¿Qué dará un hombre por un alma?
Por FRANK DUFF
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San Francisco Javier, escultura de la Real Congregación San Fermín de los Navarros.Es un gozo indescriptible ver cómo la Peregrinatio pro Christo ha progresado sobre manera. Su crecimiento es más que numérico. Muchos lugares que la han recibido están ya irradiando sus propias luces que pronto se harán fuegos inapagables. Es un crecimiento que bien podría llamarse geométrico, que le llevará a multiplicarse en proporciones inconcebibles, en forma semejante a lo que comenta la anécdota de aquel emperador oriental que quiso remunerar a su médico por una curación. El emperador pidió a éste que él mismo señalara la recompensa. El médico mostrando un tablero de ajedrez que se hallaba delante del monarca dijo: "Un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, tres por la tercera y así la última". El emperador se rió de la propuesta hasta que vinieron sus matemáticos y le demostraron que con todo el trigo del reino no alcanzaría a pagarle.

Esa proporción de crecimiento es necesaria al apostolado católico. He citado las matemáticas con relación a un tablero de ajedrez del mundo. Esa ciencia nos dice que si el catolicismo sigue disminuyendo en proporción a la población mundial en el tanto que ha prevalecido en los siglos recientes, habremos bajado al 5% al final de este siglo. En los asuntos humanos esto querría decir una pronta extinción, la que no podría darse en nuestro caso por la promesa divina. Sin embargo es una perspectiva intolerable, pues está en franca oposición al programa católico que nos confiaran los mismos labios divinos. Ese programa mira a una conquista universal, a un ir a todos los hombres para entregarles el mensaje cristiano y, presumiblemente, para convertir a muchísimos de ellos. Pero este descender hasta el 5% querría decir que ni siquiera tendríamos derecho a llamarnos católicos, pues católico significa universal. Se impone, pues, la necesidad de una grande y bien determinada movilización de la Iglesia. La Peregrinatio se ha mostrado ya como una digna parte de esta movilización.

No son sólo los territorios paganos los que merecen atención. Dentro mismo de la Iglesia hay muchas vidas de la más pobre calidad. Sería moderado decir que la mitad de los católicos practicantes solamente creen a medias. La Peregrinatio debe tratar de inspirar en los católicos despiritualizados sus vehementes convicciones.

¿Qué dará un hombre por un alma? Cierta vez San Francisco Javier contestó a esta pregunta con esta súbita respuesta: "Viajar por todo el mundo, sufrirlo todo, y al final de todo esto ganarse un alma, ¡oh qué triunfo!" La Peregrinatio quisiera ser el eco de este grito. También ella se ha sentido apremiada por las almas y se ha lanzado a viajar por ellas. Y pronto la Peregrinatio tomará gigantescas proporciones. Aquí una advertencia. La cantidad es cosa secundaria. La calidad en cambio es lo principal y debe buscarse en todo tiempo. Todo comienzo tiene un rasgo de calidad. Un primer aventurarse a lo desconocido puede representar heroísmos de fe y valor. Pero a poco del principio ya no se está a la misma altura y no se da otra cosa que un simple desempeño respetable. Es indispensable que la fe se mantenga siempre en tensión. En otras palabras, debe darse un aventurarse en forma progresiva. Progresivo hacia ¿qué?

La campaña tanto de fe como de dimensión debe estar caracterizada por una justa proporción con la tarea tal como nos la entregó el Señor: "Llevad la buena noticia a toda criatura". La población mundial según final de este siglo se habrá duplicado. Las perspectivas y métodos presentes deben mejorarse inmensamente para un acercamiento efectivo a tan grande multitud. Una vez que es tal el programa que se está presentando a realizar, es de mi deber deciros unas palabras acomodadas a vuestro espíritu. Ninguna otra cosa se os debe proponer que los nobilísimos ejemplos que la Iglesia ha venido produciendo durante las edades. Esto quiere decir que debéis sentiros apremiados a salir y obrar en igual forma. Pero al mismo tiempo tiemblo que os atrincheréis en mis palabras y procedáis a hacer las mismísimas cosas.

Ya me parece estaros oyendo: "es que decís realmente que las directrices dadas por los santos no pasan de ser sino ornamentales y que no deben ser propuestas en serio de miedo que la gente los imite".

Esta desafilada objeción me pone en los afilados cuernos de un dilema. Un cuerno es el que representa la dirección de Nuestro Señor, que nos manda un acercamiento a todos los hombres, y los esfuerzos de los santos en obedecer a este mandato. El otro cuerno es el de una filosofía de exagerado recelo hacia las almas, tan de boga en nuestros días, cuya característica clave es la inseguridad, y cuyo adjetivo favorito es "prudente". Su lenguaje es una especie de contradicción formulable más o menos en estos términos: "íd y lanzaos a grandes aventuras, pero eso sí tened mucho cuidado de no fracasar. Sed heroicos hasta el punto en que hay amenaza de peligro. Manifestad una fe ciega; pero eso sí tened los ojos bien abiertos, no sea que os salgáis de los caminos trillados".

¡Qué ridículas contradicciones! Es la subordinación de las operaciones divinas a las reglas de la prudencia humana. Sin embargo estas son las actitudes de hoy. Y es por esto que la Legión se siente recelosa de hablaros en los términos del gran entusiasmo de los santos. Si algo de desafortunado llega a aconteceros a alguno de vosotros en la Peregrinatio, de inmediato se denunciaría como el resultado del atrevimiento legionario. Sólo que semejante grito denunciador iría propiamente contra las maneras clásicas del auténtico cristianismo puestas de manifiesto en cada página de la historia de la Iglesia.

Os estoy hablando según la fórmula propuesta por León XIII citada en el Manual: Saber evitar la prudencia del mundo, pero evitar también un mero atrevimiento. La fe, el amor a María y la obediencia serán siempre vuestra consigna, con la que iréis muy lejos como lo habéis venido haciendo. Muchas de las cosas que estáis realizando ahora se habrían considerado hace siete años como una extravagante osadía, pero se ha visto que son cosas fáciles y hacederas. Nadie se ha hecho mártir con ello.

El pensamiento que me viene sobre vosotros es este: ¿Qué pensaría San Francisco Javier de vosotros, si su visión hubiera avanzado hasta vuestro tiempo? Os aseguro que una vista semejante le hubiera conmovido agradablemente, porque representáis algo que no se pensó en su época, como es la entrada de la gente ordinaria en el trabajo directo de las almas. El santo tenía una tremenda necesidad de tales ayudas, pero entonces éstas no se daban. Si él hubiera tenido una ayuda de esta clase habría multiplicado su campo de acción mil veces más, y la historia del Asia habría sido diferente.

He estado mencionando a San Francisco Javier y quiero ahora proponéroslo como modelo en vuestra obra. El fue un digno sucesor de los monjes de Occidente, como los llama Montalembert, que atravesaron el continente de Europa para su gran aventura, la Peregrinatio por Christo, nombre con el que habéis asumido vuestro apostolado. Eso pasó cuando el imperio romano había caído y en su lugar se puso el barbarismo, cuando la cristiandad era, en palabras de Pío XI, una causa pérdida humanamente hablando. Como los Reyes Magos, aquellos monjes tuvieron una visión y la persiguieron. Se abrieron paso a través de todos los obstáculos, y reconstruyeron la fe cristiana.

Del mismo molde fue San Francisco Javier, que siglos más tarde se puso a viajar en la misma forma por Cristo. Nació en 1506, en Navarra de España. Su lengua fue la vasca que todavía subsiste. En su último delirio balbuceó en esta lengua. En 1525 fue a la Universidad de París, donde permaneció doce años. Obtuvo su grado de Maestro y hacía alguna enseñanza. En este tiempo la Universidad tenía unos cuarenta y cuatro mil estudiantes en cincuenta colegios. Estos estudiantes venían de muchas naciones y hablaban una sola lengua, el latín. Entre sus contemporáneos estaban los Presbiterianos, Calvino y Buchanán. La Reforma había brotado ya y estaba a punto de alzarse vigorosa. San Francisco Javier tropezó y conversó con ellos. Pero su fuego se hallaba todavía como debajo de ceniza.

La generalidad de sus biógrafos pintan a Francisco Javier como un hombre de fuertes ambiciones mundanas en lucha por conseguirlas. Pero una vida moderna le pinta más bien como pasando más o menos el tiempo y con ningún programa particular para el futuro. Hay verdadero contraste entre su posición y el potencial que había en su ánimo. Francisco Javier era un individuo reservado cuyos modales no invitaban exactamente a un acercamiento. Más o menos perdido en la masa, no había nada en su comportamiento que hiciera discernir la poderosa fuerza escondida en él. Por eso nadie se dedicó a él hasta que lo hiciera San Ignacio. San Ignacio vio y finalmente hizo la conquista. San Francisco Javier estaba totalmente ganado a la causa de Cristo.

Aunque los detalles de una vida tan grande son de verdad estimulantes, no puedo hacer otra cosa que pasar rozando por los años. En 1534 se hicieron los primeros votos por el primer grupo de Jesuitas en Montmartre. Pedro Fabro(*) era el único sacerdote entre ellos; era él quien decía la Misa. Ignacio y Francisco Javier fueron ordenados sacerdotes el 24 de junio de 1537, tal como juntos fueron canonizados luego de grandes milagros.

Europa era entonces un verdadero remolino, donde la fe y las costumbres habían sufrido gravísimos daños y disminución. Los Reformadores estaban en todo el fervor de su obra, explotando exitosamente la situación del momento.

Este pequeño grupo se lanzó a lo más recio del conflicto. Poniéndose uno a recordar esto, se halla mucha afinidad con la Peregrinatio, con la única excepción de que en la gente de aquel tiempo había más fe y más miseria.

Dejándose llevar por la conducción del Espíritu Santo, buscaron toda oportunidad para hablar a las almas acerca de Dios y de la Iglesia, realizando servicios en favor de aquellas almas para probarles el amor que les tenían. Con gozo se sometieron a las penalidades, sufrimientos, fracasos que les sobrevenían como consecuencia propia de su peregrinar. Actualmente sería difícil encontrar algo paralelo a sus privaciones. Aquellos fueron días de fiebre sin medicación, de pobreza sin alivio y de toda clase de fracasos entre la gente.

Dondequiera que se hallara San Francisco Javier enseguida de la santa Misa, volaba a mezclarse entre la gente para conversar, enseñar, oír confesiones, así fuera todo el día si las necesidades lo exigían, catequizando a los niños y a los adultos. Era ciertamente verdad que cada aliento suyo se lo ofrecía perfectísimamente a Dios. Fue en medio de estos trabajos cuando le llegó la tremenda llamada a la obra de su vida.

El Rey de Portugal acudió a San Ignacio pidiéndole misioneros para la India. Fueron dos los señalados, pero intervino lo impensado, y ninguno de los dos pudo ir. Lo mismo que en el caso de San Patricio, cuando el designado fue San Paladio, pero a quien le tocó propiamente viajar fue a San Patricio. Ahora el que tenía que ir era San Francisco Javier.

San Francisco Javier fue designado a las Indias en 1540. Cuando el Rey de Portugal pidió que los misioneros que iban a viajar a las Indias partieran desde Lisboa, Francisco tuvo que ponerse en esta ciudad desde Roma, cubriendo una distancia de dos mil millas a caballo. Luego siguió su viaje largo y peligroso por mar. Oh, cuando uno lee los detalles de tan terrible viaje al Oriente, se siente el contraste con vuestros lujosos viajes por barco y más lujosos todavía por aire. Claro que esto no disminuye vuestro don, pues usáis los medios que se os brindan en la actualidad, y no podéis perder un minuto de vuestro limitado tiempo. Pero con todo pensad en lo que él tuvo que hacer.

Unas mil personas se encontraban en aquella embarcación, de dimensiones pequeñas, desprovista de higiene, que hoy no conseguiría permiso para viajar con una fracción de aquel número. Para una persona de constitución delicada como Francisco Javier lo más penoso debió ser la inevitable hediondez a la que todo contribuía, especialmente la mucha enfermedad, como el mal de mar, la fiebre y otras tantas miserias. Para colmo de males no había médico a bordo. Aquí nuevamente Francisco Javier estuvo a disposición de todos, enseñando, consolando, brindando toda suerte de servicios según la necesidad de cada uno. Hizo un impacto prodigioso en todos. Era tal su manera de vida y su humilde acercarse que había por dónde achacarle motivos impropios. Innegablemente era un santo, amante de Dios, representante de Dios, dador de Dios. Eso fue todo. Todo el mundo le escuchaba y se conmovía.

Después de tan penoso viaje que duró más de un año, llegó a su destino. Comenzaba su verdadera misión. Fue en Goa. Este territorio presentaba el más reciente campo de colonización. Portugueses y españoles fueron los primeros en abrir este mundo escondido. La conquista, el comercio, la colonización se implantaron automáticamente. Hay una cosa que es necesario recordar en favor de estas naciones. Aunque sus conquistas fueron ensombrecidas por feas acciones y manchas inquitables, sin embargo se hizo correr por aquellas regiones torrentes de fe y de creencia en la Iglesia. Muchos de sus gobernadores tocaron las cumbres de la grandeza moral, siendo por todo esto por lo que se han distinguido de los demás pueblos colonizadores. San Francisco Javier se aprovechó de esta situación.

Comenzó su empresa con el ardor de siempre y así continuó con una presión de entusiasmo humanamente imposible, sin jamás decaer. Sería de verle: su forma y rostro delgados, sus vestidos desgarrados, su equipaje miserable- propiamente sólo lo necesario para la Misa y un paraguas para defenderse de las lluvias torrenciales y del calcinante sol. Se dice que llevaba siempre consigo un poco de cuero para componer sus botas. Acostumbraba andar descalzo, pero a veces tenía que calzarse por las difíciles circunstancias de calor y suelo. Debido al extremado calor con sus consiguientes molestias y a tremenda abundancia de sabandijas, mosquitos, hormigas e insectos de toda clase, puede decirse que San Francisco Javier pasó su vida en las circunstancias de la cuarta plaga de Egipto.

Nunca se dio un debido descanso. Se le oyó ordinariamente rezar a la noche cuando los demás se habían retirado. Se acostaba una o dos horas para darse un sueño; luego se levantaba para proseguir su existencia sobrehumana. Estaba consumido del amor de Dios. Era este amor el que le guiaba y le ponía a disposición de todos.

Vino al Cabo Comorín en 1542, a Malaca en 1545, a Ceylán en 1548 y a Cochín al fin del año. En todos estos lugares, según testimonio fidedigno, hizo milagros que atestiguaban su predicación. En un lugar, una terrible pestilencia cesó en el mismo día en que él entraba. Resucitó a muchos de la muerte. Su proceso de canonización refiere cuatro resurrecciones. Tenía una rara facilidad para dominar bastante el idioma de cada lugar, con lo que podía llevar adelante su obra. Siempre se ha creído que esto representa el don de lenguas. Uno de sus biógrafos atribuye esto a su prodigiosa memoria y capacidad; lo que, a decir verdad, no nos satisface a muchos de nosotros.

Francisco Javier sabía los nombres de personas con quienes nunca se había encontrado, y así podía saludarles por el nombre. Repetidas veces pedía oraciones para personas que declaraba habían ya muerto, lo que se podía comprobar más tarde. Una vez que viajaba en un barco, un crucifijo muy apreciado por él, se le deslizó de su vestido y cayó al agua. Al día siguiente un cangrejo avanzaba a la orilla del agua llevando en sus tenazas el crucifijo perdido y se quedó esperando hasta que alguien lo descargó de su peso y se volvió nuevamente a su morada acuática. El moderno irrespeto de lo milagroso no os ha de llevar a reiros de estos prodigios. Lo maravilloso es parte integral de la fe cristiana, y se lo debe esperar especialmente cuando se trata de dar testimonio de la verdad de la fe.

En todo lugar trabajaba con un apasionado sentido de urgencia. Puede decirse realmente que tenía hambre de almas. Se refiere que cuando él iba de lugar en lugar lo hacía corriendo a veces y conversando con la Madre de las almas acerca de las necesidades de éstas e implorando su intercesión en favor de ellas. Las necesidades de la gente estaban agudamente presentes en su memoria, y estaba lleno siempre del deseo de moverse a otro lugar. Pero esto mismo le apenaba grandemente. No quería nunca dejar sin un sacerdote a los que había evangelizado y por eso se pasaba escribiendo a casa en demanda de misioneros. Declaraba que de buena gana haría una gira por las universidades de Europa para hacer que sus pensamientos se dirigieran a la necesidad de sacerdotes en el Extremo Oriente. Miraba como un triunfo cuando recibía un sacerdote, y su gozo se pasaba de medida si eran dos o tres los que había conseguido. Les instruía en sus métodos y les dejaba luego desempeñarse a su manera. Luego sentía el impulso de poder al fin moverse a otro lugar. Sus pensamientos eran con alas. Volaba a las fronteras de los territorios recientemente descubiertos y se iba en su imaginación hasta lo absolutamente desconocido.

En 1548 halló un japonés, Angero, que le incendió en deseos grandes de ir al Japón. Y allá fue en 1549 con una permanencia de más de dos años. Luego volvió a la India desde donde nuevamente visitó el Japón, esta vez con el ideal de entrar un día en la China.

En el Japón su obra se dirigió a hacer un sin número de conversiones. Después procedió a probar la realización del capítulo final de sus ambiciones. China era entonces la tierra del misterio y de la fantasía, un territorio de millones de almas, con su propia y peculiar civilización. Sentía urgencia de ir allá, porque le era evidente su próximo final. No tenía más que 45 años, y ya era un hombre envejecido y desgastado. Cómo pudo ir hacia allá, nadie lo supo. Llegó a la costa de la China, pero su desembarco era ilegal. El emperador había prohibido recientemente la entrada de los portugueses, que fueron los que descubrieron el país y comenzaron a visitarlo en buen número. De modo que San Francisco Javier fue rápidamente cogido y expulsado. No fue más lejos. Desembarcó en la pequeña isla lejana de la costa desde la cual era totalmente visible el inmenso territorio chino. Allí esperó oprimido por la fiebre, torturado por el paludismo, enfermo en cada fibra y órgano de su cuerpo. Pero impávidamente busco la oportunidad de introducirse secretamente en la China. Sin duda alguna estaba ansioso de ver su exhausta vida extinguida finalmente por la violencia. De ello hablaba a menudo, diciendo: Cuántos aspiran al martirio la gloria de consumir sus vidas por Jesús y por la buena, la dulce y todopoderosa Madre de Jesús. Este era su gran deseo. Pero le tocó morir en la pequeña isla de Sanchón. Este final creo que es la pintura típica de toda vida: ¡morir con ambiciones no realizadas, morir con el fracaso ante los propios ojos; morir como nuestro Maestro en público fracaso! Pero ¿era esta muerte ciertamente un fracaso? ¿Hubo fracasos en todo lo que hizo? Imposible hablar aquí de fracaso.

Precisamente esta decepción de no ganar la China llevaba el sello divino. Es un hecho admirable que el día en que San Francisco Javier expiraba, nacía un niño en Italia destinado a asumir su obra donde la había dejado, o sea destinado a entrar en la China y comenzar a evangelizarla. Ese niño fue el Padre Matteo Ricci. Mirando con amor a su siervo Francisco a quien se lo llevó a su lado, Dios ratificaba su misión, aprobaba su ambición y proveía su sucesión.

Sancian.- El pequeño termplo está construída en el lugar donde murió san Francisco Javier.Algunas de sus maneras han provocado la crítica, pues no están conformes con las ideas modernas. El era una persona que bautizaba sin mayor espera. Tenía un don extraordinario de mover a la gente. Los que se le acercaban sentían la santidad, la sinceridad y el amor que brotaban de sus ojos. A la gente le encantaba escucharle y dejarse mover por él. Lo que él hacía era ir al pueblo, enseñarle los rudimentos de la religión y rezar en su propia lengua y luego bautizar a los que creían. A menudo se veía precisado a apartarse de los fieles y dejarlos. Una escuela de pensamiento diría que San Francisco Javier no habría debido hablar a esa gente; que mientras no tenía seguridad del éxito de su obra no debía emprenderla. En otras palabras, que el Evangelio ha de reducirse al exclusivo nivel del planteamiento humano.

Pero el bautismo es más que una ceremonia por la que se hace hijo de Dios. Es también la adopción de un alma de parte de Dios como hijo suyo, y por lo mismo le confiere un derecho a sus cuidados de Padre.

Podemos estar seguros que San Francisco Javier se supo trazar líneas certeras para su acción. Sabía lo que hacía llevándolo a cabo con exacta observancia del camino que hace lograr una cosa. Fue a la isla de Manar, lejos de la costa de la India y convirtió a toda la población. Después de trabajar allí por un tiempo relativamente corto, bautizó a todo el pueblo. Luego tuvo que partir. Pero queda el hecho que después no más de pocos meses, setecientos de aquellos fieles entregaron sus vidas en martirio por la fe que tan de prisa la habían recibido.

Lo mismo podría decirse en una escala más grande de las conversiones efectuadas en el Japón. Después de algunos años el gobierno de aquel país quedó alarmado del sorprendente desarrollo de la fe cristiana y promulgó una ley contra los cristianos con pena de muerte para quienes no renunciaran. Se hizo imposible realizar un interrogatorio individual a causa del número. Y así el gobierno escogió un método rígido y rápido para establecer la fe o no fe de los habitantes. El método consistió en encerrar a todos en ciertos sitios, luego ordenarles salir por determinadas salidas en cuyo suelo se hallaba una gran placa de hierro con la imagen de Jesús Crucificado, para que los que iban saliendo la fueran pisando en señal de apostasía. Esto no inquietó, como es natural, en nada a los paganos, y da pena decirlo, tampoco a los mercaderes protestantes europeos que ya los había muchos en el Japón. Se negaron a salir los católicos por no pisar la sagrada imagen de Jesús y allí mismo en su encierro fueron masacrados.

Un histórico acontecimiento ilustró la tenacidad de aquellos recientes cristianos. Había un lugar cristiano que no había sido visitado por la muerte de martirio por estar escondido entre montes. Su sacerdote dijo a los fieles que un día vendría otro sacerdote a ellos y volvería a celebrar el Santo Sacrificio, y que entre tanto ellos debían mantenerse en su fe con lealtad. Dejó fundado un Consejo de Ancianos cuyo deber sería administrar el bautismo, enseñar el catecismo dirigir el culto que sustituyera a la Misa, gobernar la comunidad. Durante trescientos años mantuvieron con fidelidad las costumbres cristianas, al cabo de los cuales el Japón se abrió nuevamente a los misioneros. Un viajero que entonces llegó a este extraño lugar se puso a observar su iglesia y su conducta y les dijo que en un lugar cercano había una iglesia igual a la de ellos. Esto les conmovió. El Consejo de Ancianos consideró la noticia y se envió una comisión para cerciorarse. No bien llegaron los comisionados se pusieron a examinar la iglesia enteramente. Lo que vieron les agradó, y entablaron conocimiento con el misionero contándole su extraña vida de católicos. Como resultado de este encuentro recibieron sacerdotes que restauraron totalmente el culto católico. No hay en la historia un lugar tan marcado por la tragedia como éste, con un martirio parecido al de los Santos Inocentes, pues esta ciudad es precisamente la borrada por la bomba atómica, y su nombre es ¡Nagasaki!

San Francisco Javier no dudaba que la salvación es el objetivo de la Iglesia católica, y que para ello es necesario morir como miembro visible de la Iglesia y fiel participante de sus Sacramentos. Para nosotros nos desconcierta el que San Francisco aseguraba que ciertas personas que no habían muerto en estas condiciones se encontraban en los infiernos. Ahora la Iglesia no le permitiría una tal afirmación, pues hay la esperanza de que muchos que se hallan visiblemente fuera del seno de la Iglesia se salven. Pero esto es cosa que está en las manos de Dios, y de lo cual nada podemos saber.

Una cosa debe quedar bien clara: el Catolicismo es la Iglesia de Cristo; sus enseñanzas y su potencia salvadora son únicas.

Sería una gran impiedad dar el mismo poder salvador a otras religiones que desprecian el valor del Bautismo, la Eucaristía, la Misa, a Nuestra Señora, etc., o decir que es innecesario que los hombres acepten un código de fe y de moral.

Vuestro propio idealismo y vuestras actuaciones dependen de vuestro mirar a la Iglesia como dadora de tesoros que no pueden conseguirse por otro medio. Si los hombres tuvieran razón en todas sus nebulosas creencias y en hacer lo que les viene en gana, entonces sería una locura para vosotros entregaros a tantos sacrificios, abrasaros en tantos fervores y consumir vuestra vida con lenta tortura al modo de San Francisco Javier.

De modo que creed más bien con todo vuestro corazón que no podéis ofrecer al mundo beneficio más grande que la Santa Iglesia Católica. Esta fue la convicción que mantuvo sin descanso a San Francisco Javier, cuya maravillosa vida no tuvo ningún otro objetivo, cumpliéndose en ella aquella exclamación del principio: viajar por todo el mundo. Todo lo sufrió bajo el sol con tal de ganar almas para Cristo.

En él tenéis un modelo incomparable para vuestra obra, un hombre cuyo solo nombre es una consigna para todo esfuerzo misionero.

Se asemejó a San Pablo y a San Jerónimo, y he de decir también a San Columbano, el patrón especial de la Peregrinatio pro Christo.

 

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Sacerdote co-fundador de la Compañía de Jesús más conocida como la orden de los jesuitas. Fue canonizado en el 2013 siendo uno de los Santos jesuitas del grupo de cofundadores.