Se nos mandó: Puede hacerse; pero falta liderazgo
Por FRANK DUFF
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El lugar de la escena es el Monte Olivete y el Señor y sus fieles están en lo más alto. Los artistas lo han pintado siempre así; en parte, el efecto dramático lo requería; pero, realmente, esa interpretación es correcta porque el camino que viene del este, desde la ciudad, y que normalmente tomaban el Señor y sus seguidores, pasaba por la cumbre. Habría otra razón por la que pronuncia aquel colosal mandamiento que vosotros le vendría la fama de ser el lugar de la Ascensión.

Ya en la historia sobresalió como el lugar en que el rey David solía dar culto a Dios, quizá porque desde aquel punto dominante contempló el Arca de la Alianza acercarse a Jerusalén. Posteriormente sirvió como lugar de devoción especial. Ofrece un perfecto panorama del territorio circundante. Desde allí se dominan los lugares que desempeñaron un papel importante en el drama Redentor. Debajo se despliega una especie de geografía del Evangelio, en la que figura el lugar de la agonía y prendimiento del Señor, de su lamentación sobre Jerusalén, la cueva en la que tenía sus charlas con sus discípulos, la tumba de la Virgen y Betania.

Aquel jueves extraordinario había un sol radiante en un cielo casi sin nubes. Sabemos esto por la estación del tiempo y también porque los Hechos de los Apóstoles nos dicen que, cuando Jesús se elevó, una nube lo recibió en su seno y ya no se le vio más.

No podría imaginarse un espectáculo más imponente. El Hombre que había resucitado de los muertos está ante ellos, cumplida su misión hasta el último detalle. Está a punto de volver al Padre, que le había enviado. Acaba de prometer que enviará aquel ser misterioso que Él llama el Paráclito.

Su aspecto debía ser completamente celestial, pues las puertas del cielo están abiertas para recibirle y en él debe haber un anuncio de gloria. Aún en la vida normal, había habido algo intangiblemente extraordinario en todo Él. En la Escritura aparece la frase de que ningún hombre habló como Él. En todos sus actos y palabras su personalidad impresionaba a todos los que llegaban a estar en contacto con Él, a los grandes gobernantes, como Herodes y Pilato, tanto como al pobre mendigo o al ladrón que está junto a Él en la cruz. Las circunstancias no afectaban a aquella fuerza suya. Se manifestaba, tanto cuando estaba resucitando a los muertos como cuando Él mismo estaba muriendo. Aquel magnetismo arrastraba a las muchedumbres tras sí, pendientes de sus palabras, así como una palabra suya hacía que otros abandonasen sus posesiones para seguirle.

Ahora está en el Monte Olivete y a punto de pronunciar sus últimas palabras en la tierra. ¿Qué clase de pensamientos hay en las mentes de aquellos que escuchan? ¿Son capaces de pensar siquiera en un momento de importancia tan impresionante? En aquel marco con todos los ojos y oídos dirigidos atentamente a Él pronuncia aquel colosal mandamiento que vosotros habéis tomado como lema: que hay que buscar a todos los hombres de la tierra y ofrecerles el Bautismo.

¡Qué encargo más abrumador el que se da a un puñado de personas sin influencia! Como os he indicado en alguna ocasión, el mundo era entonces una incógnita. La orden de que tenían que ir hasta los confines del mundo llevando el mensaje del Evangelio a cada persona les habría parecido menos posible de realizar que si se les hubiese dicho que tenían que llevarlo más allá de las estrellas. Nosotros tenemos al menos una noción de lo que es el universo, y la ciencia muestra claramente la posibilidad de maniobrar en él.

Mas ahí estaba. La figura a quien amaban y en quien creían con todo su ser les ha dado esa orden. Nadie soñó siquiera con ponerla en tela de juicio. Las cosas han ido mucho más allá. Asienten. Pero eso es todo lo que pueden hacer. Hay que preguntarse si sus mentes eran capaces de hacer frente a la inmensidad de lo que se les había dicho. Quizá todo lo que pueden comprender por el momento es que vendrá el Grande no muchos días después, el cual les dirá lo que han de hacer e inaugurará la próxima y extraordinaria etapa.

El Señor les dio su última bendición. Luego partió de la tierra, y en un instante la nube le envolvió. Los había dejado. No se nos dice cuál fue la primera reacción, pero podemos adivinarla. Cuando su figura, que se elevaba, no retuvó ya la absorta atención de los discípulos, la mirada de éstos se concentra inmediatamente por supuesto en aquella para quien estos acontecimientos significaron más. Está con ellos todavía y con una influencia sobre ellos mayor que antes. Es la Madre, que ha sido dejada en la tierra para cuidarlos. Ella perpetúa a Jesús entre ellos como la luna prolonga la luz del sol. Será el pilar de fortaleza, el refugio en toda necesidad. Ahora precisamente, cuando todos los ojos se fijan en Ella, vuelve a equilibrar sus mentes asombradas y aturdidas.

¿Cuáles habrían sido sus sentimientos en aquel momento? Debieron afianzarse en Ella, si pudiésemos hablar así con relación a la que fue la misma fe, la paz misma. ¿Sufrió como al pie de la Cruz o en el sepulcro? Es extraño pensar esto en un momento de tanta gloria, y, con todo, hubo en ello, en parte, la misma finalidad y separación. Él la ha dejado. Está sola como nunca lo había estado antes, y, no obstante, no con el mismo sentido, pues Él se ha comunicado a ella de una nueva manera. Tiene que engendrar al Cristo Místico. En el intervalo de su encuentro con su Hijo amado, de nuevo tiene que entregarse a su nueva familia.

Vuelvo a repetir: ¡Qué gran momento! ¡Qué abrumador espectáculo! Pero ahora aquellas mentes sobreexcitadas vuelven a la normalidad y en su comportamiento vemos algo semejante a lo que la Legión haría en condiciones de emergencia. Los discípulos vuelven al cuartel general a comer, cosa que tanto debían necesitar. Allí comenzarían a pensar. Cada una de las palabras que Jesús había pronunciado volvería a su memoria y sería meditada y comentada, ¡pero de qué distinta manera! Le habían oído decir aquellas cosas cuando sólo le entendían oscuramente y sólo creían a medias en Él. Después han tenido lugar la Resurrección y la Ascensión, así que cada una de sus palabras ardería en sus mentes con nuevo brillo y un significado mayor.

En particular, una parábola vendría a su memoria, debido a la semejanza con la orden que acababan de oír. Es la parábola expuesta en san Mateo (Cap. 22) y san Lucas (Cap. 14), sobre el banquete al que son invitados algunos, al que, descortésmente, no acuden. Téngase presente que la forma de parábola era la manera en que Nuestro Señor inculcaba una enseñanza difícil reduciéndola a la sencillez de una historia. Advertid que Él hace una introducción a esta parábola, afirmando expresamente que el banquete es el gozo del cielo y el rey es Dios mismo. El relato de san Lucas me gusta más, porque recalca más vivamente la nota de universalidad y diversidad. Os la presento tal como aparece en el capítulo 14, versículos 15 al 24:
«Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: “Vengan, todo está preparado”. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: “Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes”. El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”. Y un tercero respondió: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir”. A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y este, irritado, le dijo: “Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos”. Volvió el sirviente y dijo: “Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar”. El señor le respondió: “Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”».

¡Cómo concuerda plenamente esta parábola con el mandato del Monte Olivete! La primera era una preparación de sus mentes para el segundo, igual que Cafarnaúm había ilustrado las mismas mentes para la institución de la Eucaristía en la última cena. El mensaje de ambos es el mismo: Sus seguidores tienen que ir a las carreteras y caminos, a las plazas y cercados de todo el mundo para intentar convencer a todos que entren en la Iglesia. Quiero recordar aquí aquel capítulo del Manual que extiende las carreteras y caminos a treinta categorías apartadas - hasta donde se pone el arco iris - en un esfuerzo por grabar en las mentes de los legionarios, como con un hierro de marcar, que absolutamente ningún lugar ni clase ha de sustraerse a la búsqueda ordenada por Dios.

Mas sigamos, pues tenemos más que la orden dada. Tanto la parábola como las palabras del Monte Olivete terminan con la tremenda insistencia de que el mensaje de Salvación debe ser escuchado, ¡o de lo contrario! los que no lo reciban serán condenados (Mc 16,17); no participarán del banquete celestial (Lc 14,24).

Sería una locura, ni más ni menos, privar de un sentido real, como los modernos lo están haciendo, a aquella orden y a la amenaza que la acompaña. ¿Dónde hay, en aquellas divinas palabras, alguna garantía para sugerir que no tenemos que presentar la Iglesia a todos los hombres? ¿O para pensar que una religión es tan buena como otra? ¿O para suponer que hay algunos a quienes no hay necesidad de dirigirse porque sus religiones son ya bastante buenas? Sin género de dudas no hay justificación para descubrir tales significados en las palabras de Nuestro Señor.

Y aquí se presenta una característica especial. Hoy son los criados del rey y no los invitados los que están acuñando afanosamente excusas para no cumplir el divino mandato. ¿Cuál de los dos es el culpable mayor, el invitado que no acude o el criado que se niega a trasmitir la invitación? Verdaderamente es el segundo también el que merecería la más severa condenación.

En nuestros días se eleva el clamor como un slogan: “Debemos respetar las opiniones de los demás”, como si explicarles el cristianismo fuese una violación de su libertad personal. Ciertamente es al revés; si les privamos del mensaje cristiano, no solamente estamos metiendo una suma injusticia con ellos, sino también dificultando el ejercicio de su libertad. Porque, si no conocen lo que es el cristianismo, se ven privados de su libertad de escoger.

Además la vida moderna se basa en la idea de que cada uno proponga sus opiniones a los demás y de que se esfuerce en conseguir que las acepten. Sería una radical inconsecuencia imponer una regla contraria con relación al cristianismo.

Otra inconsecuencia actual se da en el hecho de que, mientras católicos honrados se sienten atropellados en lo más íntimo de su naturaleza por el aborto, ya que quita la vida a los no nacidos, se ve a esas mismas personas mostrar una indiferencia total hacia la conversión. El aborto niega brutalmente la posibilidad de la fe a multitudes, pero la política de no-conversión la niega a billones de personas y a sus futuros descendientes.

Y si se me permite llevar esta idea un poco más adelante, diré que María ha sido constituida por Dios Madre de los hombres. Si se les impide conocerla, ello frustra esa maternidad.

Nunca insistiremos demasiado en que los motivos que hacen que los católicos no hablen de su fe están siendo mal interpretados por los que están fuera de los de la Iglesia. En varias ocasiones me han dicho personas que ellos no pensaban en la Iglesia, porque nunca habían encontrado a un católico que pareciera tener fe. A la vista del gran número de católicos excelentes que conocían estas personas, aquello era una tremenda impresión. Sólo en un análisis posterior descubrí lo que querían decir. Equiparaban la fe con el esfuerzo por comunicarla, es decir, consideraban las dos cosas como inseparables. No comprendían cómo uno que tuviese fe pudiera carecer de todo deseo de comunicarla.

Esa parábola que hemos estado comentando está especialmente relacionada con los lugares vacíos que hay que llenar. Esa idea es básica en la mente humana, la naturaleza también detesta el vacío. El hombre fue creado para llenar los lugares que los ángeles dejaron vacíos. No se puede pensar que aquellos preciosos lugares deban permanecer sin ser ocupados. Este principio tiene una aplicación especial en este punto en el que se ha demostrado que tantos católicos no tenían fe y han desertado. Es cierto que, si en un momento semejante nos dirigimos a los que están fuera de la Iglesia, descubriremos que la gracia divina está impulsando a muchos a entrar y llenar estos lugares vacíos. Creo que esta afirmación se justifica históricamente. Después de la Reforma el esfuerzo misionero en Sudamérica llenó los lugares abandonados por los apóstatas. Después de las pérdidas causadas por la Revolución Francesa y sus consecuencias, el esfuerzo realizado en Africa llenó las mermadas filas. Por eso hoy, espoleados por este pensamiento, dirijámonos a los que están fuera de la Iglesia, particularmente en Asia, para reparar nuestras actuales pérdidas.

Volvamos, no obstante, ahora a Jerusalén, a Pentecostés y a los primeros discípulos. No hubo entre millones éstos ninguna duda o disputa en cuanto al sentido de las órdenes del Señor, ni vacilación alguna sobre su cumplimiento. Un antiguo número de la revista Maria Legionis traía una foto en la portada que trataba de representar la primera medida de todas. Mostraba una reunión de los doce, con María en medio de ellos. Tienen delante los primitivos mapas de entonces. Estos indicaban con cierta precisión la Tierra Santa y los países cercanos. Fuera de esa delimitación había una vaguedad que invadía lo desconocido y fabuloso.

Aquella reunión absolutamente inigualable está planeando la campaña de cristianización. No saben lo que hay en aquel territorio que no figura, pero tratan de lo que conocen. Según avancen, sabrán más y podrán llegar más lejos.

Comparado con aquel caos territorial y con su falta de recursos humanos, ¡cuánto más fácil es la tarea con la que se enfrenta la Iglesia hoy, aunque la población de la tierra ha crecido increíblemente! Conocemos casi palmo a palmo su superficie y podemos ir a cualquier parte con relativa facIlidad, incluso con lujo. No es probable que muchos se encuentren con un recibimiento duro, y aún menos con la muerte terrible que aguardaba a cada uno de los apóstoles.

Reunámonos con la imaginación en aquella asamblea planificadora, con nuestra Santísima Madre y apóstoles en medio de nosotros, y consideremos el impacto que podríamos producir en el problema actual. Ha crecido muchísimo, pero también nuestros medios y recursos.

La Legión está en más de 1,900 jurisdicciones eclesiásticas del mundo. Así, pues, se puede decir que en todas las partes hay legionarios disponibles a quienes se puede repetir aquel mandato de ir a las carreteras y caminos, veredas y cercados para invitar a la gente a entrar a la Iglesia. Aquellos legionarios no rechazan el ir, pero demasiado frecuentemente no son enviados. Por otro lado, ved lo que sucede cuando se les da una iniciativa. Van sumisos a donde se les conduce y comunican la invitación del Maestro al reino de los cielos. En distintos lugares han sido perseguidos, pero no se han echado atrás por ello. Es evidente que el Espíritu sopla sobre ellos.

Sabéis que, al fin de cada año, con un mapa del mundo extendido ante nosotros se hace un programa de los lugares a los que todavía no se ha llegado. Entonces se piden voluntarios y se les asigna un lugar, y durante el año siguiente el plan proyectado sobre el papel se convierte en realidad. Los sueños se transforman en la realidad de miles que viajan a remotos lugares. ¿No se ve que, si esto se hace con un mayor sentido de urgencia, a mayor escala, necesariamente con una mayor insistencia por parte de la autoridad, se puede llegar realmente a la población de todo el mundo en nombre de la Iglesia? No es el supremo ejercicio de la fe lo que suponía el mandato del Monte Olivete para los que le escuchaban. Se ha convertido en la política práctica para nosotros hoy. Pero necesitamos una ayuda. Tenemos que ser empujados suave, pero firmemente por la autoridad. Hay que poner en servicio a millones más y remover algunos obstáculos. Debe haber, en una palabra, una auténtica dirección.

Ahí reside el desfase vital por el que se estropea el Plan. Es la falta de dirección. En este aspecto no se cumple el deber a pesar de las directrices perentorias del Concilio Vaticano. Este fallo frustra el principal objetivo del Concilio, que era la movilización de todo el cuerpo de la Iglesia Católica. Todo lo demás de la legislación del Concilio iba dirigido a ayudar a este objetivo principal. Por eso en alguna manera tendrá que haber un reajuste de criterios que hará posible la puesta en marcha del pueblo de Dios.

Para mostrar lo que se ha hecho con esfuerzos limitados, pongo algunos ejemplos. Sabéis que podría multiplicarlos de muchas maneras.

El primero es el caso de las Islas Filipinas, condenadas en los años 1930 a perderse completamente para la fe. Todos los obispos y sacerdotes iniciaron la Legión y le impusieron un trabajo vigoroso. En una sola generación, las islas fueron convertidas de nuevo en tierra católica, y, como efecto secundario, un desierto sacerdotal se convirtió en una floración de vocaciones, de forma que pudo abrirse un colegio de misiones extranjeras.

El segundo ejemplo es el del acercamiento realizado por 27 legionarios africanos a una zona musulmana de 40,000 habitantes. Estos nunca habían sido visitados antes, en la creencia de que sería no solamente mal visto, sino también inútil. Tres semanas de intensa visita mostraron la falacia de aquellas suposiciones. La respuesta fue la solicitud de 421, que pidieron instrucción. Este número, en un tiempo tan breve, sugiere que un esfuerzo continuado podría convertir a toda la comunidad y que semejante esfuerzo podría conseguir lo mismo en cualquier otra parte. Tened en cuenta que el islam es considerado como el mayor problema con que se enfrenta la Iglesia.

El tercer ejemplo es el de un legionario nativo solo, que fue enviado Kapanga, en Zaire, territorio no evangelizado todavía. No tuvo ningún problema para organizar unas clases, a las que enseñó un catolicismo activo. Cuando éstas terminaron, muchos se convirtieron en legionarios, de quienes se valió como con él habían hecho antes. Las conversiones fueron abundantes. En cierto momento cierto momento fue posible enviar un sacerdote fijo allí, lo que les aportó una vida católica plena. Al tiempo de la última información, había 100 praesidia y era inminente la completa conversión de la zona.

La enseñanza es ésta: Si un legionario puede ser empleado de manera tan eficaz por la autoridad, ¿qué no podría hacerse si todos los legionarios fuesen utilizados de igual manera?

El cuarto es el ejemplo memorable de China. Es otra demostración de que, cuando el Cuerpo Místico funciona como un todo, es decir, con obispos, sacerdotes y soldados rasos unidos, el poder de Cristo se despliega plenamente. A pesar de la influencia contraria de un gobierno comunista victorioso y del trabajo de determinados propagandistas en cada uno de los distritos, el pueblo escuchó más el Evangelio proclamado por los obispos y sus legionarios. Una gran marea de conversiones fue el resultado, hasta tal punto que el ilustre Mons. Riberi pudo informar que la situación era optimista; que la Iglesia parecía estar en el comienzo de una época de conversiones en masa. Eso no había de suceder a causa de la persecución lanzada contra la Legión y que la destruyó, pero bajo mejores auspicios pudo haber sucedido. En China vive una cuarta parte de la población del globo. Tal es la cuestión que se plantea.

El proverbio dice que una golondrina no hace verano. Pero esos cuatro ejemplos, ¿no establecen un principio, que es el de que lo hecho allí es posible llevarlo a cabo en todas las partes, en todos los lugares, en todas las situaciones? Se puede poner en práctica la suma de un lugar tras otro y reduciría el cumplimiento del Mandato del Monte Olivete a un procedimiento fijo eficaz.

Está el mandato de ir a todos los hombres. Puede cumplirse. Pero falta el liderazgo.