MEDITACION: La mortificación interior. Moritificación de la voluntad

Vicente Enrique Taracón, Obispo de Solsona

La mortificación interior
Mortificación de la voluntad

"El reino de los cielos padece fuerza y los que se la hacen lo arrebatan" (Mat. 11, 12.)

Tu entendimiento es luz que guía. Pero tu voluntad es la que toma las decisiones. Y también en ésta cabe la desviación y el desorden. También ha de alcanzar la mortificación a tu voluntad, para poner orden en tu vida.

I. hay una norma segura para tu voluntad: la sujeción a la voluntad de Dios, tal como la conoce tu razón y te la dicta tu conciencia. En principio, aceptamos todos esta norma. Estamos convencidos de que no hay otro camino seguro en nuestra vida espiritual y en nuestra actuación de apostolado. Pero en la práctica... ¡cuántas desviaciones!
La vanidad y el amor propio se mezclan hartas veces en nuestras mejores obras. Y la intención se tuerce. Hace falta educar la voluntad para que no se deje guiar por esas intenciones torcidas, que quitan o disminuyen el mérito de nuestras buenas obras. Y esta educación se consigue con la mortificación. 
¡Cuántas veces te habrá sorprendido la aparición del amor propio o de la vanidad en aquella obra que empezaste con tan pura intención! Y si no has tenido fuerza para reaccionar prontamente, ¡qué desviaciones tan lamentables se habrán producido en tu vida espiritual y en tu apostolado!
Toda vigilancia es poca para no dejarnos sorprender por esos enemigos que están agazapados en el fondo de nuestro corazón y que se inmiscuyen en nuestras obras cuando menos lo esperamos. Y se necesita una fuerza de voluntad no pequeña para reaccionar virilmente contra ellos.
¿Por qué tantos jóvenes se estacionan en la vida espiritual, y por qué tantas obras de apostolado resultan estériles? Porque resulta difícil mantener la pureza de intención cuando no se ha tenido verdadero interés en educar la voluntad. Quizá sea ésta la mortificación más necesaria para conseguir la perfección y para realizar un apostolado fecundo. No lo olvides, joven.

2. Nuestra voluntad se inclina naturalmente a las cosas fáciles y agradables. Aceptamos las cosas difíciles tan sólo cuando una razón de orden superior nos obliga a ello.
El camino de la perfección es difícil. Por eso nuestra voluntad se resiste a seguirlo. Las prácticas de piedad no resultan siempre agradables. Por eso nos dejamos dominar fácilmente por la pereza cuando se trata de practicarlas. El apostolado es costoso. Por eso tardamos en decidirnos a ejercerlo plenamente.
Esa pesadez o pereza para el bien es una desviación de la voluntad que es necesario corregir. Y esto ha de ser también fruto de la mortificación de la voluntad.

La falta de orden en tu vida piadosa puede fomentar esa pereza. Por eso uno de los medios que habrás de emplear para corregirte, habrá de ser el proponerte un plan completo para tu vida espiritual. El plan de vida bien hecho y la sujeción completa al mismo, cuando está aprobado por el director, puede ser un medio poderoso para vencer esa pereza que tu voluntad arrastra como consecuencia del pecado.
"Guarda el orden y el orden te guardará a ti", escribe San Agustín. Lo que más fomenta la pereza en todos los órdenes de la vida es la falta de un plan concreto y adecuado. El que tiene obligaciones fijas que no puede eludir, se ve impulsado por ellas a sacudir su apatía y su pereza. Y el que, aun teniendo obligaciones, no las tiene ordenadas y no tiene algo concreto que reclame su atención y su actividad en un momento determinado, se deja influir por la indecisión, que es madre de la pereza.
Cuesta sujetarse a un plan de vida, lo sé. Pero no olvides que estamos hablando de mortificación. "El reino de los cielos padece fuerza", dijo Jesús. Y es necesario hacerse violencia para conseguirlo.

3. Tenemos un corazón de barro que se pega a las cosas de barro. Las cosas sensibles nos atraen y fascinan. Y el apego a las cosas sensibles impide la libre determinación de la voluntad; la hace menos libre y menos fuerte.
Por eso eres poco constante en tus cosas. Empiezas a hacer oración y te cansas pronto. Aceptas con ilusión un cargo directivo y al cabo de algún tiempo te parece una carga insoportable. Tu voluntad no tiene fuerza para mantener un propósito que hiciste. El apego a las cosas de la tierra debilita tu voluntad.
Esta debilidad es un defecto que precisa corregir. Un hombre de voluntad débil no sirve para nada; ni en el orden sobrenatural ni en un orden puramente humano. La mortificación de la voluntad se impone para corregir este defecto.

Tú conoces, sin duda, el procedimiento para robustecer tus músculos. Hoy está de moda la gimnasia. Quieres ser fuerte y robusto y ejercitas tus miembros para que con el ejercicio se robustezcan.
Ese medio que empleas para robustecer tu organismo es aplicable también a tu voluntad. Hay también una gimnasia de voluntad que sirve magníficamente para robustecería. La voluntad se robustece con el ejercicio.
Eres joven, afectuoso, sensible, pasional. Obras muchas veces por la impresión de momento, por el sentimiento que te incita, por la pasión que te arrastra. Tu voluntad se inhibe muchas veces en no pocos de tus actos. Así tendrás siempre una voluntad débil y enfermiza. Como el niño que crece raquítico por falta de ejercicio.

Ejercita tu voluntad. Aprende a imponer tu voluntad sobre tas impresiones, sobre tus sentimientos, sobre tus pasiones. Acostúmbrate primero en cosas pequeñas e insignificantes, para llegar después a cosas de mayor importancia: Acostúmbrate a dominar la sed, el hambre, la curiosidad, el afecto. ¿ Sientes deseos de comunicar una cosa? Cállate unos momentos. ¿Tienes sed? Espera un momento con el vaso en la mano. ¿Tienes curiosidad por abrir una carta? Guarda su lectura para después. Poco a poco tu voluntad se irá robusteciendo en el ejercicio. Cuando Se presente la ocasión, sabrás vencerte.
No olvides, joven, que el que no sabe vencerse en esas cosas pequeñas y licitas, caerá fácilmente en pecados graves. La voluntad que no se ejercita se anquilosa. Pierde libertad de movimiento. Cuando querrás imponerla, no te obedecerá.

La mortificación de la voluntad es necesaria, joven. Es necesaria para dominar la pereza para el bien. Es necesaria para romper los lazos que nos atan a las cosas sensibles y hacer lo que se deba en cada instante. No olvides las palabras de Cristo:
"El reino de los cielos padece fuerza y los que se la hacen lo arrebatan".

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