un conocimiento amoroso de María, mucho mayor y, creo yo, mucho más verdadero de lo que de otro modo hubiera podido tener.

Con frecuencia rezo a Edel, y he recibido muy importanes y preciosas favores de naturaleza espiritual que atribuyo a su intercesión. Sin embargo, no entran en la categoría de un milagro que pudiera servir para adelantar su causa de beatificación.

Lo que me parece lo más maravilloso de Edel es la perfección con la que lograba armonizar elementos aparentemente muy contrarios: el atractivo y maneras de una joven moderna de su tiempo, y una profunda vida interior; la sabiduria de un anciano, y el carácter juguetón de un niño; un espíritu de austeridad, y una amabilidad delicada, constante -e incluso una gran indulgencia- hacia los demás; una inviolable reserva sobre su propia vida interior, y una manera de ser espontánea y cordial; una sensibilidad delicada, y una inagotable paciencia y dulzura en todos los sufrimientos y pruebas; una debilidad física debida a la enfermedad, y una valentía y fuerza de espíritu capaz de superar todos los obstáculos. Finalmente, una capacidad excepcional para consolar a aquellos que pasaban penas o sufrimientos, y una fuente inextinguible de alegría en las profundídades~de su alma; una alegría que ella podía -y de hecho así lo hizo- compartir éon los que sufrían, sin herirles, pues no era sino la "alegría del Señor , por encima de todo sentimiento. Su alegría era el desbordamiento del más profundo amor, y, así, podía volcarlo sobre quienes sufrieran, para consolar y para curar.

 

A Jesús por María

Volver al inicio

 

Vuestras oraciones, hechas muy en serio y con perseverancia, por la feliz resolución de la Causa de Canonización de Edel Quinn, son de vital importancia. Se recomienda la siguiente invocación.

Padre Celestial, te doy gracias por la gracia que concediste a tu sierva Edel Quinn de esforzarse por vivir siempre en la alegría de Tu presencia, por la radiante caridad infundida en su corazón por Tu Espíritu Santo, y por la fortaleza que ella obtenía del Pan de Vida para trababajar hasta la muerte por la gloria de Tu nombre, en amorosa dependencia de María, Madre de la Iglesia.

Confiando, oh Padre misericordioso, en que su vida te fue agradable, te ruego me concedas, por su intercesión, el favor especial que ahora imploro, y des a conocer por medio de milagros la gloria de la que ella goza en el Cielo, de forma que pueda ser glorificada también por Tu Iglesia en la tierra, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

 

Se ruega informar sobre los favores atribuídos a la intercesión de Edel Quinn a:  

LEGION OF MARY

De Montfort House,

North Brunswick Street,

Dublín 7, Irlanda

Permissu Ordinarii Dioec., Dublinen, die 5 Septembris 1966.  

Volver al inicio / Volver a la 1º parte