YO CONOCÍ A EDEL QUINN - 2º parte
Preocupación por sus hermanas; Celo apostólico; Sus cartas; "Muy cerca de Dios"; Ejemplo de prudencia; La mujer valiente; Nubes y sol; Edel en casa; Irradiando alegría; ¡Ella reía tanto!; Unión de voluntades; La joya escondida; Revelaba muy poco; Clara como el cristal; Una amiga ideal; Un descubrimiento revelador; Impresiones perdurables; y Oración por la Causa de Canonización. Volver a la 1º parte
Al
principio, después de volver del sanatorio, ella compartía la habitación
con sus hermanas menores, pero insistió a su familia a que cambiaran de
residencia para que ella pudiera tener una habitación para ella sola.
No era asunto fácil, porque su padre era muy aficionado al mar, y el
piso que por aquel entonces ocupaba la familia tenía una hermosa vista
sobre el mar. Mr. Quinn, lógicamente, no quería cambiarse. Sin
embargo, Edel insistió con fuerza, y dijo a sus padres que, si no se
trasladaban a una residencia más espaciosa, ella tendría que buscar
alojamiento en otro lugar, porque, en conciencia, ella no podía seguir
compartiendo la habitación con sus hermanas, haciéndoles correr el
riesgo de un contagio. Esto fue suficiente: la familia se trasladó a la
casa en Monkstown Road, conocida ahora como su casa.
Ciertamente,
si Edel hubiera pensado que sólo el vivir en compañía de sus hermanas
era un riesgo para ellas, se hubiera negado a vivir en la misma casa,
al igual que se negó a compartir su habitación. Sin embargo, los
hechos parecen estar a su favor, pues nadie, que yo sepa, ya sea entre
los amigos o parientes de Edel, contrajo la tuberculosis como resultado
de haber estado en contacto con ella.
Edel
no tomó muy en serio los juicios médicos con respecto a ella, porque
tenía experiencia de cuán inseguros eran. Un doctor la declaró libre
de T.B.; pero, un par de semanas más tarde, su madre, que dudaba, la
llevó a otro médico, quien dijo que tenía los dos pulmones afectados,
uno de ellos gravemente.
Edel
se reía de ello, como si fuera un chiste muy divertido, lo mismo que lo
hacía cuando la gente le decía que sólo le quedaba un año de vida.
No se preocupaba por su futuro, y sencillamente abandonaba todo lo que
la afectaba en manos de Dios. Su único deseo era sacar el máximo
provecho del tiempo que le pudiera quedar para la gloria de Dios y el
bien de las almas.
Puesto
que su mala salud le había cerrado las puertas a una comunidad
religiosa, Edel decidió dedicarse al apostolado de la Legión de María.
A partir de entonces esto se convirtió en el trabajo de su vida. Aunque
ya no se le asignaba la tarea de trabajar por las chicas de la calle
visitaba con frecuencia el hostal Santa María, para entretener a las
residentes y para ayudarles a perseverar en las buenas resoluciones que
las habían llevado allí. A veces pasaba fines de semana en ese hostal,
para permitir que las legionarias responsables del mismo, que residían
allí, pudieran disfrutar de un poco de respiro.
Ocurrió
que en una de estas ocasiones hubo una escena entre las residentes, una
escena más desagradable de lo normal, que le hizo a Edel derramar lágrimas.
Una de las legionarias que estaba presente entonces, me habló después
sobre ello y me dijo: "¿Puedes imaginarte lo que fue ver llorar a
Edel? Fue la única vez en mi vida que la vi llorar".
Más
tarde hablé con Edel sobre lo que ocurrió, pero ella contestó muy
vagamente, deseando obviamente evitar un tema desagradable. He olvidado
sus palabras textuales, pero me dejaron la impresión de que lo que la
afectó tan gravemente fue la vista de la degradación moral de ciertas
almas.
Ella
estaba siempre llena de entusiasmo cuando hablaba de la Legión de Mafia
y de su trabajo en favor de las almas. Seguía la extensión de la Legión
con el más profundo interés, y entregaba su tiempo y sus fuerzas, con
absoluta generosidad, a cualquier trabajo legionario que ella pudiera
hacer. Emprendió con gran interés viajes de extensión de la Legión
en su tiempo libre, y siempre se podía contar con ella para que
ayudara en cualquier asunto extra que se presentara.
La
recuerdo acudiendo a ayudar a la puesta en marcha de un nuevo praesidium
en la escuela de jóvenes pensionistas de las Dominicas en Sion Hill,
aunque no tenía ocasión de hacerlo. Nunca se preguntaba a sí misma si
estaba obligada a hacer una buena obra. ¡Le encantaba tanto descubrir
la oportunidad de hacerla!
Ella
me escribió después de su breve experiencia de trabajo de extensión
en Gales en 1936, y me decía que se podría prestar gran ayuda a un
sacerdote si hubiera un legionario que se ofreciera para ir a vivir allí
y tomar parte en el trabajo apostólico. Añadió que ella misma se
estaba planteando el hacerlo. Ahora, desde luego, todo el mundo sabe que
se modificó su destino y fue enviada a África.
No
tardaron en irse espaciando sus cartas. Evidentemente estaba muy
absorbida por su trabajo en favor de la Legión en Africa. Con todo, no
tardó en estallar la Segunda Guerra Mundial, que puso tan fin forzoso a
toda nuestra correspondencia. Fue también responsable esta Guerra de la
destrucción, por obediencia, de las cartas que yo había recibido de
ella desde que entré en el convento en Italia. El peligro de una
posible indiscreción en las cartas, en caso de revisión por parte de
las autoridades del ejército ocupante, trajo la orden de quemar toda la
correspondencia; así las cartas de Edel tuvieron que ser quemadas con
las demás.
La
destrucción de las cartas, mucho más numerosas y más interesantes que
Edel me había escrito mientras yo estaba en casa, la había
considerado, antes de entrar en el convento, un paso necesario hacia el
cumplimiento de mí vocación. Esto puede parecer ahora una pena.
Durante la ausencia de cada una de nosotras fuera de Dublín intercambiábamos
largas cartas -unas dos o tres a la semana- en las que discutíamos las
ideas que nos habían impresionado en los libros que leíamos o en los
sermones que escuchábamos.
Era
extraordinario con qué facilidad y certeza Edel decidía prontamente en
todas las ocasiones qué acciones debía emprender. Tenía una
capacidad poco común de tratar con los demás y evitar indiscreciones.
Su sabiduría y excepcional capacidad en este terreno habían causado
honda impresión en su propia familia, de tal manera que incluso sus
padres acudían a ella pidiendo su consejo en problemas difíciles y
delicados. Su padre solía llamarla por eso: "abuelita".
Cuando su hermano o hermanas eran enviados a una nueva escuela, era Edel
quien quedaba encargada de efectuar las gestiones.
Recuerdo
que su forma de actuar con esa seguridad tan pronta en todas las
ocasiones, despertó en mí algún recelo, planteándome si esto estaba
en armonía con la humildad que en todas las ocasiones irradiaba Edel.
Fue
la Reverenda Madre Mary Martín, fundadora y actual Madre General de las
Misioneras Médicas de María, quien me ofreció la clave del misterio.
Después de la marcha de nuestro Director Espiritual para entrar en la vida religiosa, la Madre Mary (en
aquel entonces Srta. Martín) me ayudó a encontrar tin nuevo director.
Me puso en contacto con un sacerdote muy renombrado, un experto que me
fue muy bien, pero cuya dirección Edel no podía decidírse a seguir.
No se encontraba a gusto con él, ya que ella tenía que tratar con él
en relación con los estudios de su hermano en el Instituto en el que
este sacerdote estaba de Profesor. Con todo, Edel tuvo cierta dificultad
en encontrar un director, y durante un tiempo no tuvo ninguno. Hablé a
la Srta. Martín sobre la dificultad de Edel. No era amiga íntima de
Edel, se conocían sólo de forma casual, pero ella dijo en esa ocasión
que creía que Miss Quinn era una de esas raras almas que no necesitan
un director porque están bajo la guía del Espíritu Santo. Entonces añadió:
"He observado a Miss Quinn: ella está muy cerca de Dios". Estas
palabras, viniendo de una persona como la Srta. Martín, me
impresionaron profundamente.
Un
día Edel y yo fuimos a tomar té en un hotelito particular, donde acudían
normalmente personas de más edad. Queríamos que no nos molestaran
mientras hablábamos de nuestros proyectos. Creo que fue poco antes de
que yo entrara en el convento. Para nuestra sorpresa, un clérigo no católico,
que había terminado su comida, se acercó a nosotras al salir y empezó
a conversar. Evidentemente él se equivocó, tomándonos también por no
católicas.
Nos
preguntó si éramos miembros de su congregación, y nos dijo el nombre
de su iglesia. Le respondimos que no; entonces él empezó a exhortarnos
a que acudiéramos allí, diciéndonos que dos mujeres jóvenes podían
hacer un gran bien y atraer a otras con su ejemplo.
Edel siguió mirándole con una expresión más bien divertida. Yo abrí la boca para decirle que éramos católicas, pero Edel me dió rápidamente un pisotón por debajo de la mesa para hacerme callar. El clérigo siguió adelante, diciendo que nos buscaria en su iglesia el próximo domingo.
Luego
le pregunté a Edel por qué no me dejó decirle que éramos católicas.
No recuerdo la contestación exacta pero
La
única esfera en la que la prudencia de Edel parecía más bien dudosa
era en cl tema de su propia salud. Puede ser que ella estuviera actuando
bajo la inspiración del Espírtiu Santo, y estaba por eso por encima de
la ley general de la prudencia. Lis vidas de los santos nos ofrecen
muchos ejemplos de una conducta semejante, entre los más recientes está
el ejemplo de I~t que Edel tenía por modelo: Sta. Teresita. De todos
modos, parecería que Dios aprobaba su actuación, pues vivió mucho más
tiempo de lo que se esperaba.
En
cuanto al cuidado de su salud, ella probablemente pertenecía a la
categoría descrita como "más para ser admirada que para ser
imitada". Su prudencia era probablemente del tipo que se inspira en
las palabras de Cristo, en las que El nos dice que, si el grano de trigo
muere, da mucho fruto (Cfr In. 12,24). Con todo, ella no desatendía
totalmente su salud. Recuerdo una noche en que teníamos que ir a las
Dominicas de Tallagh y no teníamos tiempo de cenar; Edel se compró dos
tabletas grandes de chocolate, que comió mientras tamos hacia allí.
También se apoyaba en el respaldo de su silla al sentarse, porque sus
pulmones necesitaban esa posición.
En
Edel, la justicia y el amor se armonizaban. Nunca la vi faltar a la
virtud de la justicia. No sólo se esforzaba en dar a Dios y al prójimo
todo lo que le era debido, sino que iba mucho más allá. Era plenamente
consciente en el cumplimiento de los deberes de su estado de vida.
Recuerdo haber tenido que esperar en el garaje en Callow mientras ella
terminaba la correspondencia de la empresa, aunque ya había pasado la
hora de salida.
Pienso
en Edel como en la "mujer valiente" de las Escrituras. Parece
imposible explicarse tal energía y alegría del alma en una persona tan
minada por una enfermedad tan temida, si no es por el don sobrenatural
de la fortaleza. Era realmente impresionante ver con qué energía se
comportaba en todas las ocasiones, no sólo de vez en cuando, sino
siempre.
No
llamaba menos la atención su alegría y serenidad en circunstancias difíciles.
Su buen humor era inagotable. En su vida no tenía cabida el mal humor.
Durante el tiempo en que la conocí, sólo la vi un poco abatida en dos
ocasiones, y esto me llamó la atención como algo completamente extraño
y sorprendente.
La
primera ocasión fue la tarde de la fiesta de despedida ofrecida por la
Legión en Regina Coeli al Padre Boylan antes de que se marchara a la
Cartuja. Los legionarios servían el té, utilizando grandes teteras.
Aunque Edel era una de las del comité organizador, se pensó que era
mejor no permitir que ella sirviera, porque las teteras eran demasiado
pesadas para ella.
Antes
de que empezara la fiesta, algunas de nosotras nos pusimos de acuerdo
para apoderarnos rápidamente de las teteras, en cuanto estuvieran
llenas, para que ella no pudiera tener acceso a ninguna. La
"conspiración" nos salió bien, y Edel tuvo que conformarse
con estar sentada junto a una de las mesas y dejarse servir como si
fuera uno de los invitados. Estábamos todas contentas con nuestro éxito
hasta el final de la fiesta, cuando ya estábamos poniéndonos los
abrigos para marchar. Entonces una de las que formaban parte del
"complot" se acercó a mí y me dijo: "Edel está muy
enfadada con nosotras por no permitirle ayudar con una de las teteras;
no nos dirige ni siquiera la palabra. Ven y mira si puedes hacer
algo".
Fui
y hablé a Edel, pero ella no me contestó. Entonces le dije: "¡Edel,
me dejas sorprendida!"; y realmente lo estaba, pues nunca había
visto a Edel enfadada de ese modo... Ella me contestó en un tono algo
enérgico: "Puedes estarlo".
Fue
todo lo que dijo. Evidentemente, en esa ocasión estaba dolida. Le habíamos
impedido dar la última prueba de gratitud a un sacerdote que la había
ayudado mucho, y al que ella se sentía muy agradecida. De todos modos,
nos acompañó de vuelta hacia casa, y su pequeña ráfaga de enfado había
desaparecido. Probablemente su emoción había sido demasiado fuerte
para permitirle participar en la conversación.
La
otra ocasión, de tipo más ligero, fue cuando fui a visitarle una tarde
en su propia casa. No tenía su habitual sonrisa radiante, y su expresión
general revelaba que se sentía molesta por algo. Le pregunté qué le
ocurría, y me dijo que se le había llamado severaménte la atención
sin que por su parte hubiera una verdadera falta. Lo consideraba injusto
y estaba dolida. Le di la razón, y le dije unas palabritas de consuelo.
Al cabo de pocos minutos su sonrisa y su encantadora expresión
volvieron a su rostro.
Con
mucha frecuencia, Edel tenía ataques de tos mientras hablaba. Sí otros
planteaban la cuestión o le preguntaban cómo estaba, acostumbraba
contestar: "Magnífico, gracias", y cambiaba de tema, a veces
preguntando por la salud de su interlocutor.
Cuando
la visité en el hospital, un par de días después, de que hubiera sido
ella operada de apendicitis, estaba sentada en la cama, sonriendo. Le
pregunté cómo se encontraba y me dijo que se encontraba como de
costumbre. Entonces observó que yo estaba resfriada, y me dijo, riendo,
que la enferma era yo, no ella, ¡y me dió unos consejos sobre cómo
curarme el resfriado!
A
veces me pedía que pasara la tarde con ella en su casa, cuando sabía
que una determinada amiga de su madre iba a estar allí. Quería mi
presencia para actuar de freno ante las efusiones bien intencionadas de
esa buena señora, que tenía la costumbre de lamentarse de la poca
salud de Edel y decirle a la Sra. Quinn todo lo que debería hacer para
cuidar a su hija. Edel lo encontraba de muy poco gusto, ya que hacía
mil aspavientos respecto a ella.
Comía
muy poco, y se abstenía de cosas normalmente necesarias para un
enfermo. No le proecupaba en absoluto saltarse una comida; esto ocurría
sobre todo en la primera fase de su enfermedad. Más adelante su
director espiritual le dijo que comiera carne, y que por la mañana se
levantara un poco más tarde, y así lo hizo.
Se
retiraba tarde a la noche, y se acostaba sobre una cama dura. Descubrí
este hecho incidentalmente un día, en su habitación;
estaba yo sentada en un extremo de su cama, y me incliné tocando con la
mano hacia el centro. La noté tan dura que exclamé: "¿Cómo
puedes dormir sobre una cama así? ¡Es dura como una tabla!"
Edel,
que estaba de pie frente a mí, se sintió un poco turbada ante mi
descubrimiento, y, tomándome del brazo, me llevó al otro extremo de la
habitación.
Es
muy posible que tuviera una tabla en su cama, porque algún tiempo después
de este incidente me contó cómo su hermano la había llenado de
confusión. Fue en tiempos del Congreso Eucarístico, cuando la gran
afluencia de visitantes había ocasionado un llamamiento a todos los
ciudadanos a ofrecer alojamiento en la medida de lo posible. Edel había
propuesto a su hermano que él durmiera en su habitación mientras ella
dormiría en cualquier parte, de forma que la habitación de su hermano,
que era mejor que la suya, pudiera ser ofrecida para algún visitante.
Su hermano se negó, afirmando: "¡No, gracias! ¡Tu cama
probablemente es un tablón !" Hasta ese momento Edel creía que su
hermano no sabia nada de sus aspiraciones espirituales o de su forma de
vida.
Cuando
ella y yo compartíamos habitación en unos Ejercicios en Baldoyle en
invierno, las monjas pusieron cada noche unas botellas de agua caliente
en nuestras camas. Lo primero que hizo Edel al entrar en la habitación
fue sacar su botella y ponerla en el suelo, donde se quedó hasta la mañana
siguiente. Durante los Ejercicios ella mantuvo perfectamente el
silencio, a pesar de que sólo éramos dos en la habitación. Fui yo
quien elegí compartir la habitación con Edel en esa ocasión; ella no
tuvo ocasión de elegir. Yo había organizado los Ejercicios, y había
tantos solicitantes, que las monjas pusieron a nuestra disposición una
habitación con dos camas, que no se ocupaba normalmente durante los
Ejercicios.
Cristo
dijo a sus Apóstoles un día que no le verían más y que su alegría
sería plena. Añadió: Y nadie podrá quitaros vuestra alegría (Jn.
16, 22). La alegría así prometida, evidentemente era el comienzo de la
"alegría del Señor", en la que los "siervos buenos y
fieles" serian invitados a entrar
Puedo
verdaderamente afirmar que nunca conocí a nadie tan radiante en su
expresión, tan llena de alegría y tan dulce y juguetona en su manera
de ser.
Un
día, cuando fui a visitarla cuando la familia Quinn todavía vivía en
su piso junto al mar, tuve que esperar en el rellano, junto a la sala de
estar, hasta que el ruido que los niños estaban haciendo dentro se calmó
un poco. Siguieron llegando hasta mí las carcajadas y pequeños gritos
de regocijo. Evidentemente tenía lugar un juego ruidoso. Luego, cuando
una pequeña tregua me permitió hacer oir mi presencia, se abrió la
puerta y salió Edel para hacerme entrar en el salón; su cara, cabello
y expresión general manifestaban que había estado tomando parte activísima
en la dIversión. Esto era típico de ella; era como un rayo de sol
irradiando luz y alegría dondequiera que estuviera.
Se
reía de todo corazón ante un chiste, o ante cualquier pequeño
incidente que tuviera una parte divertida. Ciertamente, a veces me hacía
el efecto de que ella reía un poco demasiado ante incidentes
insignificantes. Una vez le pregunté si ella era así por naturaleza, o
si cultivaba esa alegría como virtud. Me respondió que "tres
cuartas partes" era por naturaleza.
Me
di cuenta de que su gran alegría no se debía meramente a una disposición
naturalmente jovial, sino que probablemente bastante más de la
"cuarta parte" procedía del Padre de la Alegría, que
comunigaba Su propia alegría al alma de Edel. Evidentemente ella
cultivaba la alegría como virtud, probablemente queriendo parecerse en
esto a su modelo celestial:
Sta.
Teresita. Quizás ella se reía más en mi compañía, para curarme de
ser demasiado seria.
Antes
de que yo entrara en el convento, estábamos leyendo juntas un folleto,
y en él la alegría se mencionaba como una de las cualidades necesarias
para las postulantes. Dije a Edel:
Otro
día estábamos en la sala de espera de un médico. Teníamos la salá
para nosotras solas, hasta que un gato se decidió a entrar por una ventana. Edel inmediatamente pegó un salto y empezó a jugar con el
gato por toda la sala, ante mi fastidio, pues yo quería continuar
nuestra conversación. Después de unos breves momentos, se lo eché en
cara, pero no se paró en seguida. Entonces le dije: "¡Creo que
esto es ridículo!". Edel dejó entonces de jugar, pero dijo en un
tono ligeramente ofendido: "Creo que eres algo brusca".
Después
de su operación, me escribió diciéndome que el cirujano le había
dicho bromeando que, ahora que le habían sacado el apéndice, pesaba
menos de un lado que de otro. Añadió ella entonces divertida:
"siempre habías pensado que yo era un poco desequilibrada, y ahora
es un hecho". Desde luego yo nunca había pensado que ella fuera
desequilibrada. Mi sentido del humor estaba lejos de ser tan fino como
el suyo, por eso no siempre podía yo ver por qué ella tenía que
reirse tanto. Quizás, a veces, ella reía simplemente por pura
"plenitud de alegría". Probablemente ella se parecía a aquel
anciano monje irlandés que estaba siempre desbordante de alegría, y
quien al ser preguntado por la razón de su gran felicidad, respondió
que era porque poseía a Dios y nadie podía apartarle de El. Edel
hubiera podido dar la misma contestación a esa pregunta, si alguien se
la hubiera llegado a plantear.
Tuve
la oportunidad de comprobar que la radiante serenidad que se reflejaba
en su rostro no era meramente el efecto de un deseo de ser una compañia
agradable. Un día, yendo yo hacia Dun Laoughaire, en la parte superior
de un tranvía de dos pisos que pasaba delante de la casa de Edel, la vi
sentada en su habitación muy cerca de la ventana, ligeramente inclinada
sobre una mesa en la que estaba haciendo algo, probablemente escribiendo
o leyendo. Ella no me vió, pero yo la vi claramente y me impresionó su
expresión radiante.
En
aquella ocasión, como en realidad habitualmente, me pareció como si
estuviera revestida de la divina presencia. Esto era lo admirable en
Edel: a pesar de su buen humor,
Edel
tenía una especial estima de la obediencj~. PNfl elír, la
ot>e'~&'én cta no era una sumisión servil, sino simplem ente U
aMor en accióA, pires 'nos asegura hacer siempre lo que sefl inós
agnidahie a Dios Lo que Edel buscaba en la obediencia era simplemente el
cumplimiento más perfecto posible de la voluntad de Dios. Así la
obediencia y su amor a Dios eran una única y misma cosa.
Cuando
tenía un director espiritual, le obedecía en todo to que era necesario
para su dirección espiritual. Su director condujo a sus penitentes a la
práctica de las v;rtudes de la vida religiosa, en cuanto esto era
compatible con los deberes de sus respectivos estados de vida, aunque no
les permitió hacer el voto de obediencia a él. El insistía
especialmente en la práctica de la pobreza.
Creo
que Edel había hecho un voto de pobreza, por el que se obligaba a
someter, para su aprobación, todos los gastos que quería hacer para
sus propias necesidades, excepto en el caso de cosas pequeñas, tales
como medias. Era más bien la suma a gastar lo que se fijaba. Por su
sentido de la obediencia en este punto, ella adquirió una vez un equipo
de invierno tan poco atractivo e inadecuado para ella, que la familia
manifestó su desacuerdo. Ella siguió vistiéndose así durante todo el
invierno; pero, para Pascua, se presentó radiante, con un conjunto muy
a la moda y que le quedaba muy bien. Cuando me la encontré vestida así,
manifesté mi sorpresa. Edel se rió y me d4o que se había rendido ante
las protestas de su familia. No creía que debía continuar ocasionándoles
el disgusto que les había causado con su ropa de invierno.
Probablemente había llegado a un acuerdo sobre este punto con su
director.
Antes
de que yo entrara en el convento, estuvimos discutiendo una noche la
Regla bajo la que yo iba a vivir. Cuando yo le inidiqué cómo toda la
vida de los religiosos de nuestra Orden estaba regulada por la
obediencia, frecuentemente incluso en los detalles más pequeños, ella
expresó su viva satisfacción,
porque creía que, en una vida así, uno podría estar casi seguro de
hacer constantemente lo que es más agradable a Dios.
Otro
distintitvo admirable del carácter de Edel era su profunda humildad.
En ella tomó la forma de saber desaparecer, procurando pasar
desapercibida. Hacia todos los que se encontraban casualmente con
ella, y que tenían solamente un contacto superficial con ella, se
mostraba como una joven moderna, alegre, siempre riendo y haciendo
bromas, tomando un gran interés en cualquier asunto que pudiera
interesarles a ellos, ya sea noticias, o diversiones, o cualquier otra
cosa. Ella procuraba practicar así el consejo de Nuestro Señor:
Le
honorizaba ser objeto de especial estima. Dándose cuenta de que algunas
personas le manifestarían su admiración si conocieran su forma de
vida, hacía todo lo que estaba a su alcance para que no se trasluciéra
lo más mínimo cualquier práctica que sobrepasara los deberes
ordinarios de todos los católicos.
Incluso
sus amigos más íntimos desconocían en gran parte su vida interior.
Nunca nos hablaba sobre ésta directamente, sólo a algunos reveló
indirectamente las riquezas de su alma. Unicamente conozco una persona a
quien habló así íntimamente en mi presencia, una monja que había
sido profesora suya en la escuela. Me llevó un día con ella a
visitarla. Después de presentarme, dijo a la monja: "Es una de las
nuestras; podemos hablar"; y conversamos íntimamente sobre Dios y
la vida espiritual, exactamente igual como lo hubiéramos hecho si hubiéramos
estado solas.
Edel
me pidió que le repitiera a la monja un sermón que había oído sobre
la Pasión, que antes le había repetido a ella. El predicador, un
Carmelita Descalzo, había explicado la naturaleza siempre actual de la
substancia interior de la Pasión. El había señalado que, en lo que
respecta a Dios, los actos de la Pasión, están eternamente presentes.
El tiempo no cuenta. Podemos estar presentes en espíritu en el Calvario
cada vez
Generalmente
ella se esforzaba en ocultar las secretas aspiraciones de su alma,
incluso ante sacerdotes y monjas; quizás todavía más ante ellos,
porque, en su caso, el riesgo de atraer su aprecio hubiera sido mayor.
Observé
que, después de entrar yo en el convento, las cartas que me escribía
eran más corrientes que las que me escribía mientras yo estaba en
casa. Me di cuenta de que escribía así para evitar revelar algo de los
secretos de su alma a aquellos que sabía leerían la carta antes de
entregármela. Desde luego, como ya he dicho, incluso a mí me había
revelado muy poco, y ese poco sólo indirectamente. Ella creía que debía
guardar el "secreto del Rey"
Yo
siempre estuve convencida, a juzgar por su conversación y su vida, que
ella recibía gracias especiales en la opíción, gracias de luz y
contemplaciónl, que le permitan tener una comprensión más profunda que
la ordinaria sobre los grandes Misterios de la fe. Era extremamente
reservadti al respecto. Uno sentía que ella, probablemente, tenía un
secreto que esconder. Como la Virgen, ella guardaba todas las gracias
interiores que recibía, "ponderándolas en su corazón" (Lc.
2, 51).
Se
dice que María, la más humilde de las criaturas, proclamó en el
Magnificat que Dios había hecho grandes cosas en ella, de lo que parece
deducirse que no es necesariamente una falta de humildad dar a conocer
las gracias de Dios en nuestra alma. Con todo, ¿no es acaso conveniente
observar que María habló así a su prima Isabel sólo después de que
Dios mismo le hubiera revelado a Isabel la gran gracia concedida a
Maria? Anteriormente, con San José, María había guardado su secreto,
¡y a qué coste!
El
Magnificat fue más bien una explicación de ese favor, demostrando que
le hábía sido concedido sólo por el poder de Dios, que se había
dignado contemplar su pequeñez. ¿No fue acaso la intención de María
alejar de ella el honor que Isabel tributaba al verla? Sea como sea,
Edel se sintió más atraída de imitar el silencio de María con San
José, más que en su cántico con Sta. Isabel, aunque recitaba cada día
el Magnificat en nombre de María.
Toda
la vida y personalidad de Edel daban una impresión de transparencia;
algo en ella me hacía pensar en un diamante. Todas sus palabras, actos
y forma de actuar estaban marcadas por una pureza transparente.
Nunca,
ni por un instante, durante todo el tiempo que la conocí, llegué a ver
en ella algo que pudiera ofender en el más ligero grado la pureza angélica,
ni siquiera un chiste.
Una
vez me dijo que le gustaban los bailes. Manifestó su disgusto cuando un
joven sacerdote, amigo nuestro, expreso una condena general a los
bailes. Ella me comentó entonces que nunca había encontrado en los
bailes ocasión alguna de pecado para ella, ni riesgo de tentación. Más
tarde, ese mismo sacerdote modificó sus ideas, y dijo que, a la luz de
su reciente experiencia -probablemente como confesor-, estaba dispuesto
a admitir que el bailar no era necesariamente pecaminoso. Personalmente
no puedo dar ninguna opinión sobre el tema, ya que jamás en mi vida
fui a un baile.
Aunque
Edel era la persona más cordial que uno podría encontrar, y la más
afectuosa en su saludo, no demostró ninguna señal de sentimentalismo
blandengue. Su fuerte y puro 'imor se manifestaba de un modo que excluía
cualquier asomo de debilidad. Por ejemplo, ella no usaba expresiones de
ternura, ni abrazaba a sus amigas, excepto en ocasiones formales,
cuando, al encontrarse, un beso era el saludo convencional, como suele
suceder a veces entre mujeres.
Nos
unía a nosotras dos una amistad muy fuerte, pero nunca, excepto en el
tipo de ocasiones formales que acabo de mencionar, nos besábamos o
acariciábamos mutuamente, ni
Antes
de encontrar a Edel, muchas veces había ansiado tener una amiga ideal
con quien pudiera compartir mis más secretas aspiraciones. Me fue
concedido lo que anhelaba al encontrarle a ella; sin embargo, ella tuvo
buen cuidado de evitar que nuestra amistad fuera ocasión de herir los
sentimientos de sus otras amigas. Cuando alguna de ellas ocasionalmente
se unía a nosotras, inmediatamente, con gran cordialidad, ella hacía
sitio entre nosotras dos para la recién llegada. Esto, incluso me daba
la impresión de que yo ocupaba sólo un lugar secundario en sus
afectos.
Fue
sólo la víspera de mi partida hacia el convento cuando un comentario
hecho por la madre de Edel, durante una ausencia momentánea de Edel
mientras yo estaba en su casa, me aseguró de lo contrario. Comprendí
entonces que en las ocasiones antes mencionadas Edel había actuado por
virtud, no por naturaleza.
Como
ya he dicho, Edel había solicitado y obtenido la aprobación de su
director espiritual para nuestra amistad. Estoy segura de que, si ésta
no le hubiera sido concedida, la había roto.
Vino
a verme a Dun Laoghaire cuando me marché al convento, junto con mi
familia y otras amigas. No hizo ninguna demostración de pena; pero,
algunos días antes, me había obsequiado con una edición grande de la
autobiografía y de los escritos de Sta. Teresita, donde incluyó una
foto en cuyo dorso escribió la fecha fijada para mi partida y las
palabras: ¡Fiat voluntas tua! (Lc. 22,42).
De
camino hacia el convento pasé una noche en una casa religiosa. Sabiendo
que me detendría allí, Edel me mandó
Fue
sólo años más tarde, al leer la Vida de Edel escrita por el Cardenal
Suenens, que me enteré de la historia de sus relaciones con Pierre, su
pretendiente rechazado. Nunca me había hecho ni la más ligera alusión
al hecho de haber tenido alguna vez un asunto de ese tipo: Realmente me
hizo gracia cuando lo leí, y comprendí, mejor que nunca lo hice
mientras estaba con ella, la profundidad de su virtud. Es muy poco
corriente para una joven no hablar a sus amigas íntimas de alguna
oferta de matrimonio que reciba: es tan agradable para nuestro amor
propio, aunque uno no tenga intención de aceptarla.
También
me quedé más bien sorprendida de leer que Edel hablaba mucho sobre su
familia con algunas personas. Conmigo hablaba poco de ellos, pero
pudiera ser que esto fuera porque yo los conocía personalmente. Me
inclino a pensar que con algunos ella hablaba de ellos para dar gusto a
su oyente. Siempre procuraba hablar de aquello que sabía resultaría
interesante para el otro.
Ella
amaba muchísimo a su familia, y tenía la costumbre de pedir oraciones
para cualquiera de sus miembros que estuviera enfermo o pasara alguna
necesidad especial. Me había comentado la añoranza que sentía del
hogar, y cómo lloraba cuandó tenía que dejarlos para volver a la
escuela. También, por ejemplo, me comentaba cualquier suceso
extraordinario de la vida familiar, como, por ejemplo, cuando sus
hermanas iniciaban un nuevo trabajo. Pero no era su costumbre sacar a
relucir su familia como tema de conversación.
Mirando
hacia atrás, puedo afirmar sinceramente que Edel Quinn dejó una marca
indeleble en mi vida. Era como una luz brillante que iluminaba a cuantos
se acercaban a ella, pero más especialmente a sus amigos. Esa luz no
daba sólo claridad, sino calor, el calor del amor. Puedo todavía
sentir sus efectos. Su amistad fue una fuente de constante alegría y
felicidad. Uno no podía dejar de ser mejor por haberla conocido, por lo
menos así me parece a mi.
Conociendo
a Edel, llegué a un más profundo conocimiento del indecible encanto y
atractivo de Nuestra Señora. Un día tuve una intuición sobre la
belleza y encanto de María, como una ampliación del encanto y del amor
que irradiaba Edel. En ese momento la Virgen me pareció más
maravillosamente hermosa y atractiva de lo que me había parecido
anteriormente.
Mi
primera reacción fue la de rechazar esa intuición, como si fuera
"demasiado buena para ser verdad". Pero luego pensé: "¿Por
qué ha de ser demasiado hermosa para ser verdad? Si ella, una jovencita
normal, era tan deliciosamente dulce y encantadora debido a su intensa
unión con Jesús, ciertamente la Santísima Virgen, Madre de Jesús,
debe serlo incomparablemente más. "Así, Edel fue para mí una
ocasión indirecta e inconsciente para un conocimiento amoroso de María,
mucho mayor y, creo yo, mucho más verdadero de lo que de otro modo
hubiera podido tener.
Con
frecuencia rezo a Edel, y he recibido muy importanes y preciosas
favores de naturaleza espiritual que atribuyo a su intercesión. Sin
embargo, no entran en la categoría de un milagro que pudiera servir
para adelantar su causa de beatificación.
Lo
que me parece lo más maravilloso de Edel es la perfección con la que
lograba armonizar elementos aparentemente muy contrarios: el atractivo y
maneras de una joven moderna de su tiempo, y una profunda vida interior;
la sabiduria de un anciano, y el carácter juguetón de un niño; un espíritu
de austeridad, y una amabilidad delicada, constante
A
Jesús por María
Vuestras
oraciones, hechas muy en serio y con perseverancia, por la feliz
resolución de la Causa de Canonización de Edel
Quinn, son de vital
importancia. Se recomienda la siguiente invocación.
Padre
Celestial, te doy gracias por la gracia que concediste a tu sierva Edel
Quinn de esforzarse por vivir siempre en la alegría de Tu presencia,
por la radiante caridad infundida en su corazón por Tu Espíritu Santo,
y por la fortaleza que ella obtenía del Pan de Vida para trababajar
hasta la muerte por la gloria de Tu nombre, en amorosa dependencia de
María, Madre de la Iglesia.
Confiando,
oh Padre misericordioso, en que su vida te fue agradable, te ruego me
concedas, por su intercesión, el favor especial que ahora imploro, y
des a conocer por medio de milagros la gloria de la que ella goza en el
Cielo, de forma que pueda ser glorificada también por Tu Iglesia en la
tierra, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Se
ruega informar sobre los favores atribuídos a la intercesión de Edel
Quinn a:
LEGION
OF MARY
De
Montfort House,
North
Brunswick Street,
Dublín
7, Irlanda
Permissu
Ordinarii Dioec., Dublinen, die 5 Septembris 1966.
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